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GRECIA: INSTRITUCIONES, SOCIEDAD Y RELIGIÓN: TERCERA PARTEHeracles.
Era hijo de Zeus y de Alcmena. Cuando ésta y la madre del futuro rey Euristeo de Micenas estaban aun gestantes, el Destino decretó que el niño que naciera primero obedecería al segundo. Hera, que odiaba a Alcmena y al fruto de la infidelidad de su divino esposo, adelantó el nacimiento de Euristeo, con objeto de que Heracles quedara a su merced.
Cuando Heracles todavía estaba en la cuna, Hera le envió dos serpientes para que lo devorasen, pero el niño las estranguló con sus manos. Más tarde, recibió una completa educación a cargo del sabio centauro Quirón.
Para dar cumplimiento al decreto del Destino, la fama de las hazañas del joven Heracles llegó a oídos de Euristeo, ya rey, quien le mandó llamar y le ordenó que llevara a cabo una serie de trabajos que se conocen como "los doce trabajos". Son los siguientes:
Estos trabajos valieron al héroe gran reputación en todo el mundo. Liberado de la servidumbre que le ataba a Euristeo, recorrió varios países, pero no en todas partes se le dispensó la acogida que merecía. Así, Busiris, rey de Egipto, tomaba prisioneros a todos los forasteros que se aventuraban en su reino y les daba muerte, sacrificándolos a Zeus. Heracles debía sufrir la misma suerte, algo paradójica, puesto que él mismo era hijo de Zeus, y se dejó apresar y encadenar. Cuando iba a ser inmolado, rompió las cadenas y exterminó a toda la familia real con el propio cuchillo del sacrificio.
Caco, el rey de los ladrones, un gigante monstruo que vomitaba fuego, hijo de Hefesto, vivía en una cueva y salía de ella para saquear el país circundante. Heracles penetró en su antro y lo estranguló.
Anteo, hijo de Poseidón y de Gea, era otro gigante que asaltaba a los viajeros que se aventuraban en el desierto de Libia, y los mataba aplastándolos con su enorme cuerpo. A Heracles le costó gran esfuerzo vencerlo, pues al derribarlo, la Tierra, su madre, le infundía renovadas fuerzas. El héroe pudo acabar con él levantándolo en vilo, de modo que ninguna parte de su cuerpo tocara el suelo, y ahogándolo entre sus brazos.
En Tesalia gozó de la hospitalidad del rey Admeto. Éste acababa de perder a su esposa Alcestes, pero pese a hallarse embargado por la más honda pena, se esforzó por agasajar a su huésped. Conmovido por este gesto, Heracles descendió al Hades, libró un combate con la Muerte, la venció, y le obligó a devolver a Alcestes al mundo de los vivos, donde se reunió con su esposo.
Heracles quiso participar en la expedición de los Argonautas, para conquistar el vellocino de oro, pero su excesivo peso, que ponía en peligro el navío, le obligó a abandonar la empresa. Desembarcó en la Tróade, y allí conoció al triste destino de la princesa Hesíone, hija del rey Laomedonte. Éste quiso dotar a ciudad de Troya de una murallas inexpugnables y cuando se disponía a levantarlas, Apolo y Poseidón se ofrecieron para construirlas. El monarca acetó, y los dioses edificaron las mejores defensas que cabía imaginar, pero Leomedonte se negó a retribuirles por su trabajo. Apolo parece que no se lo tomó en cuenta, pero Poseidón desató una venganza terrible. Derribó las murallas y envió un monstruo marino para que devastara el reino. El dios no se conformó con eso, y a través del oráculo exigió al rey que echara a suertes cual de sus hijos debía ser devorado por el monstruo. Salió elegida la desdichada Hesione, que fue atada con cadenas al pie de un acantilado, a la espera de que se presentase el monstruo. En esto llegó Heracles, que se comprometió a exterminar al monstruo si el rey le entregaba, como recompensa, una cuadra de caballos inmortales con que Zeus había obsequiado a su antepasado Tros.
Heracles, provisto de todas sus armas, penetró en la boca del monstruo y se internó hasta lo más profundo de sus entrañas. Una vez allí le infirió una herida. Al cabo de tres días, cuando se hubo desangrado, Heracles salió y liberó a Hesione.
Pero Leomedonte dio muestras una vez más de su gran mezquindad y no quiso entregar los caballos prometidos al héroe. Éste, furioso, saqueó Troya, mató al rey y se llevó consigo a Hesione, a la que casó más tarde con el rey Telamón, de la isla de Salamina. Antes, impuso en el trono a Príamo, el primogénito de Laomedonte, que había intentado por todos los medios que su padre cumpliera su promesa, llegando a enfrentarse con él.
Heracles se trasladó luego a lidia, en Asia Menor, de cuya reina, Ónfale, se enamoró. Ella aprovechó esta debilidad para someter al héroe a toda suerte de vejaciones, a las que el temible vencedor de monstruos se plegó servilmente sin reparar en la humillación y el ridículo.
Después del episodio de la reina de Lidia, el héroe se prendó de la princesa Deyanira, la que pretendía también el río Aqueloo. Hermes le venció sin dificultades. Una de las argucias a las que recurrió Aqueloo fue transformarse en toro, y durante el enfrentamiento Heracles le arrancó un cuerno. Las ninfas lo recogieron y lo llenaron de flores y frutos, dando así origen al cuerno de la abundancia o cornucopia, que se convirtió en uno de los atributos de la diosa alegórica Abundancia.
Una vez vencido Aqueloo, Heracles, en compañía de Deyanira, emprendió viaje a una de sus residencias, la ciudad de Tirinto. Al llegar a un río, que iba muy crecido, se presentó el centauro Neso, quien se ofreció a transportar en su lomo a Deyanira. Pero sus intenciones eran muy otras, pues se proponía raptarla. Heracles le persiguió y le dio muerte a flechazos, pero antes de expirar, el centauro empapó su manto en su propia sangre y se le ofreció a Deyanira, haciéndole creer que la prenda tenía el mágico poder de avivar el amor.
Algún tiempo después, la princesa quiso probar la virtud de aquel manto y se lo entregó al voluble Heracles, que por entonces andaba ya en amoríos con otra mujer. Al vestir el manto, un fuego mágico lo consumió y acabó con su vida terrenal, pero Zeus le confirió la inmortalidad entre los dioses. Una vez en el Olimpo, se unió a Hebe, diosa alegórica de la juventud, hija de Hera, ésta póstumamente reconciliada con el héroe. Jasón .
El padre de Jasón, el rey Esón de lolcos, en Tesalia, fue destronado por su hermano Pelias. A este último el oráculo le predijo que moriría a manos de su sobrino, a la sazón aún niño, por lo que la madre de Jasón difundió la noticia de su muerte. Pero lo sacó secretamente del reino y lo confió al sabio centauro Quirón para que lo educara.
Cuando alcanzó la edad de 20 años, Jasón se presentó en la corte de Pelias y reclamó el trono para su padre Esón. Pelias fingió acceder a la exigencia, pero tendió a Jasón una trampa. Le engañó haciéndole creer que le había sido revelado que el fundador de la dinastía no permitiría que el reino gozara de paz y prosperidad, en tanto sus restos no reposaran en su patria. Además, en la lejana región donde estaba sepulcrado, la Cólquida, se guardaba un preciado tesoro, el vellocino de oro.
Jasón se dispuso par la empresa y mandó construir un barco, que bautizó con el nombre de Argos y cuyos planos dibujó la diosa Atenea. Reunió una tripulación de 50 hombres, entre los que se contaban los más aguerridos príncipes de Grecia: Teseo, los hermanos Cástor y Pólux, Orfeo, Augías, Asclepios... Heracles también participó, pero su excesivo peso ponía en peligro el barco, por lo que desistió de seguir viaje.
La empresa, como cabía esperar, fue muy accidentada. Una tempestad obligó al Argos a refugiarse en la isla de Lemnos, donde Jasón se enamoró de la hija del rey, Hipsipila, y sus compañeros vivieron también episodios amorosos con las isleñas.
Al cabo de dos años se reanudó la travesía, en cuyo transcurso desapareció Hilas, uno de los tripulantes, raptado por las ninfas cuando desembarcó para hacer aguada en el río Ascanio, en Asia Menor.
Por fin llegaron a la Cólquida y fueron recibidos por su rey, Eetes. La hija de éste, Medea, se enamoró de Jasón y se ofreció a ayudarle a conquistar el vellocino a cambio de convertirse en su esposa. El héroe accedió, más por la posibilidad de dar cima a su empresa que por corresponder a la pasión de Medea.
El vellocino estaba colgado de las ramas de un árbol y lo custodiaban un dragón y dos toros que vomitaban fuego. Medea, que conocía las artes mágicas, logró que el dragón cayera en un profundo sueño y que los toros perdieran toda su fiereza. Así, Jasón se hizo con el vellocino, y una vez en su poder partió secretamente de la Cólquida, llevando consigo a Medea. De regreso en lolcos, Medea volvió a utilizar su magia para rejuvenecer a Esón, padre de su esposo, y para acabar con el usurpador Pelias, al que hizo desaparecer, por lo que no se le pudieron tributar honras fúnebres, afrenta suprema para un griego. Esto encendió las iras del pueblo, y Jasón y Medea se vieron obligados a abandonar lolcos.
Refugiada en Corinto y acogida a la hospitalidad del rey Creonte, la pareja vivió en paz y tuvo varios hijos, pero el carácter enamoradizo e inconstante de Jasón le llevó a traicionar a Medea y a repudiarla, pues se había prendado de Glauca, la hija de Creonte.
Esta vez Medea se sirvió de sus hechizos para vengarse. Regaló a Glauca unas joyas y unos adornos embrujados, y cuando la princesa se los colocó, se vio envuelta en llamas, que la consumieron a ella y a toda su corte, pereciendo también el rey Creonte. Luego, Medea dio muerte a los hijos que había tenido con Jasón y, acto seguido, desapareció.
El héroe murió poco después, pero Medea se instaló en Atenas y allí sedujo al rey Egeo, con quien tuvo un hijo. Cuando el primogénito de Egeo, el héroe Teseo, regresó triunfador de Creta después de haber dado muerte al Minotauro, Medea intrigó para que la corona fuera a parar a su hijo, pero Teseo desbarató sus planes. Medea decidió entonces regresar a la Cólquida, su patria, donde pasó el resto de su vida. Minos.
El Rey Minos de Creta prometió a Poseidón ofrecerle un toro en sacrificio, pero no cumplió su promesa. El dios de la mar le castigó haciendo que la reina Pasifae diera a luz un monstruo, mitad hombre y mitad toro, el Minotauro, que se alimentaba de carne humana. Minos encargó al arquitecto ateniense Dédalo que construyera una morada en la que recluir al monstruo, y Dédalo proyectó un laberinto del que nadie era capaz de salir.
El otro hijo del rey, Androgeo, era un atleta que vencía a todos los juegos, por lo que suscitaba muchas envidias. En cierta ocasión, se proclamó vencedor absoluto de los juegos en honor de Atenea celebrados en Atenas. Sus rivales no pudieron soportar aquel triunfo y lo asesinaron.
Minos, afrentado, impuso un pesadísimo tributo a cambio de no destruirla: cada año le entregaría a siete mancebos y otras tantas doncellas que servirían de alimento al Minotauro. Más adelante, el héroe Teseo liberaría a Atenas de tan cruel servidumbre.
Orfeo.
A Orfeo se le atribuye la invención de la poesía lírica. Prodigioso tañedor de lira, recorrió Grecia acompañándose de ese instrumento y cantando las hazañas de dioses y héroes. Quienes le escuchaban quedaban maravillados por su arte, e incluso las fieras se amansaban. Se enamoró de la ninfa Eurídice, y tras una feliz unión ella murió víctima de la mordedora de una serpiente venenosa. Orfeo descendió al Hades y rogó al dios de los infiernos que le restituyera a su amada. Conmovido por los tristes cánticos de Orfeo, accedió a condición de que el poeta no volviese la cabeza para mirar a Eurídice hasta que hubieran abandonado el tenebroso lugar, pero él no pudo contener su impaciencia, se volvió, y de inmediato Eurídice fue devuelta al reino de las sombras, y esta vez para siempre.
Orfeo se retiró a un paraje solitario y desolado en los montes Ródopes, donde pereció a manos de las mujeres del lugar, furiosas por su negativa a tomar por esposa a una de ellas.
Orión.
Tal era la pasión que por la caza sentía el joven Orión, que Artemisa lo adscribió a su séquito y le colmo de dones. Apuesto y de prodigiosa fuerza física, acabó por vencerle la vanidad. Aseguró que ninguna fiera ni monstruo sería capaz de vencerle, y Gea, la Tierra, considerando que aquello era un desafío dirigido a ella, le envió un simple escorpión que con una picadura acabó con la vida del héroe. Artemisa logró que Zeus le concediera la inmortalidad transformándolo en una constelación que aún lleva su nombre.
Perseo.
El nacimiento de Perseo fue milagroso y fruto de una de las metamorfosis de Zeus. Un oráculo reveló al rey Acrisio de Argos que perecería a manos de su nieto. Para huir de su destino, el rey encerró en una torre a su hija, Dánae, aislándola del mundo. Pero Zeus, que se había prendado de ella, se convirtió en lluvia de oro y se filtró en el aposento de Dánae. Como consecuencia de este encuentro se produjo el nacimiento de Perseo.
Madre e hijo huyeron y se refugiaron en la corte del rey Polidecto, en la isla de Serífea. El niño se educó entre los sacerdotes de Atenea, y a los 20 años fue enviado por el rey a combatir a Medusa, el monstruo cuya mirada bastaba para petrificar a quien la contemplara. Con un escudo que le proporcionó Atenea, el héroe se colocó ante Medusa, y ésta, al verse reflejada en la pulida superficie del escudo, corrió la misma suerte que sus víctimas. Acto seguido, le cortó la cabeza.
La siguiente hazaña consistió en vencer al temible gigante Atlas, rey de Mauritania, donde había impuesto el terror. Le lanzó la cabeza de Medusa y lo transformó en montaña.
Después liberó a Andrómeda, hija del rey Cefeo y de la nereida Casiopea. La joven se hallaba encadenada en un acantilado a merced de un monstruo marino. Perseo dio muerte al monstruo y obtuvo la mano de la princesa. Durante el banquete de esponsales irrumpió en la sala Fineo, rey de Bitinia, tío de la novia y su antiguo amante, acompañado de hombres armados. Dispuesto a llevarse por la fuerza a Andrómeda, atacó a los reunidos, pero Perseo hizo uso de su escudo, en el que había quedado impresa la efigie de Medusa, y convirtió en piedras a los agresores.
Una ves desposado con Andrómeda, Perseo se dispuso a resolver los asuntos familiares pendientes. En primer lugar, venció al rey Polidecto, que mantenía retenida a Danáe, madre del héroe, y la sometía a toda clase de vejaciones.
Luego, se dirigió a su patria, Argos, y arrojó del trono al rey Preto, que había derrocado a Acrisio. Este último olvidó la profecía según la cual había de morir a manos de su nieto, y acudió a los juegos que se celebraron para festejar su regreso al poder. Perseo lanzó el disco, y el Destino quiso que se desviara y golpeara a su abuelo, matándole, con lo que se cumplió la predicción del oráculo.
Prometeo.
Hijo de Japeto, era uno de los Titanes, y logró crear al hombre formándolo con barro e infundiéndole vida con la chispa de un rayo de Sol. Esto le atrajo la animadversión de Zeus, padre de los dioses, que se reservaba la prerrogativa de crear. Además, enseñó al hombre el uso del fuego, de modo que para obtenerlo no necesitó aguardar a que cayera el rayo, atributo de Zeus, y dejó de depender de éste. De ahí que a Prometeo se le presente como una alegoría del progreso y la liberación humana.
Zeus ordenó a Hefesto que en su fragua forjase una mujer y la ofreciese a Prometeo. Cuando estuvo concluida la figura, de aspecto bellísimo, le dio el nombre de Pandora. Los dioses la adornaron con toda clase de virtudes, y Zeus le entregó una caja cerrada que Pandora debía ofrecer a Prometeo como regalo de esponsales.
Prometeo se negó a aceptar el presente de Zeus, pero Epimeteo, su hermano, accedió a casarse con Pandora y abrió la caja. Ésta encerraba todos los males que afligen al mundo, y aunque se apresuró a cerrarla, era demasiado tarde para evitar que las desdichas se esparcieran por doquier.
Prometeo quiso vengarse de Zeus, pero el padre de los dioses ordenó a Hefesto que se apoderase del rebelde, lo transportara a la cima del Cáucaso y le dejara allí encadenado, con un buitre que le devorara las entrañas continuamente, sin posibilidad de morir, pues la carne arrancada se regeneraba de inmediato. Más tarde, Heracles dio muerte al buitre y libró a Prometeo del suplicio.
Teseo.
Hijo de Egeo, rey de Atenas, descolló muy pronto por sus prodigiosas hazañas. Éstas consistieron en librar Grecia de algunos de sus más peligrosos bandidos, de los que el peor fue, sin duda, el gigante Procustes. Este malhechor no se conformaba con robar y saquear, sino que ataba a sus víctimas a un lecho de hierro, a cuya longitud las adaptaba de la manera más brutal. Si la estatura del supliciado era excesiva y sus pies asomaban, le cortaba las piernas a la altura precisa. Pero si el prisionero no alcanzaba el borde del lecho, Procusto estiraba al desdichado hasta descoyuntarlo.
Después de acabar con los bandidos, Teseo se dispuso a liberar a su ciudad de una de sus más pesadas cargas. El rey Minos de Creta había impuesto a los atenienses un terrible tributo: cada año debían entregarle a 14 jóvenes, 7 de cada sexo, para que fueran devoradas por el Minotauro. Era éste un ser monstruoso, mitad hombre y mitad toro, hijo de Minos, que vivía recluido en el laberinto. Teseo acudió a Creta como si fuera uno de los jóvenes que iban a ser sacrificados, y una vez allí conquistó el corazón de la hija de Minos, la princesa Adriadna, quien a cambio de la promesa de desposarla y llevarla a Atenas se ofreció a ayudarle a acabar con el monstruo.
Adriadna le explicó la disposición del intrincado laberinto y le proporcionó un ovillo, de modo que desenrollándolo al internarse, pudiera luego encontrar la salida sin extraviarse. Teseo alcanzó el corazón del laberinto, mató al Minotauro y pudo salir gracias al hilo de Adriadna.
Pero una vez logrado su propósito, Teseo mostró sus verdaderas intenciones respecto a Adriadna, a la que no tenía la menor intención de unirse. Durante el viaje de regreso a Atenas, en una escala en la isla de Naxos y aprovechando que la princesa cretense se quedó dormida, la dejó abandonada y puso rumbo al Ática.
El rey Egeo había acordado con su hijo que si salía con bien de su empresa, izaría una bandera blanca en su nave, y que si fracasaba seguiría ondeando la bandera negra. Teseo olvidó el acuerdo, y cuando Egeo avistó la nave y distinguió la bandera negra, fue presa de la desesperación y se arrojó al mar, que desde entonces se llamó precisamente Egeo.
Muerto el rey, Teseo debía heredar el trono, pero hubo de luchar con sus primos por Palántidas y vencerles. Una vez convertido en soberano, engrandeció Atenas y quiso dar a sus súbditos la libertad, permitió adoptar la forma de gobierno republicana, cuyo máximo órgano fue una asamblea.
Así, Teseo pudo reanudar su existencia aventurera. Acudió como invitado a la boda de un amigo Pirítoo, rey de los lapitas, un pueblo de Tesalia, con la hermosa Hipodamia. A la fiesta habían sido convidados los centauros, y uno de ellos, Eurito, en estado de embriaguez, decidió raptar a la novia. Los demás centauros se apresuraron a ayudarle y a raptar a su vez a las mujeres presentes, y todos se lanzaron contra los lapitas, convirtiendo la fiesta en una batalla. Teseo se sumó a la lucha en ayuda de Pirítoo y los lapitas, y así acabaron con casi todos los centauros.
Animados por esta victoria, los dos amigos se propusieron nada menos que arrebatarle a Hades, señor de los infiernos, a su esposa Perséfone, obligada a pasar la mitad del año en aquel reino tenebroso. Pero sus planes fueron desbaratados pro Hades, que descubrió a tiempo sus intenciones: Pirítoo pereció víctima del Cancebero, y Teseo, cargado de cadenas, permaneció en el inframundo hasta que Heracles intercedió por él y Hades accedió a liberarle.
Teseo acompañó luego a Jasón en la expedición de los Argonautas a la Cólquida, y ayudó a Heracles en su victoria sobre las Amazonas. Sedujo a Hipólita, la reina de aquellas mujeres guerreras, y de su unión nació Hipólito.
GRECIA: INSTRITUCIONES, SOCIEDAD Y RELIGIÓN: SEGIMDA PARTEFuentes literarias.
La literatura griega es inseparable de los mitos, y las creaciones de los autores sirvieron, por así decirlo, de "catecismo" para fijar los cometidos de los diferentes dioses, sus hazañas y su genealogía. A este respecto, las fuentes por excelencia, y las más antiguas, son los poemas homéricos y la obra de Hesíodo.
Homero vivió en la Época Oscura y recogió en sus poemas los acontecimientos en torno a la guerra de Troya, librada unos 500 años antes. La directa intervención de los dioses, la protección que dispensaban a unos personajes y su enemistad hacia otros, así como sus propias rivalidades, hacen que la acción de la Ilíada y la Odisea se desarrolle en un doble plano, el supuestamente real y el mítico, y que a partir de la trama pueda establecerse un esquema bastante coherente de la estructura del panteón helénico.
Hesíodo vivió en torno a 800 a.C. En su epístola en verso Los trabajos y los días, dedicada a las labores del campo, ya incluye algún relato mitológico, pero su poema La Teogonía es propiamente un tratado sistemático que recoge el origen del mundo, la genealogía de los dioses y las principales leyendas. Toda la elaboración mitológica posterior arranca de Hesíodo.
En su conjunto, la literatura griega es incomprensible sin el conocimiento de los mitos. Muchas de las grandes creaciones son, en realidad, desarrollos de un mito, y las referencias a los dioses y los héroes son constantes. Así, Píndaro compuso odas corales en honor de los vencedores en los juegos atléticos, pero en ellas son constantes las digresiones mitológicas. Los tres grandes trágicos, Esquilo, Sófocles y Eurípides, reflejaron muchos asuntos relacionados con los mitos, incluida la intervención directa de los dioses.
En época helenística se sistematizaron los mitos y se enriquecieron esas tradiciones, aportando tanta erudición como superficialidad. Un caso emblemático fue el de Apolodoro de Atenea, que escribió hacia 140 a.C. una Biblioteca mitológica. Entre los poetas citaremos a Calímaco, que acumuló en su obra gran cantidad de conocimientos mitológicos. Apolonio de Rodas nos ha dejado un poema en verso, Los Argonautas, sobre la expedición de Jasón. Y Teócrito, el más grande de los poetas de este periodo, autor de idilios pastoriles, también desarrolló temas mitológicos.
Origen de las divinidades olímpicas.
Al principio reinaba el Caos, pero una difusa voluntad creadora plasmó la Tierra de Gea, la Madre Tierra, que fue dando forma al mundo tal como lo conocemos. También dio a luz a su hijo, Urano o el Cielo, con el que luego se desposó para dar nacimiento a varios hijos, entre ellos los Cíclopes, gigantes con un solo ojo en la frente, grandes construcciones y hábiles metalúrgicos.
Algunas fuentes señalan que por entonces surgió de manera espontánea la raza humana, que antes de llegar a su estado actual atravesó por tres edades: la de oro, la de plata y la de bronce. En este proceso se produjo una paulatina degradación: en la edad dorada la naturaleza era pródiga y los hombres convivían pacíficamente; luego, la riqueza y la bondad originales se fueron oscureciendo hasta llegar a la presente edad de hierro, la pero de todas.
Urano hubo de enfrentarse a la rebelión de sus hijos los Cíclopes, a los que logró vencer y arrojar al Tártaro, el infierno. A continuación engendró a los siete Titanes, los cuales también acabaron levantándose contra su padre, instigados por Gea y dirigidos por el menor de ellos, Cronos. Éste castró a su padre y se impuso a sus hermanos. Se unió a Rea y tuvo varios hijos.
Para evitar que una rebelión de sus hijos le desposeyera de su poder, devoraba a todos los varones que Rea le iba dando. Pero cuando nació Zeus, su madre lo sustituyó por una piedra, y acto seguido, escondió al recién nacido en la isla de Creta, donde fue amamantado por la cabra Amaltea.
Llegado a la edad adulta, Zeus se aprestó a la conquista del cielo. Reunió un ejército y venció a los titanes, expulsó a Cronos y se proclamó padre de los dioses.
Estableció su corte en la cumbre del Olimpo, y allí inició su reinado sobre los 12 dioses mayores, los innumerables de categoría inferior, los héroes y, por supuesto la humanidad.
Dioses superiores.
Zeus.
Después de derrotar a su padre, le obligó a regurgitar a los hijos que había engullido, entre ellos Poseidón y Hades, y también liberó del mundo inferior a los Cíclopes, que le hicieron los presentes que luego serían sus atributos: el trueno y el rayo. Zeus se unió a diversas diosas, ninfas y mujeres mortales y tuvo gran número de hijos, tanto dioses como héroes.
Hera.
Hermana y esposa de Zeus, era virtuosa y fiel, pero terca, imperativa, malhumorada, celosa y vengativa. Presidía los nacimientos y protegía a las esposas leales. Zeus llegó a atarla con cadenas a la bóveda celeste para sustraerse a su fiscalización. Los demás dioses recurrieron al herrero Hefesto, que consiguió liberarla.
Poseidón.
Hermano de Zeus, era el dios del mar, cuyas aguas removía con su tridente. Su soberanía se extendía a las aguas interiores, como ríos, lagos y manantiales, y su poder alcanzaba a las islas y las montañas.
Hefesto.
Hijo de Zeus y Hera. De proverbial fealdad y cojo, era el dios metalúrgico, y la iconografía le representa en su fragua, con un martillo en una mano y un rayo en la otra. Tomó por esposa a Afrodita, que contrariada por el desagradable aspecto de su divino esposo, acabó rechazándole.
Atenea.
Conocida también como Palas Atenea, era hija de Zeus, de quien nació de una forma harto singular. El padre de los dioses padecía insoportables dolores de cabeza, por lo que pidió a Hefesto que se la abriera y así aliviara su mal. Hefesto le asestó un hachazo, y de la brecha salió Atenea con casco, coraza, escudo y lanza.
Se le atribuye la invención de la escritura, de las artes plásticas y de habilidades manuales como el bordado.
Por lo demás, su ira y su venganza eran temibles. La bella Medusa la desafió, y Atenea convirtió su rostro en una máscara espantosa, transformó sus cabellos en serpientes, cubrió su cuerpo de escamas e hizo que su mirada bastase para matar a quien se le pusiera delante. Medusa, junto con sus dos hermanas, formó el trío de monstruos conocido como las Gorgonas. Desde entonces la diosa adoptó la efigie de Medusa para adornar su coraza.
Patrona de la ciudad de Atenas, ésta le dedicó su más bello templo, el Partenón, que albergaba la estatua de la diosa cincelada por Fidias.
Afrodita.
Diosa de la belleza, el amor y el mar. Nació de las espumas marinas y fueron varios los dioses que la pretendieron. Y es que la diosa tenía un ceñidor mágico que hacía que todos se enamoraran de ella. Zeus decidió darla en matrimonio a Hefesto, pero Afrodita lo rechazó debido a su fealdad, a su cojera y a que su oficio de forjador le obligaba a estar siempre sucio y sudoroso. Así que se dedicó a mantener aventuras, de las que nacieron varios hijos. Con Ares tuvo a Fobos, Deimos y Armonía. Luego se enamoró del bello Adonis e intentó arrebatárselo a Perséfone, la diosa del mundo de las sombras, la cual lo había convertido en su amante. Zeus designó a la musa Caliope para que actuara como árbitro y asignara el hermoso joven a una de las dos diosas.
La decisión fue que pasara una parte del año con cada una, pero Afrodita intentó reservárselo para sí. Ares, celoso, se convirtió en jabalí y dio muerte a Adonis durante una cacería. Al morir, Adonis fue a parar al Tártaro, donde reinaba Perséfone, con lo que Afrodita se vio alejada de él. Se dirigió entonces a Zeus y exigió que se cumpliera la sentencia arbitral de Caliope, y de este modo Adonis pasó una parte del año en el reino de los muertos y otra junto a la diosa del amor.
Afrodita suele representarse acompañada de su hijo Eros, un niño provisto de un carcaj y que dispara sus flechas al corazón de los hombres para inspirarles amor.
Deméter.
Diosa de la agricultura, en particular de los cereales. De su unión con Poseidón nació Perséfone. Hades, dios infernal, se enamoró de Perséfone, la raptó y se la llevó a su reino subterráneo. Deméter se dedicó entonces a buscar denodadamente a su hija, y cuando descubrió dónde se hallaba, logró que Zeus concediera a Perséfone pasar una parte del año con su madre, fuera del tenebroso inframundo al que la había llevado su raptor.
En honor de Deméter se instituyeron los misterios de Eleusis, fundados por Triptolemo, un mortal al que la diosa crió de niño, y en Atenas, la fiesta de las Tesmoforias, a modo de acción de gracias por haber recibido de Deméter el conocimiento de la agricultura.
Ares.
Hijo de Zeus y Hera, dios de la guerra, actividad de la que estableció sus normas estratégicas y tácticas. Sus amores con Afrodita, esposa de Hefesto, le valieron las reconvenciones de Zeus, por lo que decidió abandonar el Olimpo y morar entre los griegos. Contribuyó a crear instituciones atenienses como la asamblea o Areópago, y cuando estalló a la guerra de Troya se puso al lado de esta ciudad. Apolo.
Conduce el carro del sol por el firmamento. Era hijo de Zeus y de Latona, hija a su vez de uno de los Titanes. Venció a la serpiente Pitón, que asolaba los campos de Tesalia. Pretendió en vano a la ninfa Dafne y acabó enemistándose con Zeus, que lo desterró del Olimpo, por lo que se vio obligado a vivir entre los mortales una larga temporada.
Bajo el patronazgo de Apolo se colocaron la medicina, la poesía, la música y la vida pastoril. Su principal santuario se hallaba en Delfos, donde emitía sus pronósticos de oráculo más famoso de la Antigüedad. La prole de Apolo fue numerosa, y de ella forman parte Asclepios, el médico más ilustre, así como la maga Circe, la Aurora y Faetón. A este último su padre le permitió guiar el carro del Sol, pero se acercó tanto a la tierra que provocó sequías y desastres, por lo que Zeus le dio muerte.
Artemisa.
Al igual que Apolo, era hija de Zeus y Latona. Ejercía el patronazgo de la Luna y de la caza. A esta actividad se dedicaba continuamente. Otro cazador, Acteón, la sorprendió mientras se bañaba en un río, y la diosa castigó su indiscreción convirtiéndolo en ciervo, de modo que sus propios perros le dieron muerte. Los cultos que se dedicaron a la diosa estaban en consonancia con su carácter cruel. En uno de sus templos se le ofrecían en sacrificio los extranjeros que osaban pasar por allí. En otro, el sacerdote encargado de los oficios sólo podía tomar posesión de su cargo después de haber dado muerte a su antecesor.
Hermes.
Hijo de Zeus y de la ninfa Maya, era el mensajero de los dioses y el patrono de negociantes, oradores, viajeros y ladrones. Nada más nacer, se dedicó a robar sus atributos a los dioses, por lo que fue desterrado del Olimpo, y habitó en Tesalia, donde trabajó como pastor. Pero allí continuó con su costumbre de robar. A Apolo, también desterrado en aquella región, le hurtó un rebaño entero. De regreso en la morada de los dioses tras su exilio, se convirtió en el mensajero de los inmortales.
Se le representa con alas en los pies y en el sombrero de ala ancha con que se cubre. Cuando hicieron las paces tras el robo del rebaño, Apolo le regaló una vara de avellano que tenía la virtud de apaciguar a los más enconados enemigos y volverlos amigos. Para probar la virtud de la vara, Hermes la interpuso entre dos serpientes que estaban luchando. Los reptiles cesaron de acometerse y se enroscaron pacíficamente a la vara, que desde entonces se convirtió en atributo de este dios y se conoce con el nombre de caduceo.
En los cruces de caminos y a la entrada de las casas se colocaban estatuas del dios, llamadas precisamente Hermes.
Dionisios.
Hijo de Zeus y de Semele, hija del rey Cadmo de Tebas y de Armonía, aprendió de Sileno el cultivo de la vid y las Musas le enseñaron a cantar y danzar. Se rodeó de personajes como Sileno, Pan, los sátiros, danzantes, cantores y flautistas, un séquito jaranero cuyas evoluciones se imitaban durante las celebraciones en honor del dios y que, por evolución, dieron origen el teatro en Grecia. Enseñó a los hombres lo que él había aprendido de Sileno, a cultivar la vid, por lo que se le proclamó dios del vino.
Durante las fiestas dionisíacas los participantes danzaban cubiertos con pieles de machos cabríos, la cara manchada de vino y pámpanos alrededor de la cabeza. Las sacerdotisas de este culto se llamaban bacantes.
La iconografía lo representa como un joven carirredondo y algo obeso, con una copa en la mano, coronado de pámpanos y con una expresión entre sensual, indolente y picara. En torno a esta divinidad se organizó un culto mistérico.
Destino póstumo del hombre.
Los dioses y los inmortales residían en la cumbre del monte Olimpo. No hay descripciones precisas de esta morada ni se dispone de información detallada acerca de las actividades de los dioses, aunque de los relatos míticos se deduce que desde aquellas alturas observaban a los hombres, celebraban asambleas para decidir el destino de los humanos y dirimir sus propias diferencias, y a menudo descendían a la tierra para intervenir en los asuntos de las personas. Los dioses se alimentaban de ambrosía, la bebida de la inmortalidad.
En cuanto al destino póstumo de los mortales, las doctrinas relativas a la supervivencia del espíritu se enseñaban sobre todo en el transcurso de los cultos mistéricos. Lo que nos ha llegado de esas ideas son elaboraciones literarias que se presentan un tanto confusas.
Cuando una persona moría, sus familiares le colocaban una moneda bajo la lengua, el llamado óbolo de Caronte, destinado a retribuir al barquero infernal. El Hades o inframundo se llamaba así por el dios homónimo que allí reinaba. Para llegar a él había que atravesar el Erebo, región del Caos y padre, a su vez, de la Noche, el Éter y el Día.
La siguiente etapa era el borde de la laguna Estigia, alimentada por los ríos Aqueronte y Piriflejetón, donde aguardaba Caronte, que en su barca conducía a los espíritus a la otra orilla. Allí, el Cancerbero, el perro infernal de tres cabezas, que nunca dormía, impedía que alguien escapara del Hades.
En la primera región, llamada de los Gamonales, residían principalmente los héroes. Más allá se alzaba el palacio donde moraban Hades y Perséfone. En una encrucijada de tres caminos, donde los espíritus eran conducidos por Hermes, se sometían al juicio de un tribunal presidido por Minos, y según sus merecimientos debían tomar uno de esos tres caminos. Conducían, respectivamente, de regreso a los Gamonales, lugar donde ni se sufría ni se gozaba; a la región más sombría, donde se aplicaban los suplicios, o a los Campos Elíseos.
Los Campos Elíseos, que se hallaban fuera del recinto del Hades, y que estaban gobernados por Cronos, eran un lugar de goces continuos, donde nunca se hacía de noche y reinaba un clima agradable y uniforme, amenizado por un suave y perfumado vientecillo, el Céfiro. Por allí discurría el río Leteo, de cuyas aguas bebían los bienaventurados, para borrar de su memoria los recuerdos terrenales, causa de tristezas y angustias.
Divinidades menores y seres fantásticos.
Hades.
Dios de los infiernos. Hermano de Zeus, ayudó a éste y a su otro hermano, Poseidón, a vencer a su padre Cronos. Luego, los hermanos se repartieron el mundo: Zeus se reservó el cielo y Poseidón el mar, y a Hades, como era el Menor, le adjudicaron los infiernos. Allí recibe los espíritus de los muertos y reina en un triste mundo de sombras, sin saber lo que ocurre en el Olimpo.
De su unión con Gea nació Tifón, monstruo de 100 cabezas que a su vez fue padre de otros monstruos, como el Cancerbero, la Hidra de Arpías, Escila, varios dragones, como el que guardaba el jardín de las Hespérides, el león de Nemea, el buitre que devoraba a Prometeo y los vientos más peligrosos, causantes de naufragios.
Hestia.
Hija de Cronos y Rea. Nunca participó en disputas ni rivalidades, por lo que se la consideraba pacífica y se la proclamó patrona de los hogares.
Eros.
Hijo de Afrodita, que en muchas de sus esculturas lo lleva en brazos. Cometía toda clase de travesuras en el Olimpo, gastando bromas a los dioses, que se mostraban indulgentes con él. Se le representaba con una venda en los ojos porque el amor es ciego; provisto de alas, porque la pasión es efímera y volandera, y armado con flechas que dispara al corazón de quienes desea que padezcan mal de amores. Ya adulto, Eros vivió una aventura con Psique.
La Aurora.
"La de rosados dedos", como la llama Homero, es la mensajera del Sol y recorre el firmamento en un carro tirado por cuatro caballos blancos.
Las Gracias.
Estas tres jóvenes, hermosas y de porte modesto, solían acompañar a Afrodita y a Eros, y en muchas de sus representaciones aparecen tomadas de las manos, como jugando al corro. Sus nombres eran Aglae, Talía y Eufrosina. Presidían las acciones benéficas y desinteresadas, y su influencia se dejaba sentir en todo cuanto fuera amable y atractivo, así como en las manifestaciones de la cultura y de cuanto procurase placer intelectual y fomentara el cultivo de la sensibilidad.
Las Musas.
Eran nueve, hijas de Zeus y Mnemósine, y protegían las artes, las letras y las ciencias.
Caliope.
Patrona de la poesía heroica, se representa coronada de laurel. En la mano lleva un instrumento musical o un libro con uno de los poemas épicos.
Clío.
Patrona de la historia, también se corona de laurel y aparece con un libro en la mano.
Melpómese.
Patrona de la tragedia, aparece con una máscara de teatro en la mano y se toca con una guirnalda.
Talía.
Patrona de la comedia, lleva asimismo una careta, pero de rasgos sonrientes. Va coronada de hiedra y calza coturnos.
Euterpe.
Patrona de la música, lleva corona de flores y sostiene una flauta.
Terpsícore.
Patrona de la danza, se presenta confiriendo a su figura sugerencias de movimiento y soltura, y lleva una lira.
Erato.
Patrona de la poesía lírica y amatoria, lleva un laúd y a sus pies se encuentran representadas unas tórtolas.
Polimnia.
Patrona del canto y de la retórica, aparece como una joven inmóvil y pensativa.
Urania.
Patrona de la astronomía, aparece con un compás y un mapa celeste o cualquier otro objeto que sugiera su dedicación.
Todas ellas nacieron en el monte Piero, por lo que también se las conoce con la denominación de las Piérides. Para trasladarse, montaban el caballo alado Pegaso. En él acudían al Olimpo, donde Zeus se recreaba escuchándolas.
Las Moiras.
Se encargan de ejecutar las órdenes del Destino, una divinidad alegórica, ciega, cuyo poder es inmenso, pues no se sustraen a él ni los mismos dioses. Pero su presencia en el panteón se muy secundaria y desvaída. Las Moiras, hijas de Temis o la Justicia, eran tres: Cloto, Laquesis y Atropos, y su lugar de residencia era el inframundo. Las dos primeras hilan los hilos de la vida de los hombres, y Atropos los corta, lo que significa que esas vidas concluyen.
Las Erinias.
Llamadas también Furias o Euménides. Sus nombres eran Tisífone, Alecto y Megera, vivían en el Erebo, una de las regiones del Hades, y eran más viejas que los propios dioses. Su aspecto resultaba espantoso: tenían serpientes en lugar de cabellos, cabeza de perro y alas de murciélago. Su misión consistía en escuchar las quejas de los muertos contra los vivos que les habían causado perjuicios injustamente. Armadas con látigos, castigaban con gran crueldad a quienes consideraban merecedores de sus iras. Dioses y criaturas terrestres.
Pan era la divinidad de los campos y los pastores, y su culto se centraba en la Arcadia. Tenía tronco de hombre y patas de macho cabrío, y su cabeza la adornaban unos cuernos también caprinos. Recorría los campos tañendo la llamada flauta de Pan, hecha con tubos de distintos tamaños. Su proximidad, aunque él no se dejara ver, producía una sensación que se conoce como terror pánico. Los sátiros formaban el cortejo de Pan y, como él, recorrían los bosques persiguiendo a ninfas y pastoras con propósitos lúbricos.
Sileno era una divinidad campestre de aspecto tosco, y se dedicaba a ayudar a los agricultores. Solía embriagarse con frecuencia.
Los centauros, con cabeza y tronco humanos y el resto del cuerpo de caballo, vivían en el monte Pelión, en Tesalia. Una leyenda narra su lucha con los lapitas, un pueblo mítico que habitaba en aquella región y que les venció, obligándoles a refugiarse en el monte Pindo. El más famoso de los centauros fue el sabio Quirón.
Las Gorgonas, hijas del dios marino Orco, eran unos seres espantosos, con serpientes en lugar de cabellos, manos de hierro, cuerpo escamoso y alas doradas. Eran tres y compartían un solo cuerno, un ojo y un diente. Bastaba una mirada de ese ojo para convertir a los seres vivientes en piedras o darles muerte. Los nombres de las Gorgonas eran Estenio, Euríale y Medusa. Esta última fue vencida por Atenea, que le cortó la cabeza e incorporó su imagen a su coraza.
Las arpías, hijas de Tifón, eran unos perversos monstruos alados, con rostro de mujer vieja y fea y cuerpo de buitre. Despedían un hedor insoportable y corrompían cuanto tocaban.
Otros dioses menores que gobernaban espacios naturales eran los adscritos a determinados ríos que los habitantes del lugar veneraban.
Eolo, que reinaba en las islas Eolias, era la divinidad de los vientos. Los mantenía encadenados en lo más profundo de una gruta y los soltaba cuando lo creía oportuno. Cada uno de ellos soplaba en una dirección.
Las ninfas.
Eran semidiosas que poblaban los más diversos paisajes: las Oceánidas, el océano; las Nereidas, el mar Egeo; las Náyades, los ríos, lagos y demás aguas interiores; las Oréadas, las montañas y las cuevas; las Napeas, las colinas y los valles; las Dríadas, los árboles; etc.
Las Oceánidas eran hijas de Océano, a su vez hijo de Urano y de Gea.
Las Nereidas, en número de 50, eran hijas del dios marino Nereo. Surcaban los mares montadas en unos fantásticos hipocampos. Entre las principales se cuentas Tetis, Galatea, Casiopea y Aretusa, cada una de ellas protagonista de algún episodio mitológico.
Las Náyades poblaban las aguas interiores, y vivían en cavernas próximas a ríos y lagos. Se les rendía culto en altares al aire libre, donde se les ofrecían libaciones de vino y miel se les sacrificaban cabras y ovejas.
Las Oréadas, ninfas de las montañas, formaban parte del cortejo de Artemisa.
Las Dríadas se dividían en dríadas propiamente dichas, deidades de bosques y árboles en general, y hamadríadas, que venían a ser como el alma de cada árbol en particular y que vivían, crecían y morían con él. Dioses y criaturas del mar.
Tritón, hijo de poseidón, era una divinidad marina menor, que recorría las aguas en un carro de forma de concha, tirado por hipocampos. Gobernaba las olas y decidía las calmas y las tempestades. Esta divinidad presenta muchos rasgos en común con Océano, aunque la iconografía no los refleja igual: Océano aparece montando un fantástico caballo marino con partes de su cuerpo propias de un pez. Era hijo de Urano y de Gea, y de su unión con Tetis, una de la Nereidas, nacieron los Ríos y las Oceánidas.
Nereo era una divinidad menor que poseía el don de prever el futuro.
Proteo también era vidente, don que le había conferido Poseidón. Su misión consistía en aportar sustento a los animales que formaban el rebaño del dios de los mares. Su principal característica, que ha dado origen al adjetivo "proteico", era su poder para cambiar de forma a voluntad y adoptar apariencia de animal o cosa.
Orco era hijo de Poseidón y fue, a su vez, padre de numerosos seres marinos y de las monstruosas Gorgonas.
Un caso de mortal divinizado fue el del pescador beocio Glauco, que sentía tal amor por la mar y sus criaturas, que quedó transformado en inmortal después de comer una alga mágica que halló en una playa.
Escila era un monstruo que habitaba una caverna cerca de un peligroso remolino llamado Caribdis, en aguas de Sicilia. Los marinos se hallaban ante el dilema de ser engullidos por Caribdis o destruidos por la maléfica Escila, a la que se representa con varias cabezas y con tentáculos. Pero no siempre tuvo ese aspecto, pues con anterioridad era una hermosa ninfa que despertó la pasión de Glauco, pero la maga Circe, que lo amaba, se vengó de su rival convirtiéndola, en monstruo.
Las sirenas eran hijas de la musa Calíope y del río Aqueloo. Tenían el tronco de doncella y el resto del cuerpo de ave, incluidas unas alas. Pero la iconografía las representa de manera más congruente con su naturaleza marina: con cola de pescado. Eran, según las fuentes, entre 3 y 8 y vivían en aguas de Sicilia, donde con sus maravillosos cantos atraían a los marineros a los arrecifes, provocando naufragios. Pero el Destino había decretado que si alguien se les resistía, ellas perecerían. Odiseo logró vencer la poderosa atracción de aquellos dulces monstruos, aunque alguna leyenda señala que una de las sirenas, Parténope, se salvó y recibió culto en la ciudad que tornó su nombre, luego denominada Nápoles.
Las lamias se asimilaban a veces a las sirenas, pues desempañaban un papel similar. Estaban provistas de garras, y cuando lograban atraer a los navegantes, los devoraban.
Divinidades alegóricas.
Temis o la justicia, hija del Cielo y de la Tierra, ha perpetuado hasta nuestros días la imagen de una mujer con los ojos vendados y que sostiene una espada en una mano y una balanza en la otra. También aparece apoyada en un león, alegoría de su fuerza.
A la Fortuna, hija de Zeus, se la veneraba en templos a los que acudían las gentes para pedirle que les fuera propicia. Se le representaba con una venda en los ojos y sosteniendo el cuerno de la abundancia, del que manaba toda clase de riquezas.
Némesis o la Vergüenza, llamada también Adrastea, representaba la justicia inmanente, aquella que acaba por dar su merecido a todos y cada uno, aunque escapen al castigo de los hombres. Solía representarse blandiendo una lanza.
La Fama tenía 100 bocas, se mostraba permanentemente inquieta y carecía de sentido del bien y del mal, de la verdad y la mentira.
En el mundo antiguo se levantaron muchos monumentos en honor de la Paz, que se personificaba en una mujer coronada de flores y con una rama de olivo en la mano.
La Noche era hija del Caos y madre del Destino, de Hipnos y de Thánatos. Envuelta en velos negros, recorría el firmamento en un carro, apartando la luz a su paso.
Hipnos o el Sueño residía en un palacio en el que no penetraban los rayos del Sol. A la puerta de su aposento, y para que su tranquilidad no fuese turbada, velaba Morfeo, su ayudante y que en ocasiones se confunde con el propio Hipnos. El palacio estaba situado junto al río Leteo, de cuyas aguas bebían las almas de los bienaventurados para olvidar su existencia terrenal. Hipnos tenía incontables hijos, los Sueños, unos triviales o engañosos y otros proféticos.
La Muerte o Thánatos, que habitaba en el Hades y ejecutaba los designios de las Moiras, se representaba de muchas maneras, pero en general es un esqueleto que sostiene en una mano una hoz o guadaña para segar vidas, y en la otra mano, un reloj de arena. También residían en el Hades, y en sus regiones más sombrías, los Remordimientos, las Enfermedades, la Miseria y la Guerra.
Héroes y semidioses.
Asclepios.
Hijo de Apolo, aprendió la ciencia médica del centauro Quirón. Ejerció su arte con tanta pericia, que Hades acabó quejándose de que al reino de los muertos descendían cada vez menos personas. A fin de mantener un saludable equilibrio entre nacimientos y óbitos, Zeus envió un rayo que acabó con la vida del insigne médico, a quien luego se divinizó.
Atlas.
Cuando Zeus venció a los titanes, a Atlas, uno de ellos, hijo de Japeto y hermano de Prometeo, le condenó a llevar eternamente sobre sus espaldas el peso de los cielos, apoyados en dos columnas. Las sobrinas de Atlas, llamadas Hespérides, vivían en Mauritania y cuidaban un jardín guardado por un dragón de siete cabezas. Allí, un árbol daba unas manzanas de oro. Uno de los trabajos de Heracles consistió en apoderarse de las manzanas, para lo que recurrió a Atlas. Éste aceptó matar al dragón y robar la fruta maravillosa, siempre que Heracles le sustituyera sosteniendo las columnas, a lo que el héroe se avino. Pero luego hubo de vencer por la astucia al Titán, que pretendía escapar y dejarle soportando para siempre el peso de los cielos.
Belerofonte.
Hijo de Glauco, rey de Corinto, dio muerte inadvertidamente a su hermano durante una cacería, por lo que fue desterrado de su patria y se refugió en la corte del rey Preto de la Argólida. La reina Estenobea se enamoró de él, y despechada por no verse correspondía, le calumnió y pidió a Preto que lo matara. El soberano, respetuoso con las leyes no escritas de la hospitalidad, se negó a asesinarle en su reino, y le pidió que llevara una carta al rey lobates de Licia, padre de estenobea. En la carta se decía que debía ejecutar al portador, pero lobates se resistió también a violar la hostilidad ofrecida. Por ello decidió exponerle a grandes peligros de los que difícilmente podría salir con vida.
Pero el esforzado guerrero que era Belerofonte salió con bien de las distintas empresas encomendadas: venció a los solimos, un pueblo enemigo de lobates, y derrotó asimismo a las Amazonas. La prueba a que fue sometido a continuación resultó más difícil: se trataba de acabar con la Quimera, un monstruo con cabeza de león, cuerpo de cara y cola de reptil, que vomitaba fuego. Atenea prestó ayuda al héroe, facilitándole una singular montura: el caballo con alas Pegaso. De este modo, Belerofonte pudo atacar desde el aire a la Quimera y la exterminó.
El rey lobates, asombrado por estas hazañas y convencido de que Belerofonte era un elegido de los dioses, no sólo renunció a asesinarle, sino que le dio en matrimonio a una de sus hijas y le nombró su heredero. Enterada Estenobea de estos sucesos, se quitó la vida.
Castor y Polux.
Estos dos héroes hermanos eran hijos de Leda. A ésta logró seducirla Zeus acercándosele metamorfoseado en cisne, y de la subsiguiente unión nació Polux. A Castor lo tuvo su madre del rey Tíndaro de Lacedomonia. Polux, como hijo de un dios, gozaba de inmortalidad, en tanto su hermano era mortal. Cuando Castor pereció en combate, Polux solicitó de Zeus que le fuera concedida la inmortalidad, pero todo lo que obtuvo fue que ambos hermanos se alternaran en el mundo de los vivos y en el Hades. Así, mientras uno estaba en un lugar, su hermano se encontraba en el otro, con lo que a los ojos de los hombres parecían sólo uno que moría y renacía. Se les conoce también como los Dióscuros.
Cadmo.
El rey Agenor de Fenicia tenía dos hijos: Europa y Cadmo. Zeus se enamoró de Europa, se metamorfoseó en toro manso y de buena estampa y, así logró acercarse a la joven, la montó en su lomo y emprendió veloz carrera con su presa. Desolado, el rey encargó a Cadmo que fuera en busca de su hermana.
Sus pesquisas, resultaron inútiles, y no atreviéndose a regresar a Fenicia fracasado, acudió a consultar el oráculo de Delfos, con objeto de saber cuál era el lugar más apropiado para fijar su residencia. La pitonisa le aconsejó que siguiera a una vaca que encontraría nada más salir del oráculo, y que allí donde se detuviera fundara una ciudad. La comarca debería llamarse Beocia.
Cadmo cumplió puntualmente el dictamen del oráculo, y una vez establecido en Beocia, donde enseñó a los naturales a cultivar los campos, así como las letras y la religión, se rodeó de varios compañeros que le auxiliaban en los trabajos para llevar la prosperidad a la comarca. Pero los fieles amigos de Cadmo fueron devorados por un dragón, y el héroe hubo de luchar con él y darle muerte. Atenea, protectora de Cadmo, le aconsejó que arrancara los dientes del monstruo y los sembrara, y la cosecha resultante fue todo un ejército de guerreros bien armados que de inmediato comenzaron a luchar entre ellos. Los vencedores de tan extraño combate se convirtieron en los nuevos compañeros de Cadmo, y le ayudaron a edificar la ciudad que le ordenara el oráculo.
Convertido en rey, dictó sabias leyes y consiguió que sus súbditos vivieran en paz y prosperidad. Casó con Armonía, hija de Afrodita y Ares. Pero Hera, que odiaba a toda la familia por pertenecer a ella su rival Europa, decidió enviarle toda clase de desgracias. Acteón, nieto de Cadmo, tuvo el triste final relatado a propósito de Artemisa. Pero la diosa aún se enfureció más cuando Zeus, su divino esposo, se enamoró de Semele, una de las hijas del Héroe. Hera tomó la personalidad de la nodriza de Semele y la convenció para que le pidiera a Zeus que se presentara ante ella con todos sus atributos de soberano del Olimpo. La infeliz hizo jurara a su amante que accedería a un deseo, y cuando le dijo cuál era, Zeus comprendió que estaba sentenciada. Obligado por su juramento, compareció rodeado de rayos, que prendieron fuego al palacio de Cadmo, y así Semele halló la muerte.
No satisfecha con estas desdichas, Hera promovió una revuelta de los beocios contra su rey, que se vio obligado a tomar el camino del destierro. Refugiado con su esposa Armonía en la remota Iliria, ambos fueron convertidos en serpientes.
Dédalo e Ícaro.
El rey Minos de Creta tuvo, como castigo de Poseidón, un hijo monstruoso, mitad hombre y mitad toro, llamado Minotauro, que se alimentaba de carne humana. Para mantenerlo encerrado, el monarca encargó al arquitecto ateniense Dédalo la construcción de un edificio adecuado. El resultado fue el laberinto, tan complicado que resultaba casi imposible hallar la salida una vez dentro.
Unos autores atribuyen la desgracia de Dédalo a sus amores con la reina Pasifae y a otras muestras de ingratitud del arquitecto para con su patrón, y otros presentan a este último como culpable: Minos buscaba eliminar a la única persona que conocía el plano del laberinto y las posibles salidas de aquella inextricable red de pasillos. Sea como fuere, lo cierto es que Minos encerró en el laberinto a Dédalo y al hijo de éste, Ícaro, apostando guardias en las salidas para impedirles escapar y convirtiéndolos, así, en presas seguras del Minotauro.
Pero no contaba con el ingenio del arquitecto, que consiguió de sus carceleros algo tan inofensivo como cera y plumas, y con estos materiales construyó dos pares de alas para él y para Ícaro. Lograron levantar el vuelo y huir del laberinto, y si Dédalo salió con bien de la peligrosa aventura, su hijo pereció porque, desoyendo los consejos paternos, voló demasiado alto y el calor del sol derritió la cera de que estaban hechas las alas. Cayó al mar y se ahogó.
El padre halló refugio en la corte del rey Cócalo, en Sicilia, que se dispuso a aprovechar la extraordinaria inventiva del arquitecto. Enterado Minos de su paradero, amenazó a Cócalo con declararle la guerra si no le entregaba a Dédalo. El rey siciliota fingió acceder a sus pretensiones y le invitó a su palacio, donde sus sicarios le asesinaron. De este modo pudo beneficiarse de los ingeniosos inventos de Dédalo. GRECIA: INSTRITUCIONES, SOCIEDAD Y RELIGIÓN: PRIMERA PARTEANTECEDENTES DE LAS "POLIS".
La ciudad Estado tiene precedentes en el mundo de Oriente Próximo, sobre todo en Mesopotamia, y no fue, por tanto, una creación específicamente griega. El conjunto de instituciones que se creó en torno a ella, en cambio, sí definió un orden político, económico y religioso que no se dio fuera de Grecia. Las primitivas estructuras tribales evolucionaron a las monarquías del mundo egeo y a aquellas que copiaron el modelo, una aristocracia terrateniente que limitaba normalmente sus poderes. Con el tiempo, esa aristocracia, cuyos miembros integraban la Gerusía o asamblea, no hizo sino incrementar su peso en detrimento de la monarquía, hasta el punto de que el rey se convirtió en un magistrado, en una especie de primus inter pares. En efecto, los aristocráticos dominaban el ejército, porque solamente ellos podían permitirse adquirir y mantener el costoso equipo. La justicia se administraba según leyes no escritas, basada muchas veces en la solidaridad de clan.
Este régimen, con variantes, se implantó en casi toda Grecia, empezando por Asia Menor y las ciudades marítimas, y se adoptó más lentamente en las regiones del interior. Cada ciudad era soberana y comprendía el núcleo urbano y una extensión de tierra más o menos amplia alrededor cultivadas por campesinos que carecían de los derechos de las gentes de la ciudad. Esta última era centro político, religioso y militar, defendido por murallas y coronado por una acrópolis. Este esquema entró en una crisis irreversible en el siglo XII a.C. raíz de la llegada de los pueblos del mar. Qué transformación experimentó la organización social para desembocar en la polis es algo que ignoramos, pues no lo revelan las fuentes. No parece que la aldea, oikos, haya sido en todos los casos el antecedente de la ciudad. Ésta aparece ya formada en la Edad Oscura, y en los poemas homéricos abundan las referencias a ella como algo común y consolidado. O sea que en el siglo VIII a.C. hallamos una institución bien arraigada, que debió de atravesar una serie de etapas, que no conocemos, para adaptar las peculiares y sin duda primitivas estructuras de los invasores dorios a los núcleos micénicos a los que se sobrepusieron.
Sin embargo, jonios y dorios contaban con instituciones arcaicas, anteriores a la migración: se trata de las fratrías y las tribus, cuyo rastro puede seguirse hasta el apogeo de la época clásica. La fratría es la forma más antigua de agrupación social, y persistió mucho tiempo porque era el marco en que se desenvolvía la vida familiar y el criterio en el que se basaba la clasificación de los individuos a efectos de reclutamiento militar, representación en las instituciones cívicas, etc. Varias fratrías constituían una tribu, a modo de clanes familiares diferenciados reunidos en un cuerpo que los engloba a todos por compartir un mismo antepasado epónimo, al modo de ramas de un mismo tronco. La tribu compartía ceremonias religiosas, organización militar y administración de justicia. Los jonios se repartían en cuatro tribus, y los dorios, en tres.
Por último, el genos era una agrupación limitada, que reunía a varias familias con un antepasado común en un nivel más restringido que la tribu. Los autores señalan que se trata de una institución relativamente tardía, organizada por las familias poderosas para servir a sus intereses.
A partir del 800 a.C., se ha afirmado pues, en casi toda la Hélade, como núcleo poblacional y político, la ciudad Estado, es decir, la polis. Entre las principales causas que hicieron posible este proceso, los historiadores han señalado la coincidencia de una región o valle o varios grupos de población más o menos heterogéneos, el desarrollo del comercio, parejo a factores coadyuvantes como las colonizaciones mediterráneas y la aparición de la moneda y la escritura, y el surgimiento de una clase artesanal, desligada del campo. Todo ello favorecido por el acusado fraccionamiento de la geografía griega. Las primeras ciudades Estado sufrirán un segundo proceso adaptativo, determinado por el mismo crecimiento económico y los cambios en la estructura y la mentalidad de las sociedades griegas. Las oligarquías terratenientes, tiranos y demócratas se alternarán en el poder, y los ciudadanos confiarán en los legisladores para dotarse de leyes precisas y justas, que pongan coto a las arbitrariedades de sus gobernantes. Hasta Alejandro Magno, la ciudad Estado será el régimen adoptado en todo el ámbito griego.
Periecos, ilotas y espartiatas.
Cuando los dorios invadieron el Peloponero y establecieron en Esparta su Estado militar, cuya organización hacían remontar a un legislador legendario, Licurgo, sometieron a la población autóctona, negándole todos los derechos e imponiéndoles la servidumbre. Los periecos, o aldeanos de alrededor, vivían en el valle del Eurotas de dedicados a la agricultura, el comercio y la artesanía. Carecían de derechos de ciudadanía, pero gozaban de libertad personal y seguramente, a tenor de las actividades que desempeñaban, tenían un buen pasar. En los núcleos o aldeas donde se agrupaban en número apreciable, se gobernaban de forma autónoma, estrechamente vigilados por un gobernador militar o harmostes.
Los ilotas eran siervos de la gleba, dedicados a la agricultura y sin libertad para desplazarse. Cultivaban las propiedades de los espartiatas y venían obligados a entregarles una proporción de la cosecha. Podían conservar el fruto de su trabajo, pero no podían ser manumitidos ni vendidos a nadie que no fuera espartiata. En la guerra, acompañaban a sus amos como escuderos o asistentes, o bien eran reclutados como infantes o marineros. El número de ilotas creció hasta el punto de convertirse en una amenaza para la minoría espartiata, la cual apenas crecía, pues no admitía en su seno a ningún forastero. Así, cuando convenía, los ilotas eran asesinados impunemente. Se tienen testimonio de matanzas masivas.
Los espartiatas eran los únicos espartanos en posesión plena de sus derechos cívicos, aunque no políticos, que se reservaban a una minoría, y se daban entre ellos el nombre de omoioi. Se dividían en tres tribus originarias, constituidas antes de establecerse en Laconia y agrupadas en 27 fratrías, y una vez asentados se distribuyeron en cinco distritos. La plenitud de derechos se adquiría sólo por nacimiento. Todo espartiata debía sujetarse al sistema de enseñanza oficial, comer en comunidad y prestar servicio militar desde los 20 a los 60 años.
Los conquistadores dorios dividieron el territorio lacedemonio en 9.000 lotes de tierra de extensión equivalente, que se repartieron entre los jefes de familia. Estas propiedades las heredaban los primogénitos, de manera que nunca se fragmentaban. Pero, con el tiempo, la situación cambió radicalmente. Por una parte, se añadieron nuevas tierras por conquista y, por otra, se modificó la enajenación. Muchos tuvieron que venderlos para poder aportar su contribución a la mesa común, con lo que se acentuaron las diferencias entre ricos y pobres y se diluyó el ideal igualitario que inspiró la organización social espartana. Se constituyeron grandes latifundios, y su multiplicación fue inversamente proporcional al crecimiento de la población espartiata: antes de las guerras médicas sus integrantes no llegaban a los 10.000, y fueron disminuyendo hasta no pasa del millar en época helenística. Una medida extrema, e inútil pues se tomó en vísperas de la ruina total de Esparta, que cayó bajo el dominio del rey macedonio Antígono, fue admitir como ciudadanos a algunos periecos.
El gobierno.
Los reyes.
Esparta estaba constituida en monarquía dual o diarquía. Los reyes procedían de las dinastías de los Agíadas y los Euripóntids, que por lo demás mantuvieron a lo largo de la historia una rivalidad latente o más o menos manifiesta. La sucesión recaía sobre el primer hijo varón nacido después del acceso al tronco de su padre. En su defecto, se designaba al varón más próximo por parentesco.
Los reyes encabezaban los poderes militar, judicial y religioso, pero con el tiempo sus atribuciones se vieron muy mermadas por el aumento de las que se asignaron a los éforos. Éstos, en efecto, se convirtieron en los auténticos gobernantes de Esparta. Las ventajas económicas de que gozaban los reyes eran considerables: entre otras sustancias prebendas, recibían un tercio de los botines de guerra.
Los órganos legislativos.
Como en gran parte de los Estados griegos, la asamblea de notables o Gerusía asistía a los reyes en todos los asuntos de importancia. Como ya se apuntó, el papel de la Gerusía creció en detrimento de la institución monárquica. Constaba de 28 miembros vitalicios, mayores de 60 años y designados por aclamación entre la aristocracia.
La Asamblea popular la formaban todos los varones mayores de 30 años en plena posesión de sus derechos. Se reunía anualmente bajo la presidencia de los éforos y examinaba los asuntos ya tratados en la Gerusía. Las decisiones se tomaban por aclamación, sin deliberación previa. Si la Gerusía no estaba conforme con ellas, podía derrogarlas. Las cuestiones que se resolvían eran la paz o la guerra, la política exterior, los litigios entre pretendientes al trono y el nombramiento de éforos.
Los éforos.
Esta institución es típica de Esparta. Se trataba de cinco funcionarios elegidos anualmente, sobre los que recaía el gobierno efectivo. Uno de ellos ejercía una presidencia honorífica y era el epónimo, esto es, aquel cuyo nombre designaba el año. Podían aspirar al eforato todos los ciudadanos en plena posesión de sus derechos. Se ignora si los éforos provienen de la tradición de Licurgo o se introdujeron con las importantes aportadas por el rey Teopompo, que dio forma definitiva a las asambleas. Podría tratarse de una evolución del cargo de asistente del rey, pero lo cierto es que con el tiempo sus atribuciones para intervenir, fiscalizar y ejecutar fueron ganando en alcance hasta convertir a esos magistrados en los auténticos gobernantes.
En efecto, tenían poder para pedir cuentas a todos los responsables, desde los funcionarios de menor rango hasta los mismos reyes; podían convocar las asambleas y debían velar porque se cumplieran sus decisiones. Trataban con los emisarios de los Estados extranjeros concertaban tratados, decidían la movilización y, en caso de guerra, supervisaban la actuación de los generales a los que, si consideraban oportuno, podían destruir. Actuaban como jueces en las causas civiles, dirigían la educación de los jóvenes, vigilaban las cuentas del Estado y custodiaban el tesoro público. Por si todos estos poderes no bastaran, su jurisdicción alcanzaba al conjunto de los ciudadanos de cuya vida pública y privada eran jueces. A los ilotas podían mandar matarlos sin tener que dar mayores explicaciones. A los periecos los mantenían sujetos por el terror. Eran, pues, los máximos responsables de preservar el orden basado en la tradición de Licurgo, y para ello ningún aspecto de la vida espartana escapaba a su severo control.
El ejército.
Aunque el servicio militar duraba 40 años, las tropas regulares las formaban los hombres entre 20 y 30 o 35 años; los demás permanecían en la reserva. El ejército constaba de seis cohortes o divisiones, cada una de unos 600 hombres, mandada por un general. La cohorte se componía de dos regimientos de 300 hombres cada uno, al mando de un coronel. El regimiento contaba con cuatro compañías de unos 70 hombres, con un capitán al frente. La compañía la formaban dos secciones, de unos 35 hombres, cada una a cargo de un teniente. La infantería ligera se menciona poco en las fuentes, y la caballería fue una creación relativamente tardía, con seis cohortes de un centenar de caballos cada una. El cuerpo que constituía el nervio del ejército, y que se ha hecho famoso en la historia, era la infantería pesada, los hoplitas.
El hoplita llevaba casco adornado con crines, coraza, grevas y escudo redondo. Éste era de gran tamaño y pesado, para cubrirle mejor, y lo empuñaba sólo en combate cuerpo a cuerpo, el resto del tiempo lo llevaba el escudero. El armamento consistía en una pica de madera, con la punta endurecida, y una espada corta y pesada, de un solo filo. En combate, vestía sobre la coraza una túnica corta roja, para disimular la sangre.
En combate, los hoplitas formaban en ocho filas y atacaban de frente, y los flancos podían efectuar maniobras envolventes. El flanco derecho iba siempre algo retrasado a fin de proteger el lado derecho de los combatientes, que quedaba al descubierto por llevar el escudo en la izquierda y no tener al otro lado ningún compañero que cubriese. Se prefería presentar batalla en campo abierto, a poder ser en una llanura. Los campamentos se disponían de forma circular. La intendencia no tenía especial importancia, pues las distancias que debían recorrerse eran relativamente cortas. De Esparta a Atenas, por ejemplo, no se invertía más de tres días.
Esparta fue siempre una potencia de tierra adentro, por lo que, salvo en ocasiones muy concretas de su historia, no se dotó de una flota. Sólo dispuso de un puerto militar, el de Gythion, en el golfo Lacedemonio. Por lo general, las naves las aportaban los aliados.
INSTITUCIONES DE ATENAS.
Evolución del ordenamiento político.
De la monarquía al régimen aristocrático.
La leyenda atribuye al rey Teseo la unificación en un único órgano de gobierno de las 12 comunidades jonias primitivas establecidas en el Ática. La población se dividió en cuatro tribus, y se repartió según una clasificación social que también se dio en otras ciudades jonias: pedieos, habitantes de la llanura, propietarios agrícolas y que nutrían la aristocracia conservadora; diacrios, gentes de la montaña, pastores, pobres y dispuestos a reclamar sus derechos llegando hasta la rebelión, y paralios o habitantes del litoral, dedicados, al comercio marítimo y a la artesanía, una burguesía mercantil que adoptaba posturas moderadas. Las tribus se dividían a su vez en tres fratrías, cada una de ellas constituida por 30 genoi o clanes familiares con un antepasado común.
El régimen monárquico, propio de la época micénica y de la Edad Oscura, dio paso, al incrementarse el peso de la aristocracia, a un dominio de la asamblea en la que se reunían los notables. Finalmente, el rey vio reducidas sus funciones a las de sumo sacerdote, y le aventajaron en dignidad el general jefe o polemarca y un magistrado civil, el arconte, que acabó desempeñando la jefatura del Estado. Entre los siglos VIII y VII a.C., esos cargos pasaron de ser vitalicios a limitarse a legislaturas de un año.
Las leyes de Dracón.
Dado que las leyes y su aplicación favorecían a los nobles en menoscabo de los derechos del pueblo llano, la presión de éste obligó a crear la institución de los seis legisladores, encargados de codificar las leyes consuetudinarias. Dichas leyes probablemente se remontaban a épocas anteriores al establecimiento en tierras de Ática, y pueden compararse con el Talión y con las venganzas de sangre propias de la estructura tribal. Era menester poner orden en la legislación y armonizarla con nuevas realidades sociales. En 621 a.C. se nombró arconte a Dracón y se le invistió de poderes extraordinarios para que redactara un código legal. De la severidad del código dice bastante la pervivencia del adjetivo "draconiano". Mantenía la tradición en materia de penas, pero lo más interesante es el orden constitucional que consagró. Seguramente la clasificación de los ciudadanos por el volumen de sus rentas ya existía, pero ahora tomó carta de naturaleza: pentacosiomedimnos, triaconsiomedimnos, zeugitas y thetes. Los miembros de las dos primeras clases, que cosechas, respectivamente, 500 y 300 medidas de trigo, venían obligados a sufragar el equipo completo de un sufragar el equipo completo de un hoplita cada uno. La tercera clase podía o no efectuar esa contribución. Los triaconsiomedimnos eran además los caballeros, esto es, los que se podían permitir la posesión de un caballo. Nutrían la nobleza rural. Los zeugitas eran pequeños propietarios que podían cultivar sus tierras con una yunta de bueyes. Por último, los thetes componían el proletariado: jornaleros, remeros, aparceros, etc. A los metecos o extranjeros residentes no se les ponían demasiadas cortapisas para el trabajo, debían prestar servicio militar y podían pleitear con los atenienses, pero no intervenían en la vida política.
Dracón se basó principalmente en el trabajo de los thesmothetes para compilar su código, introduciendo las pertinentes actualizaciones al viejo derecho consuetudinario, que consistían básicamente en hacer prevalecer el interés de la polis sobre el del genos.
La propia estructura de la institución de los thesmothetes ya consagraba la desigualdad, pues de los seis individuos que la componían, tres representaban a los eupátridas. Restringieron los residuos tribales y regularon las funciones de los diversos tribunales, pero si la obra de Dracón supuso un indudable progreso en materia constitucional, no por eso dejó de favorecer claramente a la aristocracia, aunque se pusiera coto a sus arbitrariedades.
La reforma de Solón.
El espíritu aristocrático y la dureza de las leyes draconianas fueron creando el estado de opinión preciso para su reforma. La burguesía mercantil, enriquecida, presionó para tener más protagonismo en la cosa pública, y los campesinos libres, agobiados por las deudas y oprimidos por una legislación especialmente dura con la insolvencia, reclamaban un nuevo marco legal, más realista, en el que desenvolverse.
En 594 a.C., las diferentes facciones acordaron el nombramiento de Solón como arconte. Ya no se trata de un personaje semilegendario, sino plenamente histórico. Por sus orígenes era un eupátrida, pero estaba emparentado también con la mediana burguesía mercantil, y la tradición le ha incluido entre los siete sabios de Grecia. Su obra estuvo presidida por la moderación, y en todo momento buscó el equilibrio y la difícil convergencia entre las clases. Hasta que momento, se podía reducir a las personas a la servidumbre por deudas, y esa disposición fue derogada y se amnistió a los deudores, que habían caído en aquella situación a causa de su condición mísera y explotada. Se dictaron garantías personales, y en lo sucesivo nadie pudo ser encarcelado sin sentencia firme. Además, se liberó a los campesinos de su condición servil y se les dio plena libertad e igualdad, pero la medida fue, por el momento, efectiva sólo en teoría, pues no había tierra suficiente para asentarlos a todos, pese a las limitaciones que se impusieron para evitar los excesos del latifundismo.
Para entonces ya había empezado a circular moneda acuñada, y Atenas, que había venido usando como patrón el talento de oro, originario de Eubea. El comercio se vio favorecido, y el alza de los precios de exportación benefició a todos los productores pero la mejora se hizo patente en la suerte de los pequeños y medianos agricultores y comerciantes. Estas medidas se complementaron con otras de carácter proteccionista, como la prohibición de importar trigo.
La división social en cuatro categorías se mantuvo, y en ella se basaron la fiscalidad y demás obligaciones para con el Estado, como el cuerpo de destino en el servicio militar.
Los cargos oficiales no recibían retribución alguna. El ejercicio de los derechos políticos se regulaba también según la categoría. Las tres superiores nutrían las filas de los altos mandatarios, pero la elección de todos los funcionarios correspondía a todos los funcionarios correspondía a la Asamblea, en la que estaban representados los thetes. Estos últimos también tenían acceso a los jurados populares, cuyas sentencias eran inapelables. El Areópago se mantuvo y tenía a ser como un senado o cámara alta, que ponía un contrapeso conservador a las decisiones de la Asamblea. También era el encargado de velar por las costumbres y mantener las tradiciones. No se tiene una idea muy clara de las funciones que desempeñaba la Baulé, que Solón mantuvo, con 400 miembros, 100 por cada tribu, pero todo parece indicar que se encargaba de preparar los asuntos que debían debatirse en la Asamblea.
En el terreno del derecho civil y penal, se derogó la mayoría de las leyes dictadas por Dracón. Las nuevas fueron recogidas por escrito y publicadas. Ejercieron gran influencia en el mundo griego hasta época helenística e inspiraron el código romano de las Doce Tablas.
Pisístrato y la restauración democrática.
Cuando Solón consideró completada su obra, se retiró a la vida privada. Las distintas facciones atenienses no tardaron en volver a sus viejas disputas, atizadas por la nobleza, que en el periodo anterior había visto disminuir sus privilegios. A sus pretensiones de recuperar su influencia se oponía la burguesía mercantil e industrial, muy enriquecida y que defendía el espíritu reformista moderado de Solón. Los más pobres, las gentes de la montaña, siempre estaban dispuestos a la montaña, siempre estaban dispuestos a la rebelión y sustentaban ideas radicales. Esta última facción encontró a un dirigente excepcional en la persona de Pisístrato, que logró el apoyo preciso para instaurar una tiranía.
La tiranía completó las medidas tomadas por Solón en favor de los campesinos, pero que no habían podido llevarse plenamente a cabo. La nueva situación generó una corriente de emigración por razones políticas, y Pisístrato incautó las tierras de los emigrados y las repartió entre los agricultores más pobres. Promovió obras públicas, favoreció el comercio, emprendiendo acciones para dominar la ruta del trigo procedente del Ponto, y reprimió las discordias entre facciones.
A la muerte de Pisístrato, sus hijos Hipias e Hiparco trataron de continuar su obra, pero carecían del talento de su padre y actuaron como verdaderos tiranos, en el peor sentido del término, y mantuvieron una alianza con Persia. Hipias murió víctima de una conjura y su hermano fue expulsado cuatro años más tarde por la facción aristocrática auxiliada por Esparta.
Los espartanos patrocinaron un régimen oligárquico, que abolió la constitución de Solón e implantó un gobierno conocido como los Trescientos, pues ese era el número de magistrados que componía el órgano encargado de desmantelar toda la legislación democrática.
La actuación de los Trescientos levantó grandes protestas, sobre todo entre la clase mercantil. Al frente de ésta se colocó otra personalidad extraordinaria, Clístenes, de origen eupátrida miembro de la distinguida familia de los Alcmeónidas, y que consiguió dominar la situación. Su propósito era restablecer las leyes de Solón y llevarlas a su cumplimiento con todas las consecuencias. Mantuvo las categorías de ciudadanos basadas en su patrimonio, e instauró un régimen en el que gobernaban las clases altas, pero el pueblo vigilaba y fiscalizaba.
Para acabar con la influencia de la aristocracia, aumentó el número de tribus de las cuatro tradicionales a diez, basando las nuevas no en criterios gentilicios o de sangre, sino puramente territoriales. Dividió administrativamente el Ática en tres regiones y cada una de éstas en 10 tritias. Este último nombre se debe a que cada tres de estas 30 divisiones formaban una tribu. Dentro de éstas se organizaron comunidades municipales o demoi, en número de 100l. Cada demos poseía autonomía, con su propia asamblea y su presupuesto, su catastro y su registro civil. Esta nueva organización diluía el poder de las oligarquías y aseguraba la participación de los ciudadanos en un sistema representativo.
También se reformó el Consejo o Boulé, llamado asimismo de los Quibros, aportados a partes iguales por las tribus. Este órgano, que representaba a todos los ciudadanos, asistía al arconte que, de hecho, desempeñaba las funciones de jefe de Estado. Tenía carácter deliberativo y se dividía en comisiones, compuestas por 50 consejeros de una tribu, que durante 36 días entendía de los distintos asuntos públicos, y de este modo se iban turnando. Los asuntos objeto de deliberación pasaban luego a la asamblea popular, la Ekklesía. Una institución tradicional como el Areópago se mantuvo como órgano fiscalizador de la observancia de la constitución. Lo formaban ex arcontes.
De la asamblea popular formaban parte los ciudadanos mayores de 18 años, y todos tenían voz y voto e intervenían por orden de antigüedad. Este organismo decidía, con carácter inapelable, de asuntos de guerra y paz, tratados y alianzas y aprobación de leyes. Una de las leyes votadas entonces, y que se consideró una útil defensa de la democracia, fue el astracismo. En su virtud podía condenarse a un ciudadano a una pena de destierro con el objeto de alejarlo de los negocios públicos, por considerar se influencia dañina para la comunidad.
Las instituciones en tiempo de Pericles.
Nieto de Clístenes y miembro, por tanto, de la familia de los Alcmeónidas, Pericles, jefe del partido democrático desde 469 a.C., se propuso completar las reformas emprendidas por su antepasado. Designado estratega, llevó a cabo una notable carrera militar y, en la práctica, acabó dirigiendo el Estado sin haber alcanzado el arcontado. Como político, hizo cuanto pudo para recortar los poderes del Areópago, apoyando al jefe demócrata Efialtes frente a su oponente. Cimón. Inspiró una reforma tributaria que perjudicó los intereses de los más adinerados, y promovió la creación de nuevas colonias. Implantó la retribución de dinero por el desempeño de cargos públicos. Pericles encarnó el esplendor cultural y monumental de Atenas y el avance de las instituciones democráticas. Pero fue la suya una democracia "hacia dentro", pues a los aliados, miembros de la Confederación o liga marítima de la que Atenas era cabeza, los trató como a países satélites, sin respetar su soberanía, y castigando con extrema dureza cualquier intento de secesión, al tiempo que se apropiaba de sus contribuciones a la Liga y las destinaba al embellecimiento de Atenas.
Los arcontes continuaron ejerciendo la magistratura superior, pero su papel se vio muy eclipsado por la figura de Pericles y, en general, por los sucesivos estrategas, pues hallándose Atenas en estado casi permanente de guerra, los generales acaparaban protagonismo. Los arcontes vigilaban el orden constitucional, supervisaban la designación de magistrados, velaban por el mantenimiento de las tradiciones religiosas, al tiempo que ejercían de jueces de familia y daban protección a viudas y huérfanos.
Las cámaras legislativas, Boulé y Ekklesía, mantuvieron sus funciones, pero la pritanía o comisión de la primera cobró especial relieve porque uno de sus componentes presidía ambas cámaras. Era designado a diario por sorteo. La complejidad de los asuntos también aumentó el papel del secretario de la Boulé. En los tiempos de Pericles, la Ekklesía contaba ya con 35.000 miembros, pero sólo una parte de ellos asistía a las sesiones, por lo que en éstas acababa prevaleciendo la minoría que sí acudía. Se celebraban reuniones cada 10 o 15 días, cambió, quedó muy vaciado de competencias, pues era un reducto de la aristocracia y encajaba mal en las directrices democráticas impuestas por Pericles. Sus funciones se limitaron a casos graves de derecho penal y a cuestiones religiosas. Se mantuvo el jurado popular, cuyos miembros ahora recibían retribución.
El ejército y la marina.
El modelo e ejército de tierra fue Esparta, y la duración del servicio militar era la misma que en aquella ciudad, sólo que los atenienses no permanecían continuamente en filas. La defensa era responsabilidad de los estrategas, en número de 10, presididos por un arconte polemarca. A sus órdenes estaban los 20 generales de infantería y los 20 de caballería. El reclutamiento corría a cargo de las tribus, que llevaban un registro de sus ciudadanos y metecos en edad militar.
Las clases superiores formaban en las filas de la caballería o de los hoplitas, y aportaban el equipo correspondiente. En el segundo caso, coraza, grebas, escudo, casco, pica y espada corta. Los thetes nutrían la infantería ligera e iban armados con arcos. El Estado concedía una subvención para mantener al escudero y el caballo.
En determinados casos se recurrió a los mercenarios, en particular a jinetes escitas, pero la amplia experiencia bélica de los griegos, que pasaron toda su historia guerreando entre ellos, les convirtió en soldados muy apreciados como mercenarios en otros países.
Tras la guerra del Peloponeso, los griegos adoptaron algunas tácticas aprendidas en Oriente y asimismo las máquinas de guerra y los artificios para asedios.
Atenas fue la primera potencia marítima de Grecia. Llegó a disponer de 400 trirrenes. Cada uno de éstos llevaba a bordo 174 remeros repartidos en tres barcos, tres bancos, tres oficiales y una dotación de hoplitas, normalmente 10. Los remeros no eran esclavos, sino ciudadanos y metecos pobres que recibían una reducida paga. Después de la guerra del Peloponeso llegaron a construirse barcos de hasta cinco hileras de remeros.
RÉGIMEN DE LAS COLONIAS.
A partir del siglo VII a.C. se produjo el fenómeno de la fundación de colonias, a la vista de que la población aumentaba a un ritmo que desbordaba la capacidad de cada ciudad Estado para sustentarla. Las primeras colonias se fundaron en Asia Menor, y los establecimientos griegos acabaron extendiéndose por toda la cuenca mediterránea. Las principales metrópolis fueron Calcis, Corinto, Megara, Mileto, Focea, Thera y otros puntos de ambos lados del Egeo, pero las colonias fundaron a su vez otras colonias, y de este modo se creó un entramado comercial muy activo, pues una vez organizada la producción agraria, se generaron excedentes y se montaron talleres de artesanía.
Un tipo de colonia típicamente ateniense, desarrollado a partir del siglo V a.C., fue la cleruquía, en la que los residentes conservaban la ciudadanía de la metrópoli, con todas las consecuencias jurídicas, fiscales y de servicio militar. Se trataba de lugares geográficamente alejados, pero a efectos administrativos era como si hubieran estado en el Ática. Más tardía fue la katoikía o asentamiento griego en territorio de soberanía griega, integrada generalmente por mercenarios que se ponían al servicio del país en el que se establecían, a la manera de base o colonia militar, actividad comercial: los casos emblemáticos son Naucratis, en Egipto, Abidos y Cizico. Las demás colonias mantenían lazos de mayor o menor dependencia de la metrópoli, pero aun en el caso de total autonomía los vínculos con la madre patria no se rompían.
LA GRECIA HELENÍSTICA.
El antecedente de la monarquía macedónica.
A una Grecia debilitada por sus rivalidades internas y por su fragilidad institucional, Macedonia impuso su fortaleza basada en un poder personal, monárquico, "nacional" y casi feudal. Y prevaleció sobre el conjunto de la Hélade al punto de dominarla. El rey era un monarca autoritario si no absoluto, cuya autoridad se ejercía a través de una cadena que pasaba por las grandes familias nobles. En monarquías germánicas de la Alta Edad. El rey estaba rodeado de una camarilla de amigos, compañeros de armas y guardias, estructura que se perpetuó en las monarquías helenísticas. Con Filipo el poder personal del soberano se acrecentó en perjuicio de los órganos intermedios, si bien Alejandro reorganizó la "asamblea del pueblo en armas". La extensión del poder macedonio explica la presencia de un comisario regio en cada ciudad para supervisar las decisiones de los consejos locales. El caso de Tesalia fue distinto, pues conservó su autonomía, fue dividida en tetrarquías y podía designar arconte, pero este último "debía ser" el rey macedonio.
Pese a estas diferencias radicales con el resto de Grecia, Macedonia experimentó un proceso de helenización que fue el eje de la política de sus reyes, en particular de Filipo, quien promovió la inmigración de griegos de otras regiones, y brindó protección a técnicos e intelectuales. A este respecto, es significativa la presencia de Aristóteles como preceptor del joven Alejandro.
Elemento fundamental para la dominación de Grecia, y más tarde para acometer las empresas conquistadoras de Alejandro, fue la falange, la infantería pasada desarrollada por los macedonios. Representó un perfeccionamiento de los hoplitas y más adelante sirvió de inspiración para las legiones romanas. Su nombre, phalanx, significa rodillo, y este instrumento define muy bien el funcionamiento de esta formación. Se disponía una serie de filas paralelas y muy compactas. Los falangistas llevaban espadas y picas de casi 4 m de longitud y se protegían con un escudo de gran tamaño. Flanqueada por la infantería ligera y por la caballería, la falange avanzaba incontenible, arrolladora. Alejandro adoptó, además, la llamada táctica oblicuo, más eficaz que el choque frontal, ideada por Epaminondas cuando dirigió el ejército tebano.
Caracteres de la monarquía helenística.
Era personal, basada en la fuerza militar y de los méritos del jefe, un recuerdo del antecedente macedónico y también de los Diádocos, que del generalato y la camaradería de armas con Alejandro pasaron a ocupar tronos en las partes en que se dividió el vasto imperio creado por aquél. El rey como jefe militar, pues, debía encabezar su ejército. Se consideraba fuente de legalidad, dueño y señor de sus súbditos, y elegido de los dioses. Pero era un soberano relativamente asequible, que impartía justicia y residía quejas y peticiones de sus súbditos de forma directa.
El poder se transmitía, en principio, al primogénito, pero no siempre era así. Las usurpaciones y las conjuras palaciegas fueron comunes, entre otras razones porque la monogamia no solía observarse: no sólo el concubinato tenía rango oficial, sino que el rey podía tener más de una esposa a la que se reconocía la dignidad regia. De todas formas, parece que los problemas suscitados por estas peculiaridades no alcanzaron en Grecia el dramatismo que tuvieron en el Egipto de los Tolomeo o en la Siria de los Seléucidas.
Con el tiempo, el entramado familiar, de amigos y de compañeros de armas, se fue complicando y jerarquizando pero prevalecían las relaciones personales, por lo que la burocracia no se hizo densa y pesada, sino que la ejecución de las decisiones se realizaba de manera fluida y directa. No había, pues, que atenerse a códigos ni arraigaron costumbres que adquiriesen forma de ley: el rey daba sus órdenes verbalmente o en forma de instrucciones o edictos, y sus colaboradores las cumplían.
El reino de Macedonia no se dividió en grandes provincias, calco de las satrapías persas, entre otras razones por su inferior extensión respecto de los territorios del Próximo Oriente. Éstos pueden considerarse griegos en la medida en que su administración y su ejército lo eran, pues sólo los griegos ocupaban los cargos de alta responsabilidad. Todas las monarquías helenísticas reposaban en tres elementos esenciales: el ejército, el dinero y el culto al soberano como descendiente de dioses o héroes semidivinos. En el caso de Macedonia la base de su riqueza y su expansión, ya en tiempos de Filipo, provenía del descubrimiento y subsiguiente explotación de las minas de oro del Pangeo. Aunque se trataba de monarquías absolutas, la creciente complejidad social y económica estimuló el desarrollo del derecho. El derecho ático, muy extendido a raíz de la expansión de la liga marítima ateniense, se convirtió en un elemento unificador más, y su aplicación se difundió al mundo griego, superando así las variedades territoriales, que resultaban cada vez más engorrosas en el nuevo entramado de relaciones que suponía el ecúmene helenístico.
VIDA ECONÓMICA.
Economía y producción hasta el siglo V a.C.
La pobreza del suelo fue uno de los motores del desarrollo productivo y comercial de Grecia. Salvo de Beocia y puntos concretos de Tesalia y otras regiones, la agricultura no podía sustentar la población. Incluso el Ática, donde prosperaba la trilogía mediterránea y se explotaba el mármol, sólo permitía una existencia precaria a sus habitantes. La fundación de colonias solucionó el desequilibrio entre producción y población, y dio lugar a una densa red de rutas comerciales que activó toda la economía griega e hizo que algunas ciudades alcanzaran elevados niveles de prosperidad. La prosperidad agraria era al comienzo familiar, pero donde pasó a ser individual y transmisible por herencia fue en las colonias, mecanismo que se trasplantó luego a la Grecia propia.
Ya en la Edad Oscura los pastores y agricultores acudían a las ciudades manufacturadas que precisaban: textiles, aperos, cerámica, etc. La expansión colonial fue ampliando esta forma primitiva de comercio. Los primeros emporios mercantiles se sitúan en las colonias jónicas de Asia Menor, a las que siguieron Estados de la Grecia propia, como Eubea, Corinto, Egina y Atenas. Las colonias repartidas por el Mediterráneo prosperaron también gracias a los intercambios que mantenían con las tierras del interior en los países donde se habían establecido.
De los puertos griegos, partían naves cargadas con aceite, miel, higos y otras frutas, tejidos de lana y grandes cantidades de cerámica. Y regresaban con cereales, pescado seco y en salazón, madera, objetos metálicos, marfil, ámbar y artículos suntuarios. El desarrollo de la artesanía redujo de dependencia de Oriente en este renglón, y en Grecia empezaron a funcionar talleres familiares. Al incrementar éstos su producción, se fueron ampliando y tomando mano de obra esclava, hasta construir auténticas y activas factorías especializadas. En el siglo V a.C. los beneficios que obtenían las manufacturas no eran inferiores al 30%. La activa vida marítima favorecía la existencia de astilleros, donde se construían barcos de hasta 250 toneladas, cuyo diseño les permitía alcanzar notables velocidades. La protección de la flota mercante exigió la construcción de flotas de guerra, con lo que la demanda de buques se multiplicó.
Así, la marina griega, y singularmente la ateniense, pudo competir, a veces con ventaja, con fenicios y cartagineses. Al comienzo todo el comercio se efectuaba por trueque, según la tradición oriental, pero con el tiempo la complejidad de las transacciones obligó a establecer otros medios de pago. Éstos fueron, en primer lugar, los metales preciosos, y sólo tardíamente circuló la moneda acuñada, muy escasa. La medida de peso se aplicaba a los metales destinados al pago y también a las mercancías en general: la mina, de origen babilónico, y el talento, equivalente a 60 minas. Cuando se acuñó moneda, ésta se basó en las medidas mencionadas: en Atenas se adoptó la dracma de plata, centésima parte de una mina.
Un óbolo equivalía a la sexta parte de una dracma. Había otras monedas fraccionarias, de las que la lepta era la inferior.
La economía monetaria trajo consigo las operaciones financieras, los préstamos a interés y otras operaciones. Los intereses llegaban al 18% anual en tiempo de Solón, pero en época de Pericles habían descendido al 10-12%.
Las finanzas públicas no se sujetaban a planificación alguna ni se trabajaba sobre presupuesto. En Atenas se ingresaba por vía de los tributos exigidos a los confederados y por vía fiscal. Las construcciones suntuarias de Pericles, la retribución de los funcionarios y los gastos de guerra, sobre todo el mantenimiento de la flota, llevaron a Atenas a una crisis económica que, a finales del siglo V a.C., la condujo a la depreciación de la moneda, que contaba para entonces con un pobre respaldo en términos de tesoro público, así como a un notable encarecimiento que afectó negativamente al poder adquisitivo.
Entre el apogeo del clasicismo y el helenismo.
En el periodo de hegemonía espartana, el tesoro público ateniense estaba exhausto. La guerra había ocasionado grandes destrucciones, la flota se hallaba reducida a su mínima expresión, y el sistema fiscal había perdido toda su eficacia. Las ciudades aliadas de Esparta reemprendieron sus actividades mercantiles y alcanzaron prosperidad. Atenas fue rehaciéndose de la derrota y se reactivó la vida industrial y mercantil. Los potentados dejaron de atesorar sus bienes y los pusieron en circulación, realizando inversiones y fundando los primeros establecimientos de banca. Con ello Atenas se convirtió en el centro financiero más importante del mundo mediterráneo. El dinero volvió a circular, y una nueva clase de negociantes enriquecidos animó las artesanías e importaciones de objetos suntuarios. Pero las diferencias sociales se agudizaban y los ideales democráticos e igualitarios de otros tiempos entraban en crisis.
La falta de tierras y el prolongado período de guerras dieron origen a una nueva profesión, la de mercenario. Ya se ha aludido al aprecio de que gozaron los soldados profesionales griegos en el extranjero, pero ahora se contrataron en las ciudades de la Grecia propia, lo cual, como en el caso de Atenas, significó otro gasto importante que pesó sobre el erario público.
El período helenístico.
Las actividades mercantiles prosiguieron, y continuaron y se ampliaron los tráficos por el Mediterráneo. Se importaban materias primas que se transformaban en los talleres, y las manufacturas se exportaban. Los grandes emporios de la Grecia propia, como Atenas, Corinto y otros, se vieron desplazados en beneficio de las grandes ciudades de los demás Estados helenísticos, singularmente Alejandría, Mileto, Éfeso y Pérgamo. Los mercados del Mar Negro, del interior de Asia, África y el Índico desplazaron definitivamente el centro de gravedad comercial a los dominios de los Tolomeo y Seléucidas. La industria naval realizó grandes progresos, y fue capaz de construir buques de hasta 1.000 t. Las manufacturas implantaron métodos de producción a gran escala que redujeron los cortes y, con ellos, los precios de venta.
Alejandro se había apoderado de ingentes cantidades de metales preciosos que los Aqueménidas mantenían tesaurizadas, y las mandó acuñar, con lo que la circulación de moneda se generalizó y permitió el desarrollo de una economía que cabe clasificar como capitalismo mercantilista. Los tipos de interés descendieron a un 6%, lo que agilizó el crédito y estimuló mayores inversiones.
La demanda llegó a ser tal, que se produjo una crisis de abastecimiento de materias primas, lo que a su vez desencadenó una recesión. En este nuevo período, quienes habían acumulado elevadas ganancias se dedicaron a acaparar y especular.
A fin de crear más riqueza y absorber el paro, el Estado se dedicó a potenciar la agricultura, racionalizando los cultivos. Pero esto entrañaba unos cambios que los pequeños agricultores no pudieron asumir, de modo que se procedió a la redistribución de la propiedad. Así cobró auge un latifundio que benefició una vez más a las clases pudientes y a la camarilla regia. A la larga, los trabajadores del campo que se pusieron al servicio de los latifundistas vieron tan reducido su poder adquisitivo, que tuvieron que dejar de consumir las manufacturas producidas en las factorías urbanas, y retomar a sus primitivas labores artesanales. Esta ultima actividad dio al traste con el naciente capitalismo industrial, que se quedó sin mercados para sus productos.
En conjunto, en las sociedades helenísticas afloraron grandes contrastes. Los reyes, la aristocracia, los altos cargos de la administración y la oligarquía de las grandes ciudades acaparaban fabulosas riquezas, de cuya ostentación dependía el prestigio social de los individuos. Esta situación hacía más evidentes las diferencias con las clases populares. Se ha hablado a menudo de decadencia económica, pero sería más exacto explicar que la riqueza estaba concentrada en muy pocas manos. Uno de los motivos de la concentración de la tierra en manos de grandes propietarios era el endeudamiento de los pequeños campesinos, situación que se reproducía entre el proletariado de las grandes ciudades. No en vano, la reivindicación de la redistribución de la propiedad y la abolición de las deudas no sólo están documentadas en muchas ciudades sino que pasaron a formar parte de los proyectos de reforma social de muchos políticos. Algunos, como en Beocia, llegaron a saquear el erario público para repartir los fondos entre los ciudadanos más pobres y obtener por este medio las primeras magistraturas. El pueblo veía en ellos una posibilidad de obtener dinero público y, sobre todo, la perspectiva de librarse de sus acreedores. Las reparticiones de grano, las revueltas de esclavos y la existencia de grandes contingentes de mercenarios en todo el ámbito helenístico demuestran que la situación se había hecho insostenible para una gran parte de la población.
INSTICUCIONES PANHELÉNICAS.
Las anfictionías.
Aunque pasaron toda su historia guerreando, los griegos tenían una clara conciencia de su común origen y de las diferencias que les separaban de los bárbaros. Esa conciencia de unidad se manifestaba en que empleaban la misma lengua, con variantes dialectales, eso sí, que podían llegar a ser notables, practicaban la misma religión y compartían en líneas generales los mismos valores. Si es cierto que la historia griega es la historia de una continua guerra "civil", ésta no hubiera podido librarse sin organizarse en ligas, que reunían diversos Estados y que podían ser de carácter defensivo o bien ofensivo-defensivo. En el origen de muchas de esas ligas o confederaciones había una anfictionía.
La anfictionía era una hermandad religiosa reunida en torno a un culto concreto y que implicaba una serie de sacrificios, festejos, juegos, etc., los cuales se celebraban conjuntamente con exclusión de los demás. Los distritos en torno al santuario eran los anfictiones. Aunque su finalidad primordial era el culto, también podían tener derivaciones políticas. Durante las fiestas se decretaba, en caso de guerra, una tregua, y todos los anfictiones se comprometían a preservar el santuario. Entre las anfictionías más conocidas se cuentan las organizadas alrededor del templo de Poseidón en Calauria, Samion y Micala, en los templos de Heracles en Faleron y de Deméter en Antela, y del templo de Apolo en Delfos, en la isla de Delos y en Triopion. En algún momento se produjeron uniones de anfictionías. Los anfictiones celebraban congresos periódicos, en ocasiones más de una vez al año. Cuando un Estado pretendía hacerse con el control de un santuario, la anfictionía podía quedar convertida en un instrumento de ese designio político. Las luchas por esos controles se denominan "guerras sagradas" y en la historia griega hubo tres, la más notable la tercera, cuando los focidios trataron de apoderarse del santuario de Delfos, lo que dio pretexto a Filipo de Macedonia para intervenir.
Las fiestas nacionales y los juegos olímpicos.
Las fiestas principales eran las celebradas en Olimpia y Nemea, ambas en honor de Zeus; Delfos, en honor de Apolo, y Corinto, en honor de Poseidón. Las olímpicas y délficas tenían periodicidad quinquenal, y las demás, trienal. Las Olimpiadas servían también para el cómputo del tiempo: así, se decía "año tal de la Olimpiada tal". El aspecto más conocido de estas celebraciones era el deportivo, aunque también incluían certámenes literarios y musicales. Al principio los premios tenían algún valor material, pero luego pasaron a ser simbólicos: consistían en coronas trenzadas con plantas locales. La tradición es muy antigua, y probablemente a partir del siglo VIII a.C. los juegos dejaron de tener alcance local para adquirir proyección panhelénica. Durante esos festivales se suspendían los combates, y todos participaban olvidando por un momento sus diferencias.
Las celebraciones que la posteridad ha recordado más son las Olimpiadas. La primera se remontaba, según la tradición, a 776 a.C. La última data de 393 d.C., en que el emperador Teodosio II prohibió estos festejos e incluso mandó incendiar el templo de Zeus, pues Roma ya había adoptado el cristianismo. Al principio los juegos duraban sólo un día, pero acabaron prolongándose varias jornadas. La inauguración, muy solemne, con participación de delegaciones de todos los Estados griegos, coincidía con la primera luna llena después del solsticio de verano.
Tras los sacrificios a Zeus y demás ceremonias de apertura, se celebraban durante tres días las competiciones en el siguiente orden: carrera, lucha, pugilato y pancracio. La carrera constaba de tres partes: resistencia y carrera sencilla. La lucha se asemejaba a lo que modernamente se entiende por grecorromana, y vencía quien lograba derribar a su adversario haciéndole tocar el suelo con ambos hombros. El pugilato se parecía al boxeo, y se podían parar los puñetazos con las manos y muñecas, que se llevaban protegidas. El pancracio era una combinación de lucha y pugilato.
El cuarto día se celebraba la carrera de carros, de caballos y el pentatlón.
El quinto día se repartían los premios y se celebraba un banquete amenizado con música y recitales poéticos. Los vencedores regresaban a su patria, donde eran objeto de los máximos honores.
En las carreras de carros y caballos no se premiaba a los aurigas ni a los jinetes, sino a los caballos y al dueño de la cuadra.
LA SOCIEDAD GRIEGA.
Dada la gran fragmentación del mundo griego, no cabe hablar de un estilo de vida aplicable a todo el país. En Esparta la sociedad e los libres estaba militarizada, fiscalizada por el Estado, sin margen para el desarrollo individual. Eso explica su nula producción cultural en tantos siglos de existencia y pese a sus periodos hegemónicos. En las tierras del interior, los campesinos estaban limitados por su pobreza, y sólo los emporios comerciales, como Atenas, Corinto, Megara, las ciudades jonias o los centros de Sicilia y la Magna Grecia, acogieron una vida social intensa y más allá de la mera supervivencia. Naturalmente, el ejemplo mejor documentado es Atenas, pero sería erróneo caer en generalizaciones.
En época clásica vivían en Atenas entre 400.000 y 500.000 personas, de las que los ciudadanos de pleno derecho no llegaban a 150.000. Los restantes eran metecos o esclavos. Pese a que la ciudad conoció momentos de prosperidad, y a que no faltaron nuevos ricos que hicieran ostentación de su riqueza, la tónica general de los atenienses, incluso e aquellos que hubieran podido permitirse ciertos lujos, era la sobriedad. Las viviendas eran sencillas, en general de adobe. Las clases pudientes disponían de casas mayores, pero no más cómodas: las habitaciones se organizaban en torno a un patio, y la zona reservada a los hombres estaba netamente separada de la destinada a las mujeres. Éstas carecían de derechos y no intervenían, salvo contadas excepciones, en la vida pública. A la pobreza de las casas se sumaba la de la ciudad en sí. Aparte los templos y los edificios de la Acrópolis, se ignoraba cualquier criterio urbanístico, y las medidas de higiene pública no se tomaban en cuenta ni en su expresión más elemental. Había, sin embargo, baños públicos.
Esta sobriedad, que en realidad era pobreza, se reflejaba en las costumbres cotidianas. El vestido masculino constaba de una camisa de lana sobre la que se colocaba un manto. Las mujeres llevaban peplo, una vestidura holgada, sin mangas, que caía formando picos. En la guerra y para viajar, los hombres llevaban clámide, una capa corta. Para protegerse del sol, sobre todo en los viajes, se usaba un sombrero de ala ancha. La alimentación, muy frugal, se componía de trigo, fruta, queso y pescado fresco o seco. En marcha menor proporción, se consumía carne. La bebida más común era el vino.
La estructura social reposaba en la familia. Ésta había evolucionado muy poco desde las épocas anteriores al clasicismo, y seguía siendo radicalmente patriarcal. El padre de familia era dueño y juez absoluto de su esposa, sus hijos menores y sus esclavos.
Los niños, incluso los pobres, podían frecuentar la escuela. La enseñanza comprendía recitaciones de poetas y la música, a la que se daba especial importancia. El Estado dejaba la docencia en manos privadas, pero imponía la educación física, con objeto de que los ciudadanos estuvieran en buena forma en caso de movilización. Los gimnasios y palestras eran muy frecuentados. La enseñanza superior quedaba reservada a las clases altas, y en general corría a cargo de sofistas o retores, algunos de los cuales alcanzaron gran fama y atraían alumnos de muchas partes del mundo griego. El ideal educativo de la edad clásica, basado en el esfuerzo por aprender el conjunto de saberes y actitudes cívicas que definían al habitante de la polis, era la paideia. Al parecer, la iniciación sexual formaba parte de ella, y era el propio maestro el encargado de darla. Grecia era un país de soldados, de sociedades cerradas formadas por camaradas, y de mujeres recluidas en el gineceo; en definitiva, un país de hombres solos. Por eso la homosexualidad, que casi siempre era bisexualidad, así como la pederastia gozaban de plena aceptación social. En líneas generales, y con el riesgo que comporta toda generalización, a las mujeres se las utilizaba para la reproducción, pero para el placer y el regocijo se prefería a los del mismo sexo.
La vida de la polis era inconcebible sin una intensa relación entre sus habitantes, que conservaban y debatían asuntos diversos en el ágora o plaza del mercado. Además, frecuentaban las tabernas y jugaban a dados.
Aparte las grandes festividades panhelénicas, se celebraban otras muchas en las distintas ciudades y repartidas a lo largo del año. En Atenas, abundaban las fiestas en los 12 meses del año. Éste comenzaba con la luna nueva posterior al solsticio de verano, y comprendía los meses llamados hecatombeon, metageitnion, boedromeon, painepsion, nemacterion, posideon, gamelion, antesterion, elefebolion, muniquion, targelion y esciroforion. En el primero de esos meses se celebraban cada cinco años las Grandes Panateneas, que duraban cinco días y eran las festividades más brillantes y vistosas, en honor de Atenea, la patrona de la ciudad. Fueron instituidas por Pisístrato e incluían certámenes deportivos y literarios, danzas y una procesión multitudinaria. La fiesta culminaba con el sacrificio de 100 bueyes y una regata en aguas del Pireo. Otras fiestas se dedicaban a los distintos dioses, a los difuntos, a las mujeres o tenían sentido patriótico o de exaltación de las labores agrícolas.
RELIGIÓN Y MITOS.
Lugar de la religión en la vida de los griegos.
El panteón griego evolucionó a partir de sus orígenes indoeuropeos, con la personificación de los fenómenos naturales. Con el tiempo, los cultos a ellos dedicados se fueron situando geográficamente, centrándose en santuarios locales, regionales y panhelénicos, así como en juegos, festivales y oráculos. Los griegos oraban a sus dioses y les ofrecían sacrificios, les dedicaban vistosas ceremonias y se multiplicaron los cultos. La escultura y la pintura dieron forma a una iconografía que, con variantes estilísticas, es la que tanto los propios griegos como la posterioridad han identificado con el panteón olímpico.
Desde la época arcaica su fueron definiendo las divinidades principales, que sumaron 12. A éstas siguieron otras de menor categoría, que se agruparon en deidades agrarias, marinas, personificaciones de determinadas fuerzas y alegóricas. Por último, los héroes y semidioses eran en general hijos de una divinidad y una persona mortal, y muchas veces fueron elevados a la condición de dioses y recibieron culto.
Con el desarrollo de la polis, la religión se convirtió en un factor de cohesión, y el culto y otras manifestaciones externas tuvieron ante todo un significado social. En sociedades relativamente libres como las griegas, si se comparan con las contemporáneas de Oriente, la impiedad era un delito severamente castigado porque constituía un ataque al orden establecido. Además de esta dimensión social, había, como en todas las épocas y lugares, una religiosidad popular folclórica y supersticiosa. En todo caso, en Grecia no era de aceptación común una fe individualizada y una religión interiorizada. El griego trataba de ajustarse a una tradición que impregnaba la sociedad en la que vivía. El verbo que designa la práctica religiosa o el reconocimiento de los dioses es nomizo, cuyo significado primario viene a ser acostumbrar, ser costumbre. Creer, tener fe, se traducía por pisteuo. Thambos es el sentimiento personal, próximo al temor, que provoca la percepción de lo que se considera sobrenatural. Tampoco, cabe confundirlo con la fe, pistis, pues su significado básico es estupor o pasmo. Lo más próximo a una vivencia religiosa que trascendiera el mero uso social se halla en los cultos mistéricos. MESOPOTAMIA. PRIMERAS CIVILIZACIONES HISTÓRICAS. CUARTA PARTETécnicas adivinatorias.
Los rastros más antiguos de procedimientos mánticos se remontan el Neolítico. En el periodo acadio, el adivino se presentaba ya como un sacerdote especializado de la interpretación de los signos que permitían predecir el futuro. Normalmente, al presagio le precedía alguna ceremonia de purificación o una oración dirigida a un dios.
En una cultura en la que todo se anotaba, no resultaba difícil relacionar determinados hechos con sucesos que acaecían poco después. La noción de causa-efecto no tenía para aquellas gentes el mismo significado que en el pensamiento griego y moderno; así, lo que para nosotros no sería más que una coincidencia cronológica, para los intérpretes de los signos estaba claro que los dioses manifestaban sus intenciones mediante unas advertencias o pistas que era preciso saber desentrañar. A continuación se recogían en listas esas observaciones, y así se formaba un corpus que los adivinos podían consultar en cada caso. Por ejemplo, el nacimiento de una oveja con malformaciones, y sobre todo si se daban varios casos seguidos, anunciaba una inundación. De este modo se había observado en tiempos pasados y se había recogido en el repertorio de presagios. Sólo de este capítulo de animales nacidos con defectos se conservan 24 tablillas. Otra colección, de un centenar de tablillas, contiene presagios relacionados con la topografía de ciudades y casas, el aspecto del fuego, el comportamiento de los animales y otros signos muy dispares.
Aparte el recurso a este auténtico archivo, se practicaban diversas mancias activas. Las había de tipo binario, es decir, que el dios respondía sí o no a la consulta del adivino. A esta variedad pertenecen las suertes con dados, la forma que adoptaba una gota de aceite vertida en una vasija con agua o las efímeras figuras que creaba el humo desprendido de un incensario.
Entre las mancias pasivas, ya se aludió en otro lugar a la observación del vuelo de las aves, el examen de las entrañas de los animales sacrificados y la interpretación de los sueños. Se han encontrado tablillas que precisan las técnicas de interpretación, así como modelos de hígados de arcilla con los que practicar. En las vísceras se buscaban anomalías, atrofias e hipertrofias, colores, etc, y a cada una de esas particularidades correspondía una interpretación precisa, recogida en las listas.
En las tablillas que contienen misivas particulares se han encontrado numerosas alusiones a tales prácticas. Así, en una carta del siglo XV a.C. se lee "... Y si hay un mago... que diga nuestras fortunas, infórmate enseguida, y envíame el presagio y la interpretación". En otra carta, un gobernador explica al rey que mandó examinar los intestinos de un animal sacrificado, para averiguar si la cosecha de cebada iba a ser abundante. El adivino dictaminó que lo sería, siempre y cuando la recolección se efectuara en los tres días siguientes. El gobernador dice haber movilizado a toda la ciudad, incluidos los niños, para acelerar en lo posible la tarea y dejarla concluida dentro del plazo señalado.
Se conserva una docena de tablillas que contienen interpretaciones de sueños, clasificados por temas, desde los más cotidianos hasta los más fantásticos o los más inconfesables. Cada uno tenía un significado preciso, pues los dioses se servían de esas visiones nocturnas para dar a conocer su voluntad. Cuando el rey debía tomar una decisión transcendente, iba a dormir al templo del dios, con la esperanza de que éste le aconsejara en sueños. También había conjuros para prevenir sueños de mal augurio y para evitar los efectos anunciados por sueños que ya se habían tenido.
La fisiognomía es la materia de unas 10 tablillas. La forma del cuerpo, los rasgos faciales y toda una serie de señas personales, como el color del pelo, lunares y manchas en la piel, etc, servían para pronosticar el futuro del sujeto.
Aunque aquí no es el lugar para ocuparse de la medicina, en este capítulo dedicado a las artes mágicas no se pueden dejar de recordar que las enfermedades eran producto del disfavor de los dioses, con lo que el paciente era víctima de los demonios. Cada enfermedad constituía la manifestación de un demonio en concreto, y aquí intervenía otra variedad de sacerdotes, los exorcistas, que se encargaban de ahuyentar la enfermedad y recobrar la protección divina. Hay una colección de 40 tablillas donde se clasifican las dolencias según las partes del cuerpo, empezando por la cabeza. De acuerdo con los síntomas y la forma de reaccionar el enfermo, el repertorio diagnostica si el mismo recobrará la salud o morirá.
Astrología.
La astrología es la mancia de origen mesopotámico que ha conocido una más prolongada posteridad. En efecto, toda la tradición occidental en esta materia proviene de los astrólogos babilónicos. Al comienzo, esa técnica se aplicaba solamente a los reyes y a los asuntos de Estado, pero en el periodo persa, cuando, como parte de la política asimilacionista de Jerjes, se tendió a desterrar la religión tradicional a favor del mazdeísmo, los astrólogos perdieron funciones y privilegios. Entonces muchos de ellos "democratizaron" sus conocimientos, es decir, los vendieron al público en general, levantando horóscopos de particulares. También emigraron y diseminaron sus conocimientos por el mundo griego.
Quizá los orígenes de la astrología se remonten a los sumerios, pero los testimonios más antiguos parecen datar del periodo acadio: en efecto, las 70 tablillas encontradas en la biblioteca de Asurbanipal, que contienen los conocimientos que se poseían de esa materia, eran copias de otras que podrían ser acadias. Esta utilización con fines mánticos de las observaciones de los primitivos asirios, que al parecer adoraban los astros por sí mismos, como auténticos cuerpos divinos.
El mayor desarrollo de las astrología se dio, como ya se ha dicho, en Babilonia, desde donde irradió a toda Mesopotamia, pero la doctrina básica se recoge en las citadas tablillas procedentes de la biblioteca de Asurbanipal.
Esas fuentes contienen los presagios relacionados con las posiciones del Sol, la Luna y Venus y con fenómenos meteorológicos. También se tomaban en cuenta las estrellas fijas. Basándose en estos criterios, se emitían pronósticos sobre la guerra y la paz, las cosechas, la posibilidad de plagas y catástrofes naturales, etc. En una de las tablillas puede leerse que cuando Mercurio está visible en una determinada época del año, los ladrones asolarán el país. Si la Luna presenta un halo y dentro de éste se halla Júpiter, el rey sufrirá asedio y habrá mortandad de ganado. En general, los acontecimientos inesperados, como los eclipses, el paso de cometas, etc, se consideraban desfavorables, mientras que las posiciones regulares y predecibles se interpretaban como que el universo estaba en orden.
Los babilonios dividían el cielo en tres partes que llamaban vías celestes: la de Anu, que seguía el ecuador, la de Enlil, que seguía el trópico de Cáncer, y la vía de Ea, que seguía el trópico de Capricornio. Calcularon un zodíaco de 12 signos y 30º por signo, o sea la mitad de la base sexagesimal de todos sus cálculos. Los signos los nombraron a partir de las constelaciones: Ku, Te te, Mas masu, Nangaru, A, Ki, Maru, Akrabu, Pa, Sakhu, Gu y Zib. Además de estas constelaciones, atribuyeron a las 36 estrellas fijas más brillantes el papel de "dioses consejeros", cuya misión consistía en vigilar cuanto sucedía en el cielo y en la Tierra. Los 12 "jefes" que estaban por encima de estos consejeros eran las estrellas principales de las 12 constelaciones zodiacales, ante las que el Sol y la Luna transitaban regularmente. Cada jefe tenía competencias sobre una parte del cielo llamada beru, esto es, sobre un signo zodiacal.
Siguiendo la vía de Anu, cruzaban el firmamento otros cuerpos, además de las luminarias, que por su movilidad contrastaban con las estrellas fijas. Se identificaron cinco, a los que se dio el nombre de bibbus o "intérpretes", porque de sus movimientos podía deducirse interpretaciones de acontecimientos terrestres. Se trataba de los que nosotros conocemos con el nombre, de origen griego, de planetas. Cada bibbu era la residencia de un dios, y desde ella derramaba sobre la Tierra bendiciones o maldiciones.
Venus era la residencia de Ishtar, que presidía la fertilidad; Júpiter era la morada de Marduk, y era el planeta del rey, con una trayectoria majestuosa, que apenas se aleja de la ecliptica; Marte era asiento de Nergal, dios de la guerra, violento, negativo; Saturno correspondía a Ninurta, reflejo pasivo y envejecido de Marduk-Júpiter, y Mercurio se relacionaba con Nabu, perverso, astuto, terco, como el propio planeta, difícil de distinguir por su proximidad al Sol.
La observación se hacía desde un punto de la Tierra, lo que suponía que una parte del cielo era visible y otra invisible, por quedar debajo del horizonte. Este último dividía, pues, el anillo zodiacal en dos mitades: por un lado, el este, salía el sol; por el otro, el oeste, se ponía. El signo por el que salía el sol, el llamado ascendente, era determinante para el cálculo astrológico, pues informaba sobre la personalidad del sujeto o el carácter intrínseco del asunto objeto de consulta. También se desarrollaron los aspectos: conjunciones, oposiciones, etc, de los objetos celestes, y se observaron "anomalías" en su trayectoria, como las retrogradaciones de los planetas.
Pero el cálculo del horóscopo personal representa un desarrollo posterior del saber astrológico. Los astrólogos de la corte no elaboraban sus pronósticos basándose en el día y hora de nacimiento, sino en la observación de los fenómenos celestes, que por definición, anunciaban acontecimientos concernientes al rey y al gobierno. Venían obligados a dirigir informes periódicos al soberano y a responder a sus consultas, en ocasiones muy delicadas, pues afectaban a asuntos de Estado, guerras, etc. En una tablilla, el jefe de los astrólogos del rey de Babilonia, escribe: "Por lo que se refiere a la estrella de Marduk el vigesimoséptimo día del mes..., ha sido vista en la vía de Anu, pero baja y en el crepúsculo, y no se distinguía con claridad. Al levantarse, ha aparecido netamente sobre el Carro, que se encuentra en la vía de Enlil...". Este texto, que prosigue con otras observaciones precisas, demuestra que el cielo era escrutado minuciosamente, pero no se aventuran pronósticos. En otra tablilla, en cambio, el astrólogo se manifiesta más concreto: "En el mes de Tamuz, en la noche del décimo día, la constelación de Escorpión se aproxima a la Luna. He aquí lo que eso significa: cuando al alzarse la Luna se mantiene Escorpión en el cuerno derecho, pulularán durante el año las langostas y devorarán las cosechas...". MESOPOTAMIA. PRIMERAS CIVILIZACIONES HISTÓRICAS. TERCERA PARTEEl mito del diluvio.
Este mito parece haberse elaborado a partir del recuerdo de una o varias inundaciones catastróficas en la Baja Mesopotamia. Tiene su reflejo literario en el Poema de Atrahasis y también en el Poema de Gilgamesh. En este último se incluye en el relato del anciano Utanapishtim. Cuando este personaje era joven, los dioses, descontentos con la raza humana, se arrepintieron de haberla creado y decidieron hacerla desaparecer enviando sobre la tierra un diluvio. Ea, sin embargo, quiso preservar a Utanapishtim de aquella catástrofe y le ordenó que construyera un arca, precisando las medidas. Una vez terminada, encerró en ella sus pertenencias y a toda su parentela, y cargó animales y bestias salvajes. A continuación, comenzó a llover torrencialmente y a soplar un huracán, y la humanidad pereció ahogada. Finalmente, la lluvia, cesó, salió el sol y las aguas empezaron a bajar. El arca quedó embarrancada en lo alto de un monte. Utanapishtim, su mujer y su barquero fueron arrastrados por los vientos hasta una lejana isla y Ea le obsequió con la inmortalidad.
La renovación de la naturaleza: el mito del descenso de Inanna.
Un arquetipo de la mayor importancia en los pueblos primitivos es la diosa madre, la divinidad femenina que preside la generación, la fertilidad y la sucesión de los ciclos. Inanna, hija de Anu en unos relatos y de Enlil en otros, se identificaba con el planeta Venus. Es curioso que, además de presidir todo lo relativo a la reproducción, fuese también la diosa de la guerra, de la lucha por sobrevivir y por prevalecer. Se ha aventurado la interpretación de que esto último es aplicable al anhelo de la comunidad sumeria por conservar su identidad ante la superioridad numérica de los semitas.
Inanna decidió descender al abismo del país sin retorno, un lugar donde dominaba la más aterradora sequedad, situado bajo las aguas dulces de la tierra. Allí reinaba su hermana y adversaria: Ereshkigal, la diosa de la muerte y de todo cuanto significaba el reverso de la fertilidad y la abundancia. Inanna se proponía llevar esos principios que ella encarnaba a aquel reino donde no brotaba vida alguna.
Se vistió con sus mejores galas y adornos y comenzó su descenso. El acceso al reino subterráneo se hacía a través de siete puertas, en cada una de las cuales Inanna tuvo que despojarse de una prenda o adorno para que le franqueara el paso. De este modo, cuando llegó a presencia de Ereshkigal estaba desnuda: la fertilidad indefensa ante la sequedad que impide toda fructificación, la sequedad que mata toda forma de vida. E Inanna pereció, y su despojo fue colgado en un poste.
Antes de su descenso, la diosa había dejado encargado de sus asuntos en la tierra a su ayudante Ninshubur, a quien ordenó regresaba acudiera a rescatarla. Cumpliendo las órdenes recibidas, Ninshubur puso los hechos en conocimiento de Ea, dios de las aguas, quien creó dos seres desprovistos de sexo, con lo que no se les podía negar la entrada al reino de la infecundidad. Llegaron hasta el cadáver de Inanna y le dieron agua, capaz de hacer revivir lo que parecía muerto, víctima de la sequedad. Inanna pudo regresar a la tierra perseguida por una legión de demonios enviados tras ella por Ereshkigal: por eso la fertilidad y la vida se ven en ocasiones malogradas por la sequía y las calamidades.
Inanna es una figura esencial de la mitología proximooriental, que tuvo sus equivalentes en otras de la cuenca mediterránea. En efecto, con transformaciones y metamorfosis, puede identificarse con Ishtar, Astarté, Cibeles o Afrodita. Pero la personificación femenina de fertilidad precisa de un principio complementario, masculino: la tierra es pasiva y el que la trabaja y la siembra, activo. En otras mitologías ese principio puede revestir formas simbólicas animales, como el toro, pero aquí está representado por una extraña criatura, que es dios pero mortal: Dumuzi. Por lo demás, su simbolismo estricto se nos escapa un tanto, sobre todo debido al conocimiento parece que era un pastor y luego un agricultor que cultivaba el trigo, recolectaba el dátil y elaboraba cerveza. También se le atribuye en algunas fuentes condición regia. En cualquier caso, Inanna lo desposó, lo utilizó como su elemento activo y complementario y luego, como represalia por haberlo encontrado celebrando una fiesta mientras ella pasaba penalidades en el reino subterráneo, lo entregó a los demonios que la perseguían, para que la sustituyera a ella como víctima, y las infernales criaturas acabaron dándole muerte.
Es decir, las fuerzas desatadas que provocan estragos afectan a los cultivos y a los campesinos, pero no al principio mismo de la generación: las cosechas se arruinan, pero pasada la calamidad la naturaleza vuelve a mostrarse pródiga a condición de que el hombre aporte el esfuerzo preciso. O, sin llegar a esas situaciones tan dramáticas aunque tan comunes, Dumuzi sería la renovación que el mundo vegetal experimenta en primavera, a la que sigue la sequedad del verano. En algunos textos, a Dumuzi se le atribuye una hermana, Gestinanna, patrona de la vid y el vino, que se ofrece a sustituirle en el reino infernal seis meses al año. Y es que la cerveza, de la que Dumuzi es señor, se elabora con cebada, recolectada en primavera, mientras que la vendimia se realiza seis meses más tarde, al comenzar el otoño.
Los dioses, la monarquía y la guerra.
Los tres mitos básicos de los mesopotamios, de los que se ha hecho un relato todo lo breve que permite su complejidad, ponen de manifiesto que la condición de los dioses era, básicamente, la de personificación de fuerzas naturales. También se echa de ver que si en un remoto pasado los dioses no pasaban de eso, en época histórica se convirtieron también en creadores. En efecto, cuando el hombre comenzó a transformar la naturaleza en su provecho y realizar las primeras manufacturas, cuando se percató de la importancia del trabajo, atribuyó a los dioses la condición de "artesanos" que completaban la creación mediante tareas precisas, recurriendo a elementos y materias primas. Por último, y a propósito de lo que en otro lugar se dijo sobre la religión mesopotámica, a saber, que era utilitaria, pactista y de mera transacción con los dioses, advertimos que en los mitos no hay rastro alguno de inmortalidad del alma, de vida después de la muerte ni de retribución por las faltas o los méritos. No hay más allá salvo para los dioses. El hombre nace, dedica su vida al servicio de las divinidades y se sumerge en la nada. Por eso, en una etapa algo más avanzada, cuando las sociedades urbanas estuvieron bien consolidadas y el hombre pudo alimentar otras preocupaciones al margen de la lucha por la subsistencia, la literatura reflejó una auténtica angustia existencial ante su condición perecedera.
Pero esas sociedades urbanas veían en los dioses no sólo fuerzas de naturaleza o creadoras, sino a unos seres superiores que daban la pauta para la organización politicosocial y para la guerra y la defensa. Los dioses pasaron a concebirse como reyes, a los reyes terrenales se adecuaban a su vez al modelo celestial. Los dioses tenían sus disputas, y se reunían en asamblea para debatir sus asuntos y llegar a acuerdos. La asamblea se celebraba en la ciudad santa de Nippur. En este punto hay que entender que a la ciudad física, que todos podían visitar para presentar ofrendas en el santuario nacional, se superponía otra celestial, según un mecanismo de correspondencia o interpenetración difícil de asimilar para la mente racionalista moderna, pero que para los mesopotamios constituía una realidad casi tangible.
Cada templo era la "finca" de un dios. Los hombres, cuya suprema virtud era la obediencia a los designios divinos, eran los siervos. El rey se presentaba, al comienzo, como un capataz que, por mandato del amo celestial, distribuía el trabajo entre sus subordinados, les mandaba y, llegado el caso, los castigaba.
Del mismo modo que el rey tenía sus sirvientes, el dios en su templo contaba con los sacerdotes, que cuidaban su efigie y le presentaban alimentos, vestían la estatua, la acostaban, la lavaban, como si de un ser de carne y hueso se tratara. De nuevo hay que invocar la misteriosa y sutil correspondencia entre este mundo y el otro, porque los sacerdotes no efectuaban una tarea simbólica, sino que estaban "realmente" alimentando y vistiendo al dios, ratificando con estos gestos la condición servil del hombre y su entera sumisión a la divinidad.
Cuando dos ciudades estaban en guerra, ésta era un reflejo cabal del conflicto entre dos dioses. Si una ciudad conseguía imponer su hegemonía sobre las demás, eso era el efecto de que los dioses habían decidido reconocer como superior a uno de ellos, precisamente la divinidad patrona de esa ciudad. Para nosotros, la preeminencia de Babilonia explica que Marduk, su dios local, alcanzaba idéntica preeminencia en el panteón. Para los mesopotamios el razonamiento era el inverso: puesto que Marduk se había impuesto sobre los otros dioses, su ciudad se imponía sobre las demás ciudades. Todas las vicisitudes humanas, individuales y colectivas, eran, pues, la traducción en el ámbito de lo inmediato de sucesos acaecidos en el mundo superior.
En las asambleas de dioses, Anu presidía los debates, Enlil era el encargado de ejecutar los designios y un tercer dios era nombrado rey para realizarlos físicamente, estableciendo un determinado orden que, en el ámbito humano, corría a cargo del delegado del dios-rey, que era el rey de la ciudad Estado. Este rey podía recibir el mandato de controlar a los demás, esto es, de imponerles su hegemonía. El dios-rey Marduk, por su parte, logró afirmar su poder hasta el punto de asumir las funciones del propio Enlil.
El Estado como reflejo de lo cósmico se mantuvo en general invariable en los primeros tiempos, pero a medida que el Estado estrictamente terrenal evolucionaba, por lógica no podía sustraerse a los cambios inducidos por nuevas circunstancias históricas: reforzamiento del poder del rey y de la eficacia de la administración centralizada, en particular de la justicia. A esta última se acudía con mayor frecuencia, con el auge de la propiedad y de los negocios, por lo que pasó a convertirse en una rutina y a considerarse como un derecho, como un mecanismo imprescindible para la marcha de la sociedad, y no como una especie de merced a la que el soberano condescendía, como ejecutor de la voluntad divina. La codificación de Hammurabi, aunque a la larga entrara en crisis, sentó un precedente que se instaló en los hábitos y la conciencia de los mesopotamios. Algún autor ha señalado el choque psicológico entre la conciencia de poseer derechos y la capacidad de desplegar recursos para cambiar el propio sino, por un lado, y por otro una tradición que consideraba al hombre como esclavo y no le prometía más que unos magros beneficios materiales si se sometía sin reservas a los decretos de los dioses. Los mismos autores señalan el Poema de Gilgamesh como una muestra de ese choque: la angustia del héroe ante la muerte es también una forma de rebelión; equivale a preguntarse qué le dan a él los dioses a cambio de su ciega obediencia.
La reacción de Gilgamesh, que desemboca en algo parecido al nihilismo, se explica no sólo por las pruebas a que es sometido, sino por el vacío intelectual que entrañaba aquella religión. A diferencia de otros sistemas de creencias, ni al universo ni al hombre se les atribuía la dualidad materia-espíritu o visible-invisible, ni entre las cosas creadas las había animadas e inanimadas. No había niveles diferenciados de realidad ni nada dejaba de poseer una individualidad y una voluntad. La suma de esas individualidades era como la suma de los hombres, libres y esclavos, que poblaban un Estado. La constitución de ese Estado de lo creado era en todo semejante a la ciudad Estado tal como se organizó en Mesopotamia a partir de época histórica. Las asambleas de dioses tenían su correspondencia en las de los hombres con derecho a participar en ellas, pero había dioses menores y otras entidades que no podían intervenir, como en Mesopotamia no podían hacerlo las mujeres, niños y esclavos.
Este entendimiento del mundo como un Estado no era una simple creencia sino una convicción basada en la experiencia, algo evidente sobre lo que no se proyectaba la sombra de una duda, y acerca de lo que no se produjo ninguna elaboración "teológica" o filosófica, aparte el relato del mito y de su simbolismo inherente: los mitos, como hemos visto, se refieren a los orígenes y a la creación entendida como organización de las fuerzas presentes en el universo. No van más allá. Lo que sucede se debe a la voluntad de los dioses, que decretan que las cosas sean de un modo u otro, pero no se entra en mayores valoraciones.
La sumisión a los dioses como moral e ideal de vida.
Lo que se lleva explicado, además de servir de introducción a los mitos, dibuja de paso un esbozo de la mentalidad de los mesopotamios. Queda, sin embargo, hacer alguna presión sobre cómo se traducía todo eso en la conducta personal. El individualismo, la libre especulación, el disentimiento, el no encajar como una pieza en el sistema políticoreligioso, eran inconcebibles. La mayor abominación era el hombre sin dios. La máxima virtud, la obediencia: a los hermanos mayores, a los padres, a los capataces y jefes para los que se trabajaba, a los gobernantes, al rey, a los dioses, todos los cuales representaban otros tantos círculos concéntricos de autoridad que, sin excepciones, emanaba de los dioses. Cuando un ejército se quedaba sin mandos o una cuadrilla de trabajadores sin capataz, merecía conmiseración: se había quedado sin guía, sin el representante de la autoridad, sin el intérprete de la voluntad divina, y los textos comparan esta situación a un rebaño sin pastor o a las aguas que, sin represas ni acequias, en lugar de llevar la riqueza a los campos, provocan el caos y la destrucción.
El mundo, pues, resultaba impensable sin el orden representado por esa concatenación de autoridades. La voluntad divina, era incuestionable, siempre tenía razón. La virtud se identificaba con la adecuación a ese sistema, o sea con la obediencia ciega.
Por lo demás, tampoco hay que trasladar a esa época el concepto moderno de religión, como fe interiorizada, en la que ocupan un lugar importante la oración como comunicación personal con la divinidad, y la participación más o menos activa en el culto. Para el mesopotamio los dioses estaban lejos, eran inaccesibles, como el amo respecto del esclavo. En los santuarios no se entraba; el acceso era un privilegio reservado a los sacerdotes y al rey. El fiel común acudía a los festivales que se desarrollaban en el exterior, participaba en procesiones y aportaba sus ofrendas. Si acaso, mantenía una relación más íntima con su dios personal, por lo general de ínfimo rango, al que acudía con sus súplicas para tener éxito en sus empresas.
Con los dioses de primer rango la relación era, pues indirecta, siempre a través de los intermediarios autorizados, sacerdotes y rey, y manteniendo una distancia insalvable. El éxito, una merced del "diosecillo" particular o familiar, no sólo se traducía en bienestar, sino en consideración social, porque la prosperidad se interpretaba como que, en pago a su sumisión, el beneficiario había recibido las bendiciones de lo alto. Era persona virtuosa, querida por los dioses, que por eso le retribuían con riquezas, buenas cosechas, etc. De la misma forma, la enfermedad la enviaban los dioses como signo de que el individuo había perdido su favor. El hombre era pasivo, carecía de méritos para obtener por sí solo tales ventajas; todo cuanto conseguía era como una dádiva. A su vez, el dios personal desplegaba una fuerza necesariamente limitada; actuaba como un intermediario de escasa significación a través del que se manifestaba otro poder más alto, que no descendía al detalle de favorece a los hombres. El dios personal sería, si acaso, como una especie de capataz de esclavos.
El panteón mesopotámico.
De la relación que sigue, como de lo que se lleva explicando hasta el momento sobre religión y mitos, no debe tratar de extraerse sistematicidad alguna. Las exigencias clasificatorias y la lógica interna de los sistemas son propias de la mentalidad moderna. Aparte del contenido del Poema de la Creación, que se presenta como un relato coherente y viene a ser como la espina dorsal de las creencias mesopotámicas, los mitos colaterales y derivados ofrecen versiones e incluso contradictorias. Además, los dioses cambian no sólo de nombre sino de función y de relevancia a lo largo de la milenaria historia de esta cultura.
Adapa.
Ea creó al hombre a partir de los despojos de Kingu, esposo de Tiamat, vencida por Marduk. El primer hombre se llamó Adapa y fue rey de Eridu. Aunque mortal y limitado como convenía a su condición, era sabio. Inventó el habla y algunas técnicas para sobrevivir, como la pesca. En este mito se encuentra la vieja creencia de la fuerza del verbo, de la palabra como vehículo del impulso creador. Cuando se sabe nombrar las cosas, se adquiere un poder sobre ellas, cuando se les asigna un nombre por vez primera, se está pronunciando el "hágase" que les da origen. Así, cuando Adapa fue más allá de la desembocadura de los ríos a pescar y se vio atacado por el Viento del Sur, abrió la boca y habló. Y entonces al viento se quebraron las alas y no pudo seguir sobrevolando la tierra. Esto provocó consternación entre los dioses, que se preguntaron si no habrían dotado al hombre de excesivos poderes. Al final se restauró el orden: Adapa regresó a Eridu, mostró su arrepentimiento por haber roto el equilibrio de la creación y rechazó el ofrecimiento de inmortalidad que le hizo Anu. Aceptó lo perecedero de la condición humana, y otro tanto debe hacer su descendencia.
Ea.
Es el nombre acadio de la deidad conocida en sumerio como Enki. Ya se vio el papel que desempeñó en todo el ciclo de la creación. Su condición de señor de las aguas explica que se le representara con unas vestiduras que reproducían las escamas de un pez. Los sacerdotes colocaban esa ropa a la estatua del dios cuando oficiaban rituales de purificación. La humanidad debía a Ea el aprendizaje de las técnicas que le permiten sobrevivir en medio de una naturaleza hostil. En este sentido, los mitos mesopotámicos no escapan a una regla casi general, que se encuentra en la tradición de las culturas más dispares de todo el mundo: un ser divino o semidivino desciende a la tierra a enseñar a los hombres saberes esenciales como la agricultura, la escritura, la artesanía, etc. Esto lleva implícito, por un lado, subrayar la insignificancia del hombres, su perpetua minoría de edad, su incapacidad para aprender por sí mismo, y por otro lado, la negativa a admitir la historia, el valor de la experiencia y de los hallazgos que se hacen a través del tiempo, que sería tanto como reconocer la autonomía del hombre y cierta idea de progreso.
Así pues, Ea salió del mar en figura a medias humana y a medias de pez, y en un solo día sacó a la humanidad de la barbarie y la instruyó en materia de agricultura, artesanía, escritura, derecho, arquitectura y magia. Luego regresó al mar, de donde sólo ha salido muy ocasionalmente a lo largo de los milenios. El hombre lo aprendió todo de una vez, por revelación, no por sus méritos, y a ello debe atenerse sin añadir ni innovar, aceptando la tradición y sujetándose al principio superior que la preside. Ea provenía del mar, esto es, del agua salada, pero la humanidad le precisaba dulce para poner por obra los conocimientos de agricultura que había recibido. Ea se unió a la Madre Tierra y de este modo surgió el agua dulce, que dio lugar a un paraíso donde prosperaba una vegetación exuberante que proporcionaba toda clase de frutos y donde vivía una gran variedad de animales que no se atacaban entre ellos.
Este paraíso es el escenario de una caída que estuvo a punto de desposeer a Ea de su naturaleza divina. Allí ese jardín sólo se imponía una prohibición: comer determinadas plantas. Ea infringió el mandato y a continuación enfermó y experimentó una degeneración que había de terminar con su condición eterna y al cabo con su vida. Ni siquiera Enlil pudo frenar el mal; sólo la Madre Tierra logró poner remedio, creando unas deidades que cuidaron del maltrecho Ea hasta su plena recuperación. Enlil.
Sobre el origen y naturaleza de esta divinidad ya se trató al explicar el mito sumerio de la creación. Reinaba sobre todo cuanto hay entre el cielo y la tierra, esto es, sobre el aire. Su morada era el templo de Nippur, el santuario nacional. Se le atribuía haber obsequiado a la humanidad con una herramienta esencial: el pico, que servía para construir ciudades y abrir canales. Era considerado un dios lunar, puesto que a la Luna se la situaba precisamente en su reino, entre el cielo y la tierra.
El dios habría tenido amores con la diosa Ninlil, lo que le habría costado la expulsión del mundo inferior, donde habitaba al principio. Ninlil quiso seguir a su seductor, y el hijo de ambos. Nanna, se convirtió en la luminaria nocturna.
El mito del diluvio guarda también relación con Enlil, ya que, como señor del aire, mandó que soplara un viento fortísimo que fue la causa inmediata de aquella calamidad. En el Poema de Gilgamesh se hace referencia explícita a la rivalidad de Enlil y Ea. Después de padecido el desastre, "Ea abrió la boca par hablar, diciendo el valiente Enlil: "Tú, el mas sabio de los dioses, tú, héroe, ¿cómo pudiste, irrazonablemente, causar el diluvio?". En época babilónica, se atribuía la cólera de Enlil/ al estrépito que causaban los hombres, a los que castigó, sucesivamente, con una plaga, una sequía, y por fin, con el diluvio. Otras variantes del mito atribuyen la responsabilidad al conjunto de los dioses, que habían decidido en asamblea enviar aquel castigo, encargando de ejecutarlo a Enlil. Esta fama de divinidad iracunda y terrible se refleja incluso en el código de Hammurabi, en el que se invoca a Enlil para que castigue a quienes violen las leyes.
La consideración de Enlil como divinidad de primer rango queda de manifiesto en una versión que le atribuye la creación de un terrible monstruo, Lahmu, a partir del caos primigenio, que daría nacimiento a su vez a Apsu y a Tiamat, los cuales se sitúan en el origen mismo de todos los mitos, más allá del principio del tiempo. Sería una forma implícita de atribuir a Enlil la condición de dios supremo, y probablemente esa era la "teología" de sus sacerdotes de Nippur. Etana.
Rey legendario de Kish cuya esposa no podía darle descendencia. Supo que en el cielo crecía una planta capaz de remediar ese mal, y se dispuso a ascender hasta allí. Shamash, el dios solar, le indicó que la cabalgadura apropiada era un águila que hubiera caído en el hoyo. Etana se halló en lucha con una serpiente cuya cría había querido arrebatarle el águila, y la ayudó a vencer al reptil. A cambio de este favor, el águila transportó al rey en busca de la planta milagrosa. En este punto las versiones discrepan. Según algunas, Etana logró su propósito y tuvo un hijo que llegó a reinar en Kish. Para otras versiones, la osadía de Etana no estaba a la altura de su propósito: atemorizado, se precipitó desde lo alto y pereció.
Ishtar.
Esta divinidad babilónica no era otra que la sumeria Inanna, quien presidía la fertilidad. De Inanna conocimos el mito de su catábasis o descenso al mundo inferior, y se aludió al confuso significado de la figura de Dumuzi, su esposo. En la versión babilónica, este última se llama Tammuz. Una versión acadia anterior narra el llanto de Ishtar por la pérdida de su esposo, la que, sin embargo, había sido causante. Los devotos de Tammuz elevaron sus preces para que recobrara la vida.
Este nuevo caso de dios muerto y resucitado entronca con el simbolismo de renovación de la naturaleza de Ishtar. Esta última era también diosa de la guerra, patronazgo al que se dio especial relieve en la belicosa Asiria. Aquí se le representaba con una muy masculina barba, y se le atribuían la intervención en el nombramiento de los reyes y la sanción de las crueles prácticas que éstos aplicaban en tiempo de guerra.
Marduk.
Se ha tratado de él repetidamente, habida cuenta, sobre todo, que, al ser patrono de Babilonia, su importancia en el panteón creció con el auge de la ciudad, hasta el punto de identificarse con Enlil. Su nombre significa "ternero solar". El papel hegemónico de Babilonia fue un acuerdo tomado en la asamblea de los dioses por imposición de Marduk: se decretó que allí radica el centro del universo. A Marduk se le daban 50 nombres distintos, que no parece que reflejen otras tantas advocaciones, sino más bien que guarden relación con su papel preeminente; no se olvide la correlación entre verbo y poder. Desposó a Sarpanitu, que se identificaba con el planeta Venus.
Nergal.
No se sabe muy bien qué categoría ocupaba esta divinidad en el Olimpo sumerio, ni qué aspecto de la creación le estaba encomendado. Se le presenta como un dios rebelde y maléfico. Un mito babilónico narra que desafió a Ereshkigal, la diosa de la muerte y la sequedad, por lo que la asamblea de los dioses lo desterró. Ea envió tras él a unos demonios para que lo atormentaran continuamente. Pero Nergal no arredró. Venció a sus indeseables acompañantes y logró hacerse con la custodia de las siete puertas del mundo inferior, el reino de Ereshkigal. Las franqueó y llegó hasta el salón del trono de la diosa. A diferencia de lo que le sucedió a Inanna, Nergal logró vencerla y humillarla. Cuando se disponía a matarla, la diosa le ofreció convertirse en su esposa, compartir su reino y entregarle las tablillas de la sabiduría. Según una versión, Nergal aceptaría la proposición y reinaría en el mundo inferior, convertido en una especie de rey consorte de la muerte. Otra versión explica que una vez conseguida la victoria. Nergal regresó a la asamblea solicitando ser readmitido, pero Ereshkigal amenazó a los dioses con extender la sequedad de su reino a toda la creación si no le permitían desposar al disidente. En cualquier caso, convertido en dios de los muertos, se le representaba con aspecto terrorífico, escoltado por demonios. Llevaba la enfermedad a los hombres y reinaba sobre el fuego y el desierto, paradigma de lo seco y desprovisto de vida.
Ninursaga.
Al tratar de Ea, se hizo mención de la leyenda sumeria del paraíso terrenal, escenario del infringimiento de aquel dios. También se informó de que en ese lugar privilegiado reinaba Ninursaga, hermano de Ea. El paraíso, llamado Dilmun, se situaba en una isla del golfo Pérsico, quizás una del archipiélago que hoy conocemos como Bahrein. Existía un inconcreto pero fortísimo vínculo de afecto entre ambos hermanos, que llega a presentar sospechosos matices homosexuales, cosa insólita en una cultura que castigaba con la mayor severidad cualquier forma de relación amorosa que no se dirigiera a la procreación, pues la pujanza de un pueblo dependía del número de sus individuos. Otras interpretaciones del mito pasan sobre ese asunto e insisten en la función de Ninursaga como complemento de Enlil: en efecto, el primero sería la fuerza activa y transformadora que actuaría en el ámbito del segundo. Ninursaga presidiría los procesos de multiplicación y abundancia en la naturaleza, pero no en la naturaleza domada por el hombre, sino en la que permanecía en estado salvaje. Sin que este muy claro el vínculo con ella, también era el patrono de la institución monárquica y de la sucesión de los reyes. Ninurta.
Dios sumerio de la guerra, presidía, por extensión, todos los conflictos y las luchas: la lucha por la supervivencia y por el dominio de la naturaleza. Gobernaba la crecida primaveral de los ríos y se le relacionaba con la adopción del arado. Mantenía una especial relación con Zu, el pájaro del trueno, al que se representaba con cabeza de león. En este punto los estudiosos de la mitología comparada podrían evocar los muchos pueblos primitivos que identifican el trueno con un pájaro. Con el tiempo, el simbolismo guerrero y sangriento de Ninurta se fue acentuando. El auge de los asirios, que sacrificaban miles de prisioneros, los desollaban o cocían vivos y les practicaban las más cueles mutilaciones, estaría relacionado con la potenciación del aspecto bélico de divinidades como Ninurta o Ishtar.
Sin.
Patrono de Ur. Era un dios lunar, hijo de Enlil, y se le conocía también como Nanna. Gobernaba el calendario, o sea que administraba el tiempo. Conocía el futuro y en algún momento recibió en su ciudad un culto prácticamente monoteísta. Al asociarse con la Luna se le vinculaba también a la fertilidad, pero no era una divinidad agraria, sino pastoril. Una leyenda presenta a Sin como pretendiente de la Madre Tierra, la cual no consintió a sus requerimientos hasta tanto no hubiera derramado la abundancia sobre el país de los dos ríos; así, provocó un diluvio que aumentó el caudal de aquéllos hasta permitir el regadío, impulsó el crecimiento del cereal, pobló la tierra y las aguas de animales que alimentaran a los hombres e hizo brotar los juncos en las orillas. Una vez consumada la unión con la Madre Tierra, la divina pareja pasó a residir en el santuario situado en lo alto del zigurat de Ur.
Tiamat.
Ya se ha tratado suficientemente de esta divinidad primordial, que desempeña un papel muy relevante en el mito de la creación. Tal como se ha narrado, existía como señora de las aguas saladas antes de que comenzara el tiempo. Sin embargo, en algunas versiones que exaltan a Enlil como dios supremo, se la presenta como engendrada y posteriormente destruida por él en el papel que lo identifica con Marduk. Tiamat era un espantoso dragón. Es el exponente más antiguo de esa figura reptiliana, que en todas las tradiciones proximoorientales se identifica con el mal, de lo que no faltan ejemplos en la tradición judeocristiana, desde la serpiente del Génesis hasta el dragón del Apocalipsis, sin olvidar al santo sauróctono por excelencia, san Jorge. En cambio, como sabemos, en Extremo Oriente, el dragón tiene un significado opuesto, de animal benéfico.
Zu.
El pájaro de la tempestad y del trueno, al que ya se aludió, arrebató las tablillas de la sabiduría a Enlil, lo que supuso un desequilibrio en todo el universo divino. Esas tablillas, llamadas también del destino, aparecen en varios mitos como una llave que abre el conocimiento del futuro y, por tanto, confiere poder a quien las tiene, sobre todo si las lleva en el pecho, junto al corazón. Eran anteriores a toda creación, y eso les daba ascendiente sobre los propios dioses. En el Poema de la Creación se nos dice que Kingu, el consorte de Tiamat, se había hecho con ellas, y que Marduk, al vencerlo, se las quitó. En la leyenda de Zu, los dioses, temerosos de que el pájaro se convirtiera en "señor del tiempo" y se colocara así por encima de ellos, encargaron a Ninurta la recuperación de las tablillas. Éstas las tenía Zu en su nido, que Ninurta acabó localizando en lo alto de una montaña.
Adivinación y astrología.
A lo largo del texto se han hecho repetidas menciones de la importancia de la adivinación y de la observación del firmamento en Mesopotamia. La astrología no estaba diferenciada de la astronomía, eran una misma cosa. Tampoco la adivinación estaba desvinculada de la religión, pues aquélla consistía en una técnica o conjunto de técnicas que tenían por objeto averiguar la voluntad de los dioses. En cualquier caso, reyes, altos funcionarios y súbditos comunes vivían pendientes de toda clase de signos y presagios para pulsar en cualquier momento la voluntad de los dioses. Ese comportamiento se consideraba normal y deseable en aquella sociedad, ya que la consecuencia de averiguar la voluntad de los dioses era acatarla, y en eso había que buscar toda conducta. MESOPOTAMIA. PRIMERAS CIVILIZACIONES HISTÓRICAS. SEGUNDA PARTEEl ejército.
Asiria fue una potencia militar que necesitaba unas fuerzas armadas organizadas y eficaces. Pero, carecemos de información pormenorizada al respecto. Los éxitos en este terreno avalan las suposiciones sobre la efectividad del ejército. Si se tiene constancia, por las fuentes, de la extrema crueldad de los asirios, que recurrían al terror como arma psicológica, táctica que seguían empleando durante el Imperio nuevo, en la cúspide de su poderío. Las deportaciones en masa, la quema de ciudades y la costumbre de decapitar a los prisioneros y apilar sus cabezas eran moneda corriente.
Economía.
El cultivo más extendido era la cebada. La cantidad necesaria de simiente de esta gramínea por unidad de superficie servía para estimar el valor de una propiedad rural y, en consecuencia, fijar los impuestos. De estos últimos podía eximir el rey, cosa que hacía para asegurarse la fidelidad de altos funcionarios y colaboradores próximos.
No parece que las técnicas agrícolas difirieran de la época anterior, ni tampoco los modos de producción, salvo que en Asiria consta la existencia de servidumbre de la gleba, esto es, la adscrita a la propiedad, de tal modo que si ésta era enajenada pasaba al nuevo dueño junto con los siervos que trabajaban la tierra.
Si la importancia de la cebada queda atestiguada por su utilización con fines catastrales y fiscales, en este periodo ya no se empleaba como la plata, desplazada por un nuevo metal al que tal vez se atribuía especial valor: el plomo. En efecto, se utilizaban como "dinero" lingotes de plomo con un sello grabado.
De las actividades comerciales y artesanas se sabe poco, pero se puede colegir que no tuvieron la relevancia que conocieron en época babilónica. Asiria era una potencia militarista y conquistadora, y obtenía sus mayores beneficios del expolio y de la imposición de tributos.
LA ÉPOCA DE LOS GRANDES IMPERIOS.
El imperio nuevo asirio.
La administración.
El Imperio adquirió una extensión y una complejidad que obligaron a mantener una administración prolija y eficaz y un cuerpo funcionarial numeroso y competente. La incorporación de nuevos territorios significaba añadir pueblos de culturas heterogéneas a la soberanía del monarca asirio, y eso aumentaba la necesidad de disponer de una maquinaria gubernamental capaz de asimilar provechosamente esa transformación continua. El rey contaba con varios delegados de confianza, a los que enviaba a los distintas partes del territorio con misiones de supervisión. Se conserva mucha documentación de esta época, pero en ella no abundan las quejas, las denuncias, ni los informes desfavorables, lo que induce a suponer que los funcionarios eran buenos profesionales y se atenían al juramento de fidelidad que debían prestar al rey.
El derecho.
En este punto, las fuentes, principalmente los abundantes documentos privados, nos ofrecen la imagen contradictoria de una sociedad mas variada y compleja, pero desprovista de una codificación clara, hasta el punto de que podría suponerse un retroceso en este campo incluso más acentuado que en el periodo anterior. Parece que predominaba el criterio consuetudinario y que muchos litigios se resolvían entre las partes, sin intervención del juez. Y más grave incluso: tenemos constancia de asesinatos y delitos mayores que se "arreglaban" mediante acuerdos entre responsables y perjudicados, y que se recurría a la ley con fines arbitrales. Cuando se optaba por esto último, la sentencia solía caracterizarse por su lenidad. De esta débil presencia de la justicia da fe el que la mayoría de los documentos privados no precisen del concurso de testigos, que eran anteriores; bastaban ahora los sellos de las partes contratantes.
El ejército.
Por la propia lógica de su desarrollo imperialista, Asiria no pudo contar con sus propias fuerzas para sostenerse militarmente, por lo que hubo de recurrir a mercenarios. Las filas del ejército se nutrieron de hombres procedentes de las tribus periféricas, a las que se eximía de impuestos y a las que se reconocían otras ventajas a cambio de aquel servicio. Sobre las tácticas empleadas no es mucho de lo que se sabe, salvo lo que cabe deducir del examen de los relieves. En relación con épocas anteriores, las innovaciones representadas por las armas de hierro, el caballo y el carro ligero debieron de ser otras tantas claves en los tributos de los ejércitos asirios.
Economía.
La propiedad de la tierra y los criterios para valorarla se mantuvieron como el periodo anterior, por lo que se desprende de los documentos. La corona percibía enormes ingresos por tributos y botines, con lo que la economía productiva ocupaba un lugar secundario. De esa abundancia da fe la importante actividad constructora y artística.
Religión y adivinación.
No hay razones para creer que en este periodo se produjeran cambios sustanciales, aunque la incorporación de nuevos territorios significaría incorporara también a sus dioses. La documentación ilustra sobre el culto de Asur y las ceremonias a las que asistía el monarca con motivo de la consagración de estatuas, de las vestiduras destinadas a éstas o de otros aspectos de aquella peculiar liturgia. También se conservan rituales para sanar enfermos y para las distintas circunstancias de la vida.
Pero lo que, a tenor de las fuentes disponibles, alcanzó especial relevancia en este periodo fue la adivinación. Las técnicas eran muy variadas e irrumpió con especial fuerza la astrología de origen babilónico. Entre las formas de interrogación del futuro señalamos la interpretación de los sueños de un sacerdote, supuestamente inspirados por el dios. La consulta se inscribía en una tablilla y se colocaba junto a la estatua de la divinidad. El sacerdote daba su pronóstico en otra tablilla que dejaba en el mismo lugar. Incluso el rey se sometía a estas prácticas antes de decidir cuestiones de Estado. Las tablillas encontradas reflejan unas preocupaciones que contrastan más que sospechosamente con el triunfalismo de las versiones oficiales de anales e inscripciones. Los fenómenos atmosféricos, el vuelo de los pájaros y la observación del hígado de los animales ritualmente sacrificados eran otros tantos recursos mánticos.
Los conocimientos astronómicos de los babilonios eran los más avanzados del Próximo Oriente. Consecuencias del pensamiento analógico dominante de las sociedades antiguas era la estructuración de un sistema de correspondencias los movimientos de los astros y el destino de los seres humanos. Las posiciones aparentes de los astros determinaban los días fastos y los nefastos para emprender determinados asuntos. La Luna desempeñaba un papel importante, en general favorable, lo mismo que Venus, Marte y Júpiter ejercían influencias variables. Durante el plenilunio se celebraban ceremonias propiciatorias. Los eclipses, que se predecían con desigual acierto aplicando criterios empíricos, pues se carecía de la necesaria base científica, solían tener una lectura desfavorable.
La observación del firmamento por la casta sacerdotal babilonia trajo consigo cambios en las creencias religiosas. El descubrimiento principal fue la invariabilidad de las leyes astronómicas, de la que se dedujo la eternidad del mundo, que no tenía ni principio ni fin. Así lo habían dispuesto las fuerzas divinas que actuaban desde fuera, lