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LA INDIA. CASTAS Y RELIGIONES.

GIGANTISMO Y COMPLEJIDAD, DOS ADJETIVOS PARA UNA SOLA REALIDAD.

India, el segundo país del mundo por su población después de China, es la cuna de una cultura milenaria, de las lenguas más antiguas que se conocen en el planeta y de gran cantidad de religiones y formas de pensamiento que todavía se mantienen vivas. Su vasto territorio ha albergado numerosos pueblos, etnias y religiones que durante siglos han aprendido a convivir dando lugar a una espléndida cultura.

Esa realidad plural y compleja que es India provoca, en ocasiones, sorprendentes contradicciones que la convierten en todo un reto intelectual: una vetusta civilización que tiene un protagonismo indiscutible en la economía y la política internacional contemporáneas; una estructura social basada en la diferenciación de castas; una geografía muy variada que se basa en una realidad física muy bien definida, el subconsciente indio; un mundo poblado de ídolos y dioses, donde se niega en último término la existencia de Dios; una cultura que se ha recreado en la sensualidad y ha volcado sus magníficas dotes para la creación artística en la construcción y decoración de sus templos; una civilización, en definitiva, donde pasado y presente conviven con gran fuerza, haciendo que los hombres y las formas de pensamiento adquieran un talante tolerante y siempre abierto a la llegada de nuevas influencias.

Pocos países en el mundo tienen una cultura tan antigua y diversa. En un largo e ininterrumpido periodo de más de 5.000 años, la cultura india se ha enriquecido por sucesivas oleadas migratorias que fueron absorbidas por la forma de vida india. Esta diversidad de culturas representa un sello distintivo del país. Su variedad física, religiosa y racial es tan inmensa como su variedad lingüística. Debajo de esta diversidad yace la continuidad de una civilización y la estructura social de India desde los tiempos más remotos hasta el presente. La India moderna presenta un panorama de unidad en la diversidad, sin paralelo en la historia.

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De la naturaleza al pensamiento y a la vida cotidiana.

El pensamiento y la civilización indios están profundamente determinados por la realidad física que los domina. Así, por ejemplo, la idea de la rueda de samsara o rueda de las reencarnaciones a la que el hombre está eternamente atado, tiene mucho que ver con el carácter circular y recurrente del clima monzónico. Por otra parte, la exuberancia, la frondosidad y la fertilidad que las lluvias traen consigo poseen un efecto determinante en el carácter sensual y pletórico de la civilización que se ha desarrollado en India. El pensamiento indio siempre se ha propuesto reproducir en su literatura y en todas sus manifestaciones artísticas la génesis cósmica. Las artes son, así, un microcosmos en el que se reconstruyen los principios vitales del universo. Desde sus orígenes, el arte indio intentó hacer palpables los misterios de la existencia reproduciendo la forma de actuar de la naturaleza. Tanto las montañas como los ríos y el monzón han sido tradicionalmente objeto de devoción para los indios, que les han otorgado un profundo respeto, similar al que han promovido en Occidente desde hace algunas décadas los movimientos ecologistas.

En India, la relación que se establece entre el hombre y la naturaleza es tan estrecha, que se convierte en uno de los principales factores para entender su forma de concebir el mundo, de organizar su sociedad y de expresarse plásticamente. Puede decirse, por tanto, que dicha relación es el elemento que contribuye de forma más definitiva a marcar las diferencias entre las sociedades orientales y occidentales, abriendo a menudo un abismo entre ambas.

En la sociedad india el hombre se ha esforzado por convivir con la naturaleza de acuerdo con un principio de no agresión que recibe el nombre de ahimsa (no violencia). Este principio se aplicó también en el terreno de la política desde la época de Ashoka (273-337 a.C.) y, en el mundo contemporáneo, dio lugar a corrientes tan importantes como el satyagraha o movimiento de resistencia pasiva que emplearon los seguidores de Mahatma Gandhi para conseguir la independencia del Imperio británico. Frente al carácter marcadamente antropocéntrico de las civilizaciones occidentales, India ofrece una visión mucho más global del Universo, en la que el hombre no es más que un ser insignificante, ligado por el azar al gran movimiento cósmico.

En la concepción india del mundo cada elemento del ámbito fenoménico se convierte en una guía que lleva al orden metafísico, el hombre, y cada uno de los elementos del mundo humano se convierte en receptáculo de la naturaleza, se guía por sus pautas y participa de una especie de savia o fuente común a todos ellos, que les da vida y recibe el nombre de Brahma.

En el mundo indio no se concibe la actividad humana como algo escindido o separado de la naturaleza. Al contrario, ésta constituye su punto de partida y su razón de ser, de manera que no resulta exagerado afirmar que la naturaleza es el primer y el más definitivo de los condicionantes éticos y estéticos. El fin último de la vida para el nativo de India consiste en la asunción por parte del individuo de su identidad con todo lo creado: lo que los budistas llaman Nirvana y los hindúes denominan Brahman, una realidad inconmensurable, sin límite, que en la religión hindú se antropomorfiza y da lugar a la primera divinidad de la tríada: Brahma, el dios creador.

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De península a subconsciente.

La civilización india ocupa el espacio natural de la península de Indostán, cuyos 3.268.000 km cuadrados se reparten entre India, Pakistán (800.000) y Bangladesh (144.000). Esta unidad geográfica se caracteriza por su gran variedad orográfica y climática, que abarca desde los picos de nieves perpetuas y los bosques del Himalaya, hasta la selva tropical de Bengala, pasando por el desierto del Thar, en Rajastán. Al mismo tiempo, la península de Indostán presenta una extraordinaria unidad, que se pone de manifiesto en su carácter peninsular y su consiguiente aislamiento del resto de Asia, así como en la presencia en todo su territorio del ciclo monzónico, un hecho determinante que condiciona de forma decisiva su naturaleza.

La península de Indostán, también llamada subcontinente indio, tiene forma de triángulo invertido y está situada entre los meridianos 70º y 90º y entre los paralelos 35º y 10º, es decir, en una zona del planeta que coincide en latitud con el territorio que se extiende desde Sevilla, hasta el golfo de Guinea. El vértice del triángulo y su punto más meridional es el cabo Camorín, que separa las dos grandes costas indias: al oeste, la llamada costa Malabar, bañada por el mar Arábigo, y al este, la costa Coromandel, abierta al mar de Bengala.

La península está cerrada al norte por la infranqueable barrera del Himalaya, la cordillera más elevada del mundo, que se prolonga hacia el noroeste en la cadena del Karadorum (al norte de Pakistán) y en el Hindukush, y sirve de frontera natural entre los actuales Estados de Pakistán y Afganistán. En la cordillera del Hindukush se abre el paso de Khyber, un desfiladero natural que desde el comienzo de la historia de India ha sido el único paso transitable para invasores y comerciantes. Más al sur, el triángulo se cierra con los montes de Sulaiman y de Kirthar, que separan la península del desierto de Beluchistán. Al noreste, la península acaba en el delta formado por la conjunción de los ríos Meghna, Ganges y Brahmaputra, y en las grandes zonas aluviales que constituyen Bangladesh, separadas de Myanmar por los montes Khasi.

El subcontinente indio está bañado por tres grandes ríos que nacen en el Himalaya: el Indo, que recorre Pakistán de norte a sur; el Ganges, que atraviesa el norte de la península y discurre de oeste a este, y el Brahmaputra, que baña los estados del noreste de India, así como Bangladesh. Deben destacarse, además, otros cuatro ríos que recorren la meseta del Decán y que han formado en sus alrededores importantes enclaves históricos; estos ríos atraviesan la península de forma transversal y son, de norte a sur: el Narmada, el Tapti, el Godavari y el Krisna.

Desde Garhwal, una recóndita región del Himalaya central, el río Ganges recorre más de 3.000 km hasta su desembocadura en el golfo de Bengala y riega todo el norte de India. Es un río como cualquier otro, pero desde siempre ha desempeñado un papel fundamental en la vida del país. Ha sido y es un importante medio de transporte y sus aguas sirven para el regadío de muchas hectáreas de cultivo. En sus orillas se asentaron capitales históricas, como Prayag (actual Allahabad), Kasi (actual Varanasi, Benarés), Pataliputra (actual Patna) y Calcuta, situada en la rama deltaica del Hughi.

La península de Indostán puede dividirse en tres zonas claramente diferenciadas: la región del Himalaya, la planicie indogangética y el Decán.

La región del Himalaya, al norte, está constituida por las zonas limítrofes con dicha cadena montañosa, cuyas numerosas cordilleras dan lugar a distintos valles que constituyen las regiones de Ladakh, Cachemira, Uttar Pradesh, Jammu e Himachal Pradesh, al noroeste, y de Sikkim y Aruachal Pradesh, al noreste. Las estribaciones del Himalaya descienden de forma abrupta hasta las grandes planicies formadas por los ríos Indo y Ganges, que forman lo que se ha dado en llamar la cuenca indogangética. Esta zona, densamente poblada, ha sido desde la Antigüedad la cuna de importantes civilizaciones y el lugar de asentamiento de numerosos pueblos que llegaron a ella atraídos por su fertilidad. Al sur de las grandes planicies, se extiende la meseta del Decán, un macizo rodeado por las cadenas de montañas de los Ghates orientales y los Ghates occidentales, que se unen al sur en los montes Nilgiri. Los Ghates desciendes de forma brusca hacia el mar creando una franja costera estrecha y discontinua, cuya riqueza y fertilidad ofrecen un intenso contraste con la aridez de la meseta.

Historia de unos vientos de ida y vuelta.

El clima tropical monzónico que afecta la mayor parte del territorio indio ha influido de forma decisiva en el pensamiento y la civilización que se han desarrollado en el subcontinente. Dicho clima se caracteriza por la alternancia de una estación muy seca con una estación húmeda y calurosa, acompañada de lluvias abundantes, en ocasiones torrenciales. Las lluvias las provoca un viento alisio estacional, que recibe el nombre de monzón.

En los meses de Junio y Julio, el monzón sopla desde el mar Arábigo y atraviesa el país descargando abundantes lluvias. Al llegar al mar de bengala, se carga de humedad y de masas de aire cálido y regresa al mar Arábigo en Septiembre y Octubre. La estación húmeda dura unos dos meses, que suelen coincidir con Julio y Agosto, y produce un cambio profundo en el aspecto físico de la península: el lugar pasa de ser un paraje árido a frondoso. Durante la época seca, el calor resulta agobiante, con temperaturas máximas de 35ºC en el mes más cálido, y mínimas de unos 18ºC en el mes más frío. Se trata, por tanto, de un clima muy caluroso durante la mayor parte del año, excepto en las zonas de alta montaña. Resulta comprensible, pues, que la llegada del monzón se viva como un auténtico alivio, ya que supone una bajada de las temperaturas y lleva consigo la vida y la fertilidad.

El clima monzónico constituye uno de los condicionantes principales de la civilización india, sobre todo si se siente en cuenta que el 80% de la población vive de la agricultura, factor que ha dado lugar a una cultura en la que los productos vegetales tienen un papel protagonista: no sólo marcan con su cosecha el calendario festivo y son parte indispensable del ritual, sino que constituyen también la materia prima para la construcción de viviendas y la base de la alimentación de una población mayoritariamente vegetariana.

El monzón marca la vida de tal forma que la misma palabra (varsha) designa la lluvia y el año. El carácter cíclico que comporta el vaivén del monzón, la continua vivencia de un paraíso y un infierno que se alternan, y la esperanza en el retorno puntual de las lluvias determinan una gran tensión vital en el mundo indio, una tensión que caracteriza todas sus formas de pensamiento y todas las expresiones vitales. Sin duda, la concepción india del tiempo y de la existencia guardan una estrecha relación con esta peculiaridad climática, que ha dado lugar a una visión circular del tiempo y de la historia, así como a una civilización profundamente sensual, en la que el elemento femenino ha asumido, desde siempre, un papel decisivo.

Un tropel de étnias, lenguas y religiones.

La diversidad del paisaje que caracteriza el subcontinente indio se ve enriquecida por una gran variedad étnica y religiosa. Esto es así porque la historia de India es la de un territorio continuamente invadido y la de unos habitantes que durante siglos han ideado formas de hacer posible la convivencia con los recién llegados, sin renunciar por ello a sus propias tradiciones y lenguas. La superposición de culturas ha dado lugar al carácter tolerante que caracteriza al pueblo indio y ha originado también su asombrosa capacidad de síntesis. India ha sido capaz de establecer una profunda interacción entre las culturas autóctonas y las de los sucesivos invasores, permitiendo que hayan llegado hasta nuestros días numerosas formas de pensamiento, lenguas y religiones que se desarrollaron hace miles de años.

En muchas ocasiones se ha señalado la necesidad de hablar de India en plural. El territorio de la Unión agrupa, en efecto, varias “Indias” distintas, y más que un país, habría que considerarlo un continente. Pocas civilizaciones del mundo pueden vanagloriarse de la enorme variedad cultural que ofrece India. El país cuenta con más de 900 millones de habitantes que, sumados a los más de 100 millones de Pakistán y a los 115 millones de Bangladesh, representan más de la quinta parte de la población mundial.

Ciudades con personalidad propia.

Delhi, que se encuentra en el corazón del país y cuenta con unos 10 millones de habitantes, incluye dos ciudades en una: La vieja Delhi, capital de la civilización mogola, con sus calles estrechas y sus bazares, y Nueva Delhi una ciudad moderna con amplias avenidas, altos edificios y parques. La capital de India es en realidad la fusión de siete ciudades fundadas por otros tantos emperadores: Lalkot, Siri, Tuglakabad, Ferozabad, Lodi, Shahjanadabad y Delhi, construidas en parte unas sobre otras. En ellas establecieron su poder las diferentes dinastías; la última la Muslim, fundó Delhi en el siglo XVII.

La mayoría de los edificios de interés histórico se conservan en la parte vieja, como el Fuerte Rojo, construido por la dinastía mogola y convertido actualmente en un gran centro turístico con varios palacios, un museo, mercadillo y espectáculos audiovisuales por las tardes. Sus muros y sus torres, construidos con adobe rojo, resistieron el ataque de las tropas británicas durante la guerra de la Independencia de 1.857.

El Raj Ghat tiene una gran significación histórica por ser el lugar donde fue incinerado Mahatma Gandhi después de su asesinato en 1.948. En su recuerdo arde una llama eterna.

La ciudad nueva es un ejemplo de urbanismo moderno. Los ingleses construyeron el Rashtrapati Bhawan como residencia de su virrey y en la actualidad es el alojamiento oficial del presidente indio. Nueva Delhi sorprende por su modernidad occidental, herencia de la dominación británica, que contrasta y asombra en un país tradicional y superpoblado como es India. Centro y dirección del potencial económico nacional, la ciudad reúne las condiciones para impulsar su desarrollo.

En la cercana Agra se encuentra el incomparable monumento al amor que es el Taj Mahal, sin duda el ejemplo más emblemático de la arquitectura mogola.

Hacia el este, en la ciudad sagrada de Varanasi, miles de hindúes se bañan en las aguas sagradas del Ganges, Varanasi es una ciudad repleta, con calles cargadas de millares de gentes: hindúes y musulmanes, vendedores, mendigos, vacas, rikshaws, masticadores del betel, adoradores de Siva, cientos y cientos de templos, monos, moribundos, y el olor intratable que viaja en el aire. Además, Varanasi es el centro principal de estudio del hinduismo, gracias a la enorme Universidad Hindú y a la Universidad Sánscrita, que guarda más de 150.000 manuscritos históricos. En esta ciudad se potenció, durante el siglo XV, el renacimiento hindú, cuando Tulsi Das tradujo el Ramayana del sánscrito al hindú, y fue ahí donde vivió Kabir, uno de los mayores poetas de la India.

Al suroeste de Delhi está Jaipur, la ciudad rosada, donde se halla el impresionante palacio de los Vientos, con 953 ventanas.

Durante siglos, los viajeros han atravesado el océano para visitar Madrás, la gran ciudad del sur. En Mamallapuram, situada a una corta distancia de Madrás, se conservan extraordinarios templos del siglo VII a lo largo de la playa, así como cinco Rathas, enormes piedras talladas en forma de carrozas.

La cercana consta del golfo de Bengala está jalonada de playas adornadas con palmeras y árboles de casuarina. En ella se encuentran hermosas ciudades como Cochin, la capital de las especias; Pondicherry, donde todavía subsiste el sabor francés, e Hyderabad, con su impresionante fortaleza y sus noches de atmósfera árabe.

El puerto de Munbai es la puerta de India. Esta dinámica ciudad cosmopolita fue durante mucho tiempo el centro comercial más importante del país. Hoy en día los rascacielos bordean las playas, que es también el centro de la próspera industria cinematográfica de India. Mumbai cuenta con muchos edificios notables, sobre todo de época colonial.

En sus cercanías se encuentra Ellora, donde toda una ladera de colinas ha sido horadada para construir enormes templos. En Ajara existen pinturas en cavernas del siglo V, así como esculturas que celebran los eventos de la vida de Buda.

Al sur de Munbai se halla Goa, la antigua colonia portuguesa que parece un retrato de la Europa antigua, con su colorido mercado Marago, la catedral y el templo de Shri Mangesh.

Calcuta, la ciudad más importante del este del país, es una metrópolis llena de vitalidad, situada a orillas del río Hoogly. Se caracteriza sobre todo por una rica mezcla de tradiciones coloniales y misticismo. En ella se encuentra el Museo de India, que alberga la mayor colección de arte, arqueología, geología y artes industriales del país.

PROFUNDAS CREENCIAS Y CURIOSAS COSTUMBRES EN INDIA.

MUCHAS RELIGIONES CON EL HINDUISMO COMO PROTAGONISTA.

India es la cuna de las dos religiones más extendidas en Asia: el budismo y el hinduismo, así como de muchas otras de menor difusión, aunque de gran importancia histórica, como el jainismo y el sikhismo. Quizá se trate del país del mundo que alberga un mayor número de religiones y sectas. Hay un número considerable de musulmanes, en su mayoría sunnitas, que constituyen la minoría religiosa más importante del país. Existen también otros muchos grupos religiosos (cristianos, judíos, parsis) que resultan igualmente significativos.

A pesar de la complejidad que se deriva de la multiplicidad religiosa del subcontinente indio, puede decirse que existen un rasgo común a todo el territorio unificador de la diversidad de creencias: se trata del relevante papel que desempeñan las religiones en todas las facetas de la vida india, hasta el punto de que resulta imposible diferenciar los aspectos profanos de los sagrados.

Así, el indio vive una intensa relación con lo divino, que impregna, todas las vertientes de la vida cotidiana, de la intimidad y de la actividad colectiva. La religión no es un cuerpo de creencias, rituales y prácticas separadas de la rutina diaria, sino que constituye una forma de vida, una norma de conducta y una ética. La religión en India es, en definitiva, una forma de estar en el mundo que permite al individuo vivir en armonía con su entorno.

En la actualidad, la mayor parte de la población de India (83%) profesa la religión hindú, mientras que el islam representa un 11%. Un 2,5% de los habitantes son sikhs y el 3,5% restante se reparte entre budistas, cristianos, judíos y otros credos, entre los que destacan los parsis, es decir, el zoroastrismo, una de las religiones más antiguas de la Tierra, fundada por el profeta Zarathustra o Zoroastro en el siglo VII o VI a.C. escanear0005escanear0006

El hinduismo en el tiempo.

El término hinduismo se acuño en el siglo XIX para designar una serie de principios religiosos que tienen su origen en la fusión de las creencias autóctonas o dravídicas de India con las aportaciones de los arios hacia el año 1.500 a.C.; el término indio para denominar estas creencias es sanatamadharma, que significa literalmente Ley Eterna. La Ley Eterna se fundamenta en los Vedas, que son los cuatro libros donde se muestra la sabiduría. Posteriormente, se enriqueció con las aportaciones de numerosos textos dedicados a comentar e interpretar los Vedas, entre los que destacan las Brahmas y Upanishads, así como las dos grandes epopeyas de la literatura india: el Mahabharata y el Ramayana.

Aunque no se trate de una religión unitaria, se pueden establecer, muy a grandes rasgos, tres características comunes a todas sus manifestaciones: en primer lugar, las distintas ramas del hinduismo consideran que la realidad es una apariencia ilusoria (Maya); en segundo lugar, son creencias de alcance general la reencarnación o trasmigración de las almas (samsara) y la ley del karma, un principio según el cual cada acto provoca un efecto en la vida y en las vidas futuras de cada individuo, así como en el devenir cósmico; en tercer lugar, la religión hindú aspira a la liberación y el desapego del ser individual para poder llegar a la identificación con el ser universal (Brahma), cuya omnipotencia se manifiesta a través de un complejo panteón de dioses que representan la naturaleza múltiple de esta divinidad.

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El mundo visto desde los presupuestos del hinduismo.

El hinduismo no puede considerarse una filosofía y tampoco es una religión bien definida. Se trata más bien de un canon sociorreligioso amplio y complejo, que consta de innumerables sectas, cultos y sistemas filosóficos y que incluye variados rituales, ceremonias y disciplinas espirituales, a la vez que comprende la veneración de numerosos dioses y diosas.

El origen espiritual del hinduismo se encuentra en los Vedas, colección de escrituras antiguas escritas por sabios anónimos, los llamados profetas védicos. Cada uno de los Vedas incluye varias partes que fueron compuestas en periodos diferentes, probablemente entre 1.500 y 500 a.C. La parte más reciente es el Upanishad, que contiene la esencia del mensaje espiritual del hinduismo. El Upanishad ha guiado e inspirado a los sabios hindúes de los últimos 25 siglos de acuerdo con el consejo dado en sus versos:

“Tomando como un arco la gran arma del Upanishad, Debes de colocar sobre él una flecha afilada por la meditación, Estirarlo con un pensamiento dirigido a la esencia de Aquello Y penetrar, amigo mío, aquel imperecedero como el blanco”.

La base del Hinduismo es la idea de que todas las cosas y eventos que rodean al hombre no son sino diferentes manifestaciones de la misma realidad última. Este realidad, llamada Brahma, es el concepto cohesionador que le da su carácter unitario al hinduismo, a pesar de la veneración de variados dioses.

Brahma, la realidad culminante y final, se entiende como el alma o esencia interior de todas las cosas. Es infinita y está más allá de cualquier concepto; no puede ser comprendida por el intelecto ni puede ser adecuadamente descrita con palabras: “Brahma sin comienzo, supremo: más allá de lo que es y más allá de lo que no es” “Incomprensible es aquella alma suprema, ilimitada, no nacida, no puede racionalizarse, impensable”

Incluso así, la gente quiere hablar sobre esta realidad y los sabios hindúes, con su característico gusto por el mito, se han imaginado a Brahma como ente divino y hablan de él en un lenguaje ciertamente mitológico. A los diversos aspectos de lo divino se les han dado distintos nombres de variados dioses venerados por los hindues, pero no es trata más que de los reflejos de una única realidad última:

La manifestación de Brahma en el alma humana se llama Atman. La idea de que Atman y Brahma, el individuo y la realidad última, son uno en la esencia del Upanishad.

Aquel que es la más fina esencia, tiene todo este mundo como su alma. Ésta es la realidad. Éste es Atman. Aquél eres tú.

Tema recurrente en la mitología hindú es la creación del mundo a través del autosacrificio de Dios (sacrificio en el sentido original de “hacer sagrado”), y así Dios se transforma en el mundo que, al final, nuevamente se trasforma en Dios. Esta actividad creadora de lo divino se llama lila, el juego de Dios, y el mundo se considera una etapa de la obra teatral divina. El mito de lila, como la mayoría de la mitología hindú, tiene un fuerte sabor mágico. Brahma es el gran mayo que se transforma en el mundo y realiza este cato con su poder creador mágico, que es el significado original de maya en el Rigveda. La palabra maya, uno de los términos más importantes de la filosofía hindú ha cambiado de significado a lo largo de los siglos. Desde poder o fuerza del divino actor o mago, se transformó en el estado psicológico de cualquier persona bajo el hechizo de la obra teatral mágica. Quien confunde la infinidad de formas de la divina lila con la realidad, sin percibir la unidad de Brahma dentro de todas estas formas, está bajo el hechizo de maya.

Por consiguiente, maya no significa que el mundo es una ilusión, como equivocadamente se dice. La ilusión se encuentra simplemente en el punto de vista del individuo que piensa que las formas de las estructuras, las cosas y los acontecimientos son realidades de la naturaleza, en vez de darse cuenta de que son conceptos creados por la mente humana, empeñada en medir y en categorizar. Maya es la ilusión de tomar estos conceptos por realidades, de confundir el mapa con el territorio.

En la visión hindú de la naturaleza, por tanto, todas las formas son relativas, fluidas, el siempre cambiante maya, conjurado por el gran mago de la divina obra teatral. El mundo de maya cambia continuamente, pues el divino lila es una obra rítmica y dinámica. La fuerza dinámica de la obra es karma, otro concepto importante del pensamiento hindú. Karma significa acción. Es un principio activo de la obra, la acción total del universo, donde toda está dinámicamente conectado con todo el resto. Karma es la fuerza de la creación, de la cual todas las formas obtienen su vida.

El significado de Karma, como el de maya, ha sido rebajado desde su nivel cósmico original al nivel humano, donde ha adquirido un sentido psicológico. Mientras nuestra visión del mundo sea fragmentaria, mientras estemos bajo el conjuro de maya y pensemos que estamos separados de nuestro ambiente y que podemos actuar independientemente, estamos atados por karma. Liberarse de las ataduras de karma significa darse cuenta de la unidad y la armonía de toda la naturaleza, incluido el ser humano, y actuar de acuerdo con ello.

Liberarse del conjuro de maya, romper las ataduras de karma, significa darse cuenta de que todo fenómeno que percibimos con nuestros sentidos es parte de la misma realidad. Significa experimentar, completa y personalmente, que todo, incluido uno mismo, es Brahma. Esta experiencia se llama moksha o liberación en la filosofía hindú y es la esencia misma del hinduismo.

El hinduismo mantiene que existen innumerables maneras de liberarse. No se espera que todos sus seguidores logren acercarse a lo divino de la misma manera y existen, por ello, diferentes conceptos, rituales y ejercicios espirituales para distintas formas de conciencia. El hecho es que muchos de los conceptos o prácticas sean contradictorios no preocupa lo más mínimo a los hindúes, puesto que ellos saben que Brahma está más allá de conceptos e imágenes. Esta postura explica la gran tolerancia característica del hinduismo.

Entre las formas de lograr la liberación se encuentra el yoga, palabra que significa colocar un yugo, unir, y que se refiere a la unión del alma del individuo con Brahma. Para el hindú común, la forma más popular de acercarse a lo divino es venerarlo bajo la forma de un dios o diosa personal. La fértil imaginación hindú ha creado literalmente miles de deidades que aparecen en innumerables manifestaciones. La mente occidental se confunde fácilmente ante el número fabuloso de dioses y diosas que pueblan la mitología hindú en sus variadas apariciones y encarnaciones. Para entender cómo los hindúes pueden desenvolverse entre esta multitud de deidades, hay que comprender la actitud básica del hinduismo de que todas estas divinidades son idénticas en su esencia. Son todas manifestaciones de la misma realidad divina, que reflejan diferentes aspectos del infinito, omnipresente e incomprensible Brahma.

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El yoga.

Según las enseñanzas de los hindúes, el fin básico del yoga es alcanzar el maxa, un estado considerado perfecto, libre de pasiones y de inquietudes, resultado y función específica del conocimiento verdadero.

Desde su creación, el yoga se ramificó en diversas líneas, que siguen la misma filosofía, pero utilizan métodos diferentes para alcanzar el objetivo básico de las posturas del yoga.

En Occidente, el yoga ha tenido una excelente aceptación: Las personas buscan en esa técnica la salud, el equilibrio mental y el desarrollo espiritual.

En el universo todo es movimiento, un flujo constante e ininterrumpido de energía que produce la vida. En el microcosmos del cuerpo humano los cambios equilibrados de la energía vital, que lo alimenta y lo nutre, dependen de un movimiento perfecto que va de dentro afuera.

En ese contexto, los ejercicios físicos realmente eficaces, que tratan al organismo y lo protegen contra las enfermedades, son aquellos que se corresponden con las necesidades íntimas del organismo. Éste es el caso de las posturas del yoga, una filosofía hindú milenaria, cuya práctica correcta y constante propicia la búsqueda de la salud física, el equilibrio mental y el desarrollo espiritual, con objeto de mejorar las condiciones biopsicosociales del hombre.

Los documentos históricos y arqueológicos se refieren al yoga como algo muy antiguo. Según una leyenda hindú, su aparición en la Tierra ocurrió cuando un pez (mat-sya) presenció cómo el dios Siva enseñaba a su shahti parvati (esposa) los ejercicios de yoga. El pez imitó a Parvati y, al practicar los ejercicios, se transformó en hombre. Mucho tiempo después, alrededor del siglo III a.C., el yoga fue codificado por Patánjali, que usó como base los Vedas y dividió el yoga en cuatro tipos fundamentales:

1) Hatha-yoga: cuerpo físico y vital.

2) Raya-yoga: poderes mentales y voluntad.

a) Bhakti-yoga: poderes del amor divino.

b) Shalti-yoga: energia de la naturaleza.

c) Mantra-yoga: vibración del sonido.

d) Ya´ntra-yoga: formas geométricas.

3) Dhyana-yoga: procesos de la meditación.

4) Raja-yoga: poderes de discriminación.

a) Jnana-yoga: poderes del intelecto.

b) Karma-yoga: actividad y acción.

c) K´undalini-yoga: fuerza psíquica nerviosa.

d) Smadhi-yoga: Estado de éxtasis.

El Hatha-yoga, que es la primera modalidad, busca el equilibrio de las energías activa y pasiva. Se compone de varias asanas o posturas, en las cuales se intenta colocar el cuerpo de manera totalmente inmóvil y relajada, en un estado de concentración absoluta. Representa un instrumento para llegar a la mente, al nirvana, a la verdadera sabiduría.

Practicadas regularmente, con conciencia profunda y con responsabilidad, las asanas tienden a desbloquear el flujo de ki, lo que permite el libre movimiento y la libre expansión del espíritu. Aunque las asanas se pueden aprender, para alcanzar plenamente los objetivos del yoga es preciso recurrir a un maestro con amplios conocimientos sobre el tema. Únicamente con la práctica, junto con la fuerza de volunta y una orientación adecuada se pueden alcanzar los efectos físicos deseados.

Al ejecutar cada una de las asanas, se debe relajar el cuerpo, respirar profundamente y calmar la mente. Al comienzo los movimientos parecen incómodos, pero poco a poco se vuelven más fáciles de ejecutar. Antes de realizar cualquier postura, se debe hacer una preparación física y mental durante cerca de 10 minutos. Entre una postura y otra se puede ejecutar la posición del cuerpo muerto: boca arriba con los pies ligeramente separados, colocar las manos a una distancia de aproximadamente 15 cm a los lados del cuerpo, con las palmas vueltas hacia arriba, cerrar los ojos y hacer tres respiraciones profundas de purificación para relajar todo el organismo y propiciar las condiciones para que el asana siguiente produzca un efecto. Después de realizados los ejercicios es esencial una concentración profunda final, en esa misma postura, con la mentalización de todo el cuerpo y relajamiento de cada una de sus partes.

Aunque sus orígenes datan de épocas muy anteriores, el primer documento escrito sobre el yoga es el Yogasultra (reglas del yoga), redactado con posterioridad al sigo V a.C. Esta obra está dividida en cuatro partes, cada una de ellas dedicada a un tema: la concentración, los medios para conseguirla, los poderes que se derivan de ella y el asilamiento de las almas que llegan a la salvación. Las prácticas místicas propuestas en el Yogasultra contan de ocho etapas:

Yama, cumplimiento de los cinco mandamientos mayores: no matar, decir siempre la verdad, no robar, ser casto y renunciar a todos los bienes materiales.

Niyamo, cumplimiento de los cinco mandamientos menores: pureza de mente y de cuerpo, buen conformar, elevación mística, estudio y devoción a Dios.

Asana, las mejores formas de sentarse para alcanzar la mayor concentración posible. Se han descrito hasta 84.

Prana yama, el control de la respiración, gracias al cual la sustancia pensante puede alcanzar la tranquilidad necesaria para su concentración.

Pratya-ha-ra, aislamiento de los sentidos con respecto a la realidad externa; tanto de los sentidos cognitivos (oído, tacto, vista, gusto y olfato) como de los de acción (voz, manos, pies, aparato excretor, aparato reproductor), de la misma forma que la tortuga introduce la cabeza y los miembros en su caparazón.

Dharana, fijación de la mente.

Dbyana, meditación concentrada.

Samadhi, ensimismamiento en la realidad suprema.escanear0010 - copiaescanear0010

El significado del yoga.

En la cultura india, “yoga”, es un término que significa conjunción e indica la relación mística que puede establecerse entre el ser humano, cuando se convierte en yogui, y la esencia suprema. Esta relación mística sólo se establece cuando el espíritu es libre por completo para dirigirse hacia el fin supremo, lo que consigue únicamente a través del dominio absoluto del cuerpo.

Los ejercicios físicos realizados en la práctica yoga son numerosos y en ocasiones difíciles y complicados. Los ejercicios de respiración y muchas formas de permanecer sentados se realizan al mismo tiempo que se repite continuamente la sílaba mística aum (sílaba inicial de la fase mística por excelencia: aum ma ni pad me hum), con la mirada concentrada en objetos cercanos, por ejemplo, la punta de la nariz, y el oído ocupado en la captación de sonidos especiales, hasta alcanzar el éxtasis (samadhí).

LOS MAYAS: OBSERVADORES DEL CIELO CUARTA PARTE

Buluc Chabtán, deidad de la guerra y del sacrificio humano.

Simboliza el concepto de guerra, muerte y sacrificio con una línea negra que le tapa parcialmente el ojo. A menudo se representa al dios F incendiando casas con una antorcha y blandiendo una lanza.

Los trece dioses y los nueve dioses.

En la literatura colonial se menciona con frecuencia a dos grupos de divinidades, los Oxlahuntiku, los trece dioses supramundo, y a los Bolontiku, los nueve dioses del inframundo. Como en el caso de los Chaces, estos trece dioses podían ser entendidos como divinidades individuales o bien como una sola deidad.

Se han identificado los jeroglíficos de los nombres de los Bolontiku, porque como señores del inframundo eran patronos de uno de los días del calendario Maya, pero se desconoce qué aspecto tenían puesto sus representaciones en los códices no han sido identificados. Por desgracia, en lo que se refiere a los Oxlahuntiku, ni siquiera se han identificado los trece jeroglíficos de sus nombres, aunque probablemente se trataba de los dioses que gobernaban sobre los numerales de variante de cabeza del sistema aritmético Maya y, por tanto, representarían las cabezas de estos dioses.escanear0009

Los dioses de los katunes.

Los Mayas establecieron trece katunes, gobernados cada uno de ellos por un patrono especial Desafortundamente, no conocemos ni sus nombres ni sus glifos.

Los dioses de los 19 meses del año.

Sólo se conocen parcialmente los jeroglíficos correspondientes a los nombres de estos 19 dioses. Algunos son representaciones de cuerpos celestes, cabezas de aves o de otros animales y otras formas de significado desconocido.

Los dioses de los 20 días.

Cada día tenía su propio patrón. Itzamná, por ejemplo, era el patrono de los días Ahau; Chaac; de los días Ik; el dios del maíz, de los días Kan; Ah Puch, de los días Cimí; Xamán Ek, de los días Chuen; el dios de la guerra, de los días Manik, y el dios del viento, de los días Muluc. No se ha identificado a las demás deidades que presidían el resto de los días.

Los dioses de los numerales.

Son las cabezas de 14 dioses, asociadas a los números del 0 al 13.

Animales sagrados.

Para los Mayas, muchos animales, por sus cualidades físicas, eran portadores de significados mágicos y religiosos y las encarnaciones de energías divinas. Las creencias Mayas los relacionan con las figuras antropomorfas de diversas deidades, con aspectos de la naturaleza como la fertilidad y la sequía, con la vida y la muerte, y además simbolizan los elementos a los que pertenecen: el agua (la serpiente y el pez), la tierra y el agua (reptiles), el cielo y el aire (quetzal), etc.

En los mitos de la creación se ensalza la profunda relación entre el hombre y el animal, de modo que algunos de los rasgos físicos de los animales son el resultado directo de acciones humanas o de sucesos ocurridos al hombre. Por ejemplo, se cuenta que las colas del conejo y el vendado nacen cuando los gemelos Hunahpú e Ixbalanqué están cortando maleza. Entre estos animales míticos destaca, sin duda, los grandes felinos, y, en especial, el jaguar.

El jaguar es un hermoso animal que simboliza, por sus habilidades para la caza, su fuerza e inteligencia, las fuerzas destructivas del mal y de la muerte, el contrapunto necesario a las fuerzas vitales para lograr el equilibrio cósmico que regía el universo cosmológico Maya. El jaguar se relaciona estrechamente con los reyes, ya que, como patrono del primer mes del calendario solar (Uo), es símbolo del poder político. Por este motivo los grandes mandatarios se recubrían con pieles de jaguar, uñas y huesos para exaltar su poder, valentía y fuerza. El jaguar simboliza el cielo nocturno manchado de estrellas y el Sol cuando se interna en el inframundo. Antropomorfizado, fue dios patrono del mes Pax y gobernaba sobre el día Akbal, que simboliza la noche y la oscuridad, y sobre el día Ix, vinculado a los dominios de los dioses del inframundo.

La serpiente destaca también por sus extraordinarias características físicas. Víboras, boas constrictor y serpientes de cascabel despertaban miedo y admiración por la velocidad de su ataque, doloroso e imprevisible, la renovación periódica de su piel, su resistencia al hambre y a la sed, la presencia de una lengua bífida y también de dos penes en los machos. Por todos estos motivos, la serpiente simbolizaba en el mundo Maya la fertilidad y la energía vital sagrada, y, siguiendo con la concepción dual de las creencias Mayas, suyo era también el poder de la muerte. La serpiente se erigía, por tanto, en símbolo ambivalente de vida y muerte, de masculino y femenino, de cielo y tierra, y en principio generador de la vida, ya que la muerte, en su movimiento cíclico, termina transformándose en una nueva vida.

Las aves, en especial las más bellas e inalcanzables como el quetzal, simbolizaron el sagrado espacio en el que moraban los astros generadores de la vida y de la energía, en la encarnación de los dioses protectores y en portadoras de los designios de los dioses. Algunos también estaban asociadas a los poderes maléficos, en especial a los seres nocturnos y dioses de la muerte. Varias aparecen únicamente como acompañantes de las divinidades, pero otras están representadas como seres fantásticos formados por dioses y pájaros. El quetzal y el azulejo real representan, por ejemplo, el cielo diurno, mientras que el tordo o el hocofaisán simbolizan el cielo nocturno. El colibrí, el águila y la guacamaya roja son aves solares: el colibrí representa la energía sexual del Sol; el águila, su aspecto guerrero, y la urraca está relacionada con los sacerdotes del culto solar. El zopilote, el tecolote y el búho encarnaba, por su parte, las energías de la muerte procedentes del cielo nocturno y del inframundo: el zopilote se relacionaba con la lluvia destructiva, la guerra y el sacrificio humano, mientras que el tecolote y el búho eran manifestaciones del dios de la muerte.

El perro estaba en el origen del hombre según el mito de la creación, puesto que le daba el fuego solar. Por ello, era el animal más vinculado al hombre y el más digno, tanto que llegó a ocupar el lugar del hombre en los sacrificios que ofrecían los Mayas a los dioses. Diego de Landa relata el sacrificio de perros, a los que se extraía el corazón y era ingerido como comida ritual y alimento sagrado: "Ponían al hombre o perro que habían de sacrificar en alguna cosa más alta que él, y echando atado al paciente de lo alto de las piedras, le arrebataban aquellos oficiales y con gran presteza le sacaban el corazón y le llevaban al nuevo ídolo, y se lo ofrecían entre dos platos".

 

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Ritos para todos.

"Nueve hombres ayunaban y otros nueve hacían sacrificios y quemaban incienso. Trece hombres más ayunaban; otros trece hacían ofrendas y quemaban incienso ante el dios Tohil. Se alimentaban únicamente de frutas, zapotes matasanos y jocotes. No tenían tortillas que comer, tampoco tenían mujeres con quienes dormir".

Por su concepción del universo y de una existencia fuertemente ligada a la religión y a los dioses, el ritual se erigía en la base de la vida social y comunitaria de los Mayas. Los dioses eran quienes les proporcionaban la existencia misma, el sustento y los protegían del infortunio, y había que corresponderles con ofrendas y ceremonias propiciatorias y de agradecimiento. Sin el ritual, por ejemplo, los Mayas pensaban que el sol moriría, y con él todo el universo, puesto que la lluvia dejaría de caer, la tierra se volvería estéril y todas las formas de vida desaparecerían. Por consiguiente, la religión Maya era una especie de contrato entre los dioses y los hombres: los dioses habían creado el sustento, pero esperaban algo en contrapartida.

Se celebraban muchos tipos de ritos, desde grandes ceremonias relacionadas con los ciclos calendáricos a actos privados de carácter familiar, pero el propósito de todos ellos era satisfacer a los dioses para tener una vida saludable, próspera y sin sobresaltos. Es evidente, por tanto, que los rituales y las oraciones Mayas tenían por objetivo fines materiales, al contrario que los rezos y celebraciones cristianas, que buscaban hacerse perdonar los pecados.

Los rituales Mayas públicos tenían lugar en complejas ceremonias distadas por el calendario del ciclo sagrado, de 260 días, y todas las demostraciones tenían un sentido simbólico. Estaban presididas por los sacerdotes principales y se celebraban en los centros ceremoniales de cada ciudad.

Había algunos especialmente sagrados a los que acudían gentes de distintos puntos de la geografía Maya. Muchos eran los ritos Mayas: ceremonias de fertilidad, ceremonias gremiales, ritos de adivinación y de curación, ritos relacionados con el ciclo de la vida y, sobre todo, ritos iniciáticos o de transición, practicados por los nobles para acceder al trono. Gobernantes, sacerdotes y guerreros se ataviaban durante las ceremonias con pieles y plumas de los animales más hermosos y fuertes con la intención de adquirir sus poderes.

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Los ritos de purificación.

Todas las ceremonias exigían una serie de rituales previos, y parece que había pocas diferencias, a excepción de la magnitud y magnificencia, entre los celebrados en las pequeñas poblaciones y en los centros ceremoniales. Antes de las ceremonias tenían lugar diversos ritos preparatorios de purificación espiritual, en particular la práctica del ayuno y la abstinencia sexual, que eran obligatorios y rigurosamente observados por los sacerdotes y participantes en las ceremonias, y voluntarios para el resto de la población.

Romper la abstinencia sexual podía poner en peligro tanto la ceremonia como a la persona que rompía esta norma; por ello, era costumbre entre los Mayas que los participantes en las ceremonias durmieran separados de sus mujeres mientras durasen o incluso que se separasen temporalmente de ellas y vivieran en las casas habilitadas especialmente para los hombres que había cerca de los templos, donde ayunaban, no se lavaban y se sangraban sin cesar. El periodo de abstinencia y ayuno empezaba en el caso de los Mayas de Guatemala, según cuenta fray Bartolomé de Las Casas, 60, 80 o 100 días antes de alguna ceremonia importante, es decir 3, 4 o 5 meses Mayas (de 20 días) antes del evento.

La práctica de los rigurosos ayunos consistía en renunciar a la sal, a la carne y al chile, y comer sólo maíz y fruta. El ayuno era de 60 días antes de arrojar las víctimas al cenote de Chichén Itzá, de 13 días a 3 meses antes de las ceremonias del Año Nuevo según el rango de la persona, y de 13 días antes de la ceremonia de traslado del libro sagrado.

En general, toda la comunidad dejaba de lavarse y peinarse durante los cinco días previos al Año Nuevo, y también era general antes de la ceremonia de confesión pública. Se evitaba cualquier escándalo, pleito, embriaguez o pecado que pudiera poner en peligro la ceremonia. Además de purificar y preparar a los participantes para contactar con los dioses, también debían purificarse el lugar y los objetos, con agua virgen, no tocada por las manos humanas, y finar un día propicio para el ritual.

Ceremonias con ofrendas y música.

Tras los ritos de purificación empezaban las ceremonias propiamente dichas. Eran variadas en su contenido y en su desarrollo, pero todas ellas compartían la expulsión del espíritu maligno de los fieles, las oraciones, los sahumerios de los ídolos, las oraciones, las danzas, los cantos, las procesiones, la ingestión de alimentos sagrados (carne de perro, pavo, maíz), y de bebidas, y los sacrificios.

Para los Mayas, la música, el canto y la danza abrían el espíritu del hombre para entrar en contacto con los dioses. Las flautas, caracolas y tambores marcaban el ritmo de las ceremonias públicas y también preparaban a los hombres para la batalla.

Las ofrendas para alimentar a los dioses debían ser sustancias impalpables y preciosas, puesto que las deidades eran concebidas como materias etéreas: olores de flores, de miel, cacao, maíz, pepitas de calabaza, ceras, balché, incienso, copal, resina, y presentes hermosos, como tejidos, obsidianas, turquesas, espejos, objetos de oro y cobre, objetos tallados de madera, jade o en barro, etc. La quema de incienso era fundamental, ya fueses de copal, de caucho o de chicle. Se preparaban pelotas de incienso y se quemaban en vasijas de barro modeladas con la cabeza o el cuerpo de alguna deidad, y poniendo en su interior corazones de jaguares, plumas o lagartos.

Las ceremonias terminaban mayoritariamente con banquetes y con la ingestión de cuantiosas cantidades de bebidas alcohólicas. El alcohol, principalmente el balché, era una manera de establecer contacto con los dioses, al igual que los narcóticos. Por ello, era frecuente el consumo de bebidas alcohólicas fermentadas y de sustancias alucinógenas, como hongos tóxicos, en los ritos adivinatorios, de curación y de comunicación con los poderes invisibles, que se tomaban por vía oral o bien se introducían en el colon para acelerar su efecto.

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Las ofrendas de sangre.

“Tenían por cosa honerosa cualquier derramamiento de sangre, si no era en sus sacrificios”.

Los Mayas no sólo ofrecían alimentos, sustancias olorosas y bellos objetos a los dioses. La ofrenda de sangre era necesaria para la supervivencia de los dioses y de los humanos, ya que hacía subir la energía humana hacia el cielo. Con el sacrificio de la propia sangre, o de la de víctimas humanas o animales, los Mayas agradecían las bondades de los dioses y, al mismo tiempo, buscaban propiciar nuevas acciones benéficas, además de expiar culpas, alejar males o comunicarse con los muertos.

Para los Mayas, la sangre era sagrada, al ser la energía vital procedente de los dioses, y su derramamiento sólo tenía sentido en el contexto de un ritual. Los dioses necesitaban alimentarse para vivir, y su principal sustento era la energía vital contenida en el corazón y en la sangre de hombres y animales. Por este motivo, los hombres celebraban ceremonias rituales en las que se sacrificaban para devolver a los dioses su energía vital: la sangre era, por tanto, el lazo esencial que unía a los hombres y a los dioses y que hacía posible la vida del universo. Los Mayas se automutilaban y mataban para evitar la destrucción, y en este sentido se entiende que, en su religión, los sacrificados estaban destinados a gozar de una vida eterna en el más allá.

La automutilación era una práctica muy extendida y habitual entre los Mayas durante las ceremonias y está representada en numerosas estelas, cerámicas y códices. Los adoradores y penitentes se extraían sangre mediante cortes en la piel, en los lóbulos de oreja, en la lengua, en las partes carnosas del brazo y en el pene, mediante punzones de hueso de animal o de cuerdas con espinas. Vertían la sangre sobre hojas de papel o en platos y la ofrecían al ídolo en cuyo honor se celebraba la ceremonia. El rey utilizaba un cuchillo de obsidiana o un aguijón de pastinaca para hacerse un corte en el pene, y dejaba caer la sangre sobre el papel que había en un bol; las esposas reales también tomaban parte en el rito, pasándose una cuerda llena de espinas por la lengua. También se pasaban mecates, a veces provistos de espinas, a través de las perforaciones practicadas en el pene, tal como muestra una de las ilustraciones del Códice de Madrid. Después, se quemaba el papel manchado de sangre y la humareda se elevaba hacia el cielo estableciendo contacto con las divinidades celestiales.

Los Mayas practicaban también el sacrificio humano, aunque nunca de forma tan masiva como el pueblo azteca. Lo cierto es que, hasta la llegada de los toltecas, era más frecuente sacrificar perros, ardillas, pavos y otros animales. De hecho, cualquier ser vivo podía ser ofrecido en sacrificio, y se han encontrado ofrendas de jaguar, zarigüeya, perdices, manatíes y otros muchos, animales, como caimanes, perros, iguanas y pumas. No obstante, existen pruebas arqueológicas de la práctica del sacrificio humano entre los Mayas desde el periodo Formativo. En una estela del periodo Clásico, en Piedras Negras, se muestra a un hombre estirado sobre una piedra a que se le extrae el corazón. La sangre está representada por unas plumas, que simbolizan el valor incalculable de la sangre humana. Era costumbre ofrecer en sacrificio a los prisioneros de guerra, a los esclavos, y sobre todo, a los niños, huérfanos e hijos ilegítimos. Normalmente, se ejecutaba a los prisioneros de guerra en el campo de batalla, aunque los murales de Bonampak muestran a algunos cautivos que, a la espera del sacrificio, eran engordados y encerrados en una especie de corral. Los cautivos de guerra de elite eran reservados para los sacrificios importantes, como la toma de posesión de un señor o la designación del heredero.

Los sacerdotes Mayas establecieron diversos tipos de sacrificio ritual, entre los que se cuentan la extracción del corazón, la decapitación y el flechamiento. El más practicado era el de la extracción del corazón. Los sacerdotes celebraban este rito ayudados de cuatro hombres mayores, llamados “chaces” en honor del dios de la lluvia del mismo nombre. Los chaces hombres aguantaban los brazos y piernas de la víctima ofrecida en sacrificio, que estaba tendida sobre la piedra de sacrificio, mientras que otro sacerdote, llamado nacom, le abría el pecho para extraerle el corazón. Asistía también a la ceremonia un chamán, que recibía, mientras estaba en trance, mensajes divinos cuyas profecías eran interpretadas por la asamblea de los sacerdotes.

La decapitación era utilizada para fertilizar los campos, puesto que la cabeza se asociaba con la mazorca del maíz. Se han encontrado muchos cráneos en las excavaciones del periodo Clásico, probablemente de personas sacrificadas por decapitación en ritos de dedicación, y también en la escalera del Caracol, de Chichén Itzá, probablemente como sacrifico dedicatorio en el momento de levantar la escalera. En Yucatán, a veces se lanzaba a las víctimas desde lo alto de las rocas, rematando el sacrificio con la extracción del corazón. También era frecuente atar a un palo a la victima, a la que previamente se había pintado de azul, con el corazón marcado en blanco. Se danzaba en torno a ella y se lanzaban flechas al corazón. Se celebraban también sacrificios de expiación, como el descrito en algunos textos coloniales, que consistía en que la mujer más vieja cargara con los pecados de toda la comunidad y fuera sacrificada por el bien de todos.

Los Mayas realizaban también importantes sacrificios al agua, como ritos propiciatorios de lluvia. En este caso, se arrojaba a las víctimas todavía vivas o con el corazón ya extraído, a los lagos o cenotes. Probablemente, estaban atadas para que su supervivencia fuera más milagrosa. La creencia popular era que los arrojados hablarían con los dioses de la lluvia que moraban en el fondo del cenote o del lago. En el caso improbable de que, a mediodía, el sacrificado hubiera sobrevivido a la inmersión, se le izaba para que transmitiera el mensaje divino y si era favorable o no. Los dioses de la lluvia sentían predilección por los niños, que se sacrificaban en gran número. En el Posclásico, cuando las hambrunas, epidemias o sequías asolaban la región, los sacerdotes arrojaban víctimas al cenote de los sacrificios de Chichén Itzá, de 20 m. de altura, y había peregrinaciones para ver estos sacrificios.

 

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Calendario ceremonial.

Gracias a los textos de Fray Diego de Landa, se conocen con detalle las principales ceremonias practicadas durante el Posclásico, vinculadas sobre todo con los meses y con el Año Nuevo.escanear0014

Los Trece fines de Katún.

Una de las ceremonias más antiguas y relevantes del calendario ritual Maya era la que marcaba el fin de cada katún, es decir, de cada periodo de 7.200 días. Consistía en erigir un monolito con una inscripción jeroglífica en la que aparecía la fecha del fin del katún, además de otros datos astronómicos y rituales, así como la figura del ídolo. El ídolo de cada katún era adorado durante 30 años: en la primera década, como huésped del ídolo anterior; en la segunda, como ídolo único, y en la tercera, en que compartía reinado con su sucesor. Cada katún tenía un nombre, un dios y ritos propios. En el periodo Clásico se empezó a celebrar el periodo intermedio del katún, y en algunos lugares los fines de cuarto de katún. Sin embargo, a finales del Posclásico, los Mayas celebran exclusivamente de nuevo el fin de los katunes.

 

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Las ceremonias del Año Nuevo.

También el Año Nuevo se celebraba con ceremonias. Eran las más importantes del mundo Maya y tenían lugar en los últimos cinco días del año: los temidos días uayeb del calendario.

El destino de cada uno de los años estaba regido por el signo del día con el que comenzaban. Sólo podían ser cuatro, determinados por la confluencia de los calendarios Tzolkin y Haab: los días Kan, Muluc, Ix y Cauac, asociados a los cuatro Bacabes, los dioses sostenedores de los cielos, situados en los cuatro puntos cardinales. Las ceremonias eran prácticamente iguales, aunque los distingos portadores del año Maya implicaban la preparación de ritos especiales para honrar a su correspondiente ídolo.

Los años Kan, por ejemplo, empezaban durante los cinco días finales del año Cauac. Se colocaba un ídolo de barro del dios Kan U Uayeb en la entrada sur del pueblo, que simbolizaba el punto cardinal del año que finalizaba. Todo el pueblo se reunía allí, y el sacerdote lo sahumaba con una mezcla de maíz y pom. En medio de una procesión de bailes y música, se trasladaba el ídolo hasta la casa del señor que ofrecía la fiesta, donde también se había erigido otro ídolo. Bolón Dzacab. Se colocaba a los ídolos frente a frente y se les ofrecían presentes y manjares. Los devotos se sangraban las orejas y untaban con la sangre a los ídolos. Permanecían en dicha morada durante los cinco días Uayeb, y después Bolón Dzacab, patrono del año Kun, era llevado al templo, mientras que la figura de Kan U Uayeb era colocada en la puesta este.

En líneas generales, los Mayas consideraban que los años Kan eran buenos, los Muluc también, aunque podía producirse en algún momento la tan temida sequía, los Ix eran malos, asolados por guerras, plagas de langostas, peleas y escasez de agua y los Cauac eran los más temidos, ya que debían enfrentarse a la muerte y a la hambruna.

Las celebraciones de los meses.

Propias del mundo Maya posclásico eran las celebraciones relacionadas con los meses del año solar. En estas fiestas sólo podían participar los varones, y consistían en ritos preparatorios, bailes especiales y sacrificios. Así, para celebrar el mes Pop, el primero del año, tenía lugar una ceremonia de renovación de todos los objetos cotidianos en las casas. Se barrían las casas y se renovaban los objetos rituales. En el segundo mes del año, Uo, los sacerdotes, médicos, hechiceros y cazadores celebraban la fiesta anual de sus patronos. En el mes de Xul, concretamente el día 16, tenía lugar una de las celebraciones más esperadas, la dedicada al dios Kukulcán. La fiesta consistía en una procesión hacia el templo del dios. Allí cada uno colocaba a su ídolo particular frente al templo y hacía ofrendas. Aquellos que habían llevado a cabo el rito del ayuno permanecían en el interior del templo durante los días restantes del mes, dedicados a la oración, las danzas y las ofrendas. También participaban en la fiesta payasos, que se presentaban en las casas acomodadas para representar obras y recoger presentes. El mes de Mac era el escogido para festejar a los chaces e Itzamná con grandes cacerías, exorcismos y sahumerios, y la ceremonia incluía arrojar los corazones de los animales capturados al fuego. En el mes de Yax se honraba a Chaac, el dios del agua, y se renovaban las representaciones de los dioses.

Así se sucedían las celebraciones durante los 16 primeros meses Mayas, y en los tres restantes tenían lugar fiestas menos importantes, con fiestas, bailes y babidas.

Los ritos de fertilidad.

Fueron esenciales en los rituales y ceremonias Mayas, sobre todo en los relacionados con la agricultura. Los Mayas creían que podían aumentar la fertilidad de sus campos con la suya propia, por lo que antes de ir a sembrar tenían relaciones sexuales para llegar cargados de energía regeneradora. No obstante, a partir del Clásico, la sangre se convirtió en la ofrenda fundamental de estos ritos de fertilidad. Se practicaba principalmente la autolesión, con extracción de sangre del pene haciendo unos agujeros por los que se pasaba una cuerda, y el sacrificio humano por decapitación, puesto que la cabeza simbolizaba la mazorca cortada del maíz.

 

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El juego de pelota.

El juego de pelota es una de las ceremonias más características de toda el área mesoamericana, ya desde el periodo Preclásico. Para los Mayas, jugar a la pelota era un acto ritual ligado a la órbita de los astros, a la lucha de los contrarios cósmicos y a la ascensión como Sol y Luna de los héroes del Popol Vuh. Sobre la cancha, que personificaba el cielo, el movimiento de la pelota recreaba las fuerzas contrarias en constante lucha: el Sol y la Luna, el Día y la Noche, el Cielo y el Inframundo. Durante el periodo Clásico, se convirtió en uno de los pasatiempos lúdicos favoritos de la élite gobernante, como constante recordatorio de la derrota de los dioses del inframundo, pero seguía teniendo un marcado carácter religioso.

Por ello, se celebraban complejas ceremonias como parte del ciclo de festividades religiosas y también con motivo de la consagración de nuevas canchas en los centros ceremoniales. Su relación con los sacrificios humanos está bien documentada: La pelota se representaba a menudo como la cabeza de un muerto, y en Chichén Itzá y Tenochtitlán la empalizada de cráneos se encuentra junto al campo de juego de pelota.

El juego se basaba en el enfrentamiento entre dos equipos, cuyo número variaba según las regiones, en una cancha, que podía medir de 20 a 50 metros. La mayor era la de Chichén Itzá, que ocupaba 140 metros de longitud por 35 metros de anchura. Se construyeron diversos tipos de cancha de juego, siendo la más simple un campo llano delimitado por señales en el suelo o formando un rectángulo cerrado en sus lados más largos por muros paralelos. A partir de mediados del periodo Clásico medio se generalizó un terreno de juego longitudinal que se alargaba en los extremos mediante un rectángulo colocado transversalmente y cuya planta parecía una doble T, la forma más común del campo del juego de pelota mesoamericano. Para delimitar el campo se optó por soluciones distintas, con paredes verticales o con taludes escarpados con distintos ángulos de inclinación. En los muros había discos o marcadores, situados a varios metros del suelo, y anillos de piedra.

El juego consistía en lograr que la pelota de caucho, que llegó a medir 50 centímetros y pesar más de 1Kg, golpease algún marcador o pasase a través de algún anillo, utilizando únicamente codos, rodillas, nalgas y caderas. Los jugadores vestían faldón de piel y guantes, y en algunos casos aparecen representados con casco y una especie de rodilleras y protectores de brazos. El contacto con el cuerpo de un contrario estaba severamente penalizado, y el jugador tenía que mantener la pelota en juego sin tocar el suelo durante el mayor tiempo posible. La pelota había de cruzar la línea central si se quería evitar falta. Por lo general, el juego terminaba con la primera anotación, puesto que era realmente difícil y sucedía pocas veces.

Elegidos por los propios dioses, los sacerdotes se convirtieron en demiurgos entre el mundo celeste y el terrestre, y ocuparon un lugar privilegiado en la sociedad Maya como detentores de los rituales y las profecías que regían la vida Maya.

En la sociedad Maya existía una compleja estructura sacerdotal, que se subdividía en diversos grados de sacerdotes. Encabezaba la jerarquía sacerdotal el ahau can (Señor Serpiente), el sumo sacerdote que controlaba el culto y se ocupaba de la enseñanza de la escritura jeroglífica, el calendario, los rituales y el arte de la profecía y la adivinación. Era un cargo que heredaban el hijo o parientes cercanos. Además, era el consejero de los gobernantes y nombraba a los demás sacerdotes.

 

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Sacerdotes y fiestas.

Los sacerdotes ah kin eran los párrocos de las distintas poblaciones y cabezas visibles de las ceremonias públicas. Algunos tenían a su cargo ritos específicos, principalmente los ah nakam o sacrificadores, que oficiaban los sacrificios humanos, y los chaces, que en número de cuatro ayudaban en los sacrificios o en las ceremonias de la pubertad. Los ah men, sacerdotes menores, hachiceros, médicos y adivinos, se encargaban de las ceremonias de la comunidad relacionadas con el campo y la selva. Los chilames se ocupaban de hacer las profecías.

En la fiesta del mes Uo, los sacerdotes se reunían, sacaban sus códices y hacían sus ofrendas a Kinich Ahau Itzmaná. En esta ceremonia revelaban al pueblo reunido los augurios para el año venidero y deban remedios y ritos si el pronóstico era negativo. Toda la vida de la comunidad Maya dependía de sus palabras.

 

LOS MAYAS: OBSERVADORES DEL CIELO TERCERA PARTE

El Posclásico, un último aliento de vida.

El periodo de transición que supuso el Clásico Terminal desembocó en una nueva organización política que dio vida a nuevos centros Mayas. El Posclásico comenzó como una prolongación del Clásico y no tras una ruptura con el periodo anterior. En este sentido, los arqueólogos fecha el Posclásico entre los años 900 y 1.500 d.C, lo que supone un cierto solapamiento con los últimos años del Clásico. Es razonable que así sea, ya que las principales entidades del Posclásico, en particular Chichén Itzá, surgieron y comenzaron a tener importancia en los años del Clásico Tardío y el Clásico Terminal.

Durante largo tiempo, el Posclásico ha sido definido como la época de decadencia que siguió al esplendor cultural del periodo Clásico. Sin embargo, los vestigios arqueológicos desmienten esta visión de los hechos, sobre todo por lo que respecta a Chichén Itzá, que fue una de las mayores ciudades del mundo Maya de todos los tiempos y desarrolló una arquitectura majestuosa y brillante, comparable a la de cualquier gran ciudad del Clásico.

Dos son las etapas en las que se divide tradicionalmente el periodo Posclásico.

a) Posclásico Formativo, periodo que abarca los años comprendidos entre el 900 y el 1.200 y se caracteriza por el predominio de Chichén Itzá.

B) Posclásico Tardío, que se prolonga de 1.200 a 1.500 y se distingue por el predominio de Mayapán.

Entre las transformaciones de la organización política que caracterizan el periodo Posclásico destaca la desaparición del gobierno personal por parte del rey y de la transmisión dinástica del poder. En ninguna de las ciudades Mayas del Posclásico existen referencias a señores gobernantes ni a linajes dinásticos, y sí que se tiene constancia, en cambio, de la existencia de consejos, que se reunían en grandes salas sostenidas por columnas y que eran seguramente los órganos encargados del gobierno y de la administración. Se supone que estos consejos estaban integrados por los jefes de los linajes élite y también, quizá, por los sacerdotes y escribas que más destacaban en la comunidad.

Esta forma de gobierno, denominada multepal, otorgó una ventaja considerable a Chichén Itzá sobre los reinos de las tierras bajas centrales y podría explicar la decadencia de éstos y el predominio de aquella y, en consecuencia, la transmisión del Clásico al Posclásico. Gracias al sistema de gobierno basado en el consejo, resulta imposible capturar y sacrificar al gobernante de una ciudad, puesto que no existía tal gobernante único. Así las cosas, Chichén Itzá y más tarde Mayapán se vieron libres de un peligro que comportó periodos de decadencia o la desaparición de importantes ciudades Mayas en épocas históricas anteriores.

Al margen de los cambios políticos que dieron origen al Posclásico, esta etapa de la civilización Maya se caracteriza por la existencia de intercambios y contactos mucho más intensos entre las distintas entidades Mayas y también por la creciente mexicanización del mundo Maya, es decir, por la adopción de tradiciones y de rasgos artísticos y culturales de los pueblos que residían en el centro de México.

También se observa durante el Posclásico una transformación en el Juego de Pelota, no sólo en la forma de las canchas, que pasan a tener paredes verticales en lugar de las inclinadas del periodo anterior, sino también en el hecho de que el juego de carácter ritual, que finalizaba con el sacrificio de los cautivos, fue perdiendo importancia en favor del juego puramente lúdico, en el que se recompensaba al vencedor con importantes premios de valor económico.

Los cambios políticos y sociales acontecidos durante el Clásico Terminal se atribuyen en parte a la expansión de los Mayas putunes, que hacia el año 850 penetraron en la península del Yucatán, en busca de tierras vírgenes en las que establecerse. Estos Mayas, a los que sus congéneres denominaban itzá, es decir, “gente que habla quebrada nuestra lengua”, entraron en contacto con nuevas ideas políticas procedentes de México y contribuyen a la transformación de la sociedad Maya.

El hecho de que los principales núcleos de asentamiento de los Mayas putunes se encuentren en la península del Yucatán explica que, durante el Posclásico, el foco más dinámico de la civilización Maya fueran las tierras bajas centrales cayeron prácticamente en el olvido y sólo las tierras altas meridionales fueron capaces de competir, en parte, con la vitalidad que mostró en esa época la península del Yucatán.

Chinchén Itzá.

Ésta llegó a ser la entidad Maya más grande y poderosa de todos los tiempos. Los Mayas putún o itzá establecieron en ella una nueva capital durante el Clásico Terminal, alrededor del año 850, y se hicieron fuertes para extender desde allí su dominio a toda la península del Yucatán. Durante el Posclásico Formativo, Chichén Itzá fue la potencia sin rival del mundo Maya.

La ciudad, que se asienta tierra adentro, lejos de la costa, abarca un núcleo monumental de 5 km cuadrados y una extensión desconocida de viviendas y de lugares de ocupación de importancia secundaria. El nombre de la ciudad significa “apertura de los pozos”, en evidente referencia a los dos pozos o cenotes que abastecían de agua al lugar y que, seguramente, condicionaron la elección del emplazamiento.

No existen en Chichén Itzá textos históricos grabados en estelas o en las paredes de los templos y apenas se han descubierto una o dos fechas identificables. Esto se explica por la relación de los textos con la existencia de un gobernante supremo o rey, que hacía relatar sus hazañas en monumentos construidos con dicho fin. La ausencia de textos obliga a fechar el periodo de desarrollo de Chichén Itzá por medios arqueológicos, en particular a través del estilo arquitectónico y de los hallazgos de cerámica.

Los primeros pobladores se asentaron en el lugar durante el Clásico Tardío, época a la que pertenecen los edificios más antiguos de Chichén Itzá. Otros monumentos datan del Posclásico Formativo y, con posterioridad a esa fecha, existen vestigios de incendios y saqueos que sugieren un final violento y repentino de la vida en la ciudad.

El edificio más significativo de Chichén Itzá es el Caracol, que debe su nombre a la existencia en su interior de una escalera de caracol. Se trata de dos terrazas superpuestas, rematadas por un edificio circular, caso único en el mundo Maya, pero habitual entre los pueblos del centro de México. Este templo, de 12,5 m de altura, estaba consagrado al dios del viento y desempeñaba funciones astronómicas, gracias a las aberturas en sus muros, estratégicamente dirigidas hacia los solsticios y los meses lunares.

Un aspecto muy distinto presenta el templo denominado el Castillo, que se alza sobre cuatro escalinatas y tiene cuatro entradas. La del norte, más amplia que las demás, está dividida por dos columnas de serpiente emplumada, un rasgo habitual en la arquitectura de Chichén Itzá.

El Gran Juego de Pelota de la ciudad es el más grande de Mesoamérica. Mide 166 x 68 m y es mucho mayor que los restantes juegos de pelota de Chichén Itzá, trece en total. La base de los muros está decorada con relieves que recuerdan la faceta ritual del juego de pelota, poco habitual entre los Mayas del Posclásico.

Los dos grandes pozos naturales de agua que pozos naturales de agua que determinaron el emplazamiento de Chichén Itzá desempeñaban funciones muy distintas. Uno de ellos, situado en el centro de la ciudad, servía para abastecer de agua a los habitantes. El otro, ubicado a una cierta distancia, tenía carácter sagrado. Las gentes acudían a él en peregrinación para arrojar ofrendas a su fondo, de tal manera que, cuando se desecó, se extrajeron multitud de objetos de jade, oro, cerámica y hueso con una tipología sumamente variada.

La arquitectura de Chichén Itzá presenta importantes novedades con respecto a la de los centros Mayas clásicos. Una de las más importantes es la existencia de grandes columnatas, tanto en el interior de los edificios como adyacentes a ellos. Las columnatas o circulares, están construidas con bloques de piedra superpuestos y a menudo esculpidos. Las columnatas más espectaculares que se conservan son las dos que circundan el magnífico Templo de los Guerreros.

También son singulares los atlantes, o figuras masculinas con las manos levantadas que sostienen estrados o dinteles, y los tzompantli, que eran soportes para cráneos humanos esculpidos.

Abundan de manera extraordinaria las figuras de guerreros, realizadas con una gran variedad de técnicas escultóricas, pero ataviadas siempre con ornamentos e insignias característicos.

La hegemonía de Chichén Itzá terminó en el año 1.221 y dio paso al predominio de Mayapán. El rapto, por parte de un gobernante de Izamal, de la esposa de un señor de Chichén Itzá desencadenó un conflicto bélico que acabó con la destrucción y el saqueo de Chichén Itzá por parte de Hunac Ceel, gobernante de Mayapán. Se cree que Hunac Ceel empleó mercenarios procedentes de México para lograr la destrucción de esta poderosa ciudad.

Después de estos hechos, Chichén Itzá sobrevivió como un centro de importancia ritual. Existen abundantes testimonio de que, incluso después de la conquista española, el lugar fue un importante centro de peregrinación.

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Mayapán.

A unos 100 km al oeste de Chichén Itzá se encontraba Mayapán, una ciudad mucho más pequeña, pero que llegó a tener una importancia parecida a la de su antigua dominadora.

Mayapán estaba protegida por una recia muralla, en cuyo interior los edificios se apiñaban con una densidad inhabitual en el mundo M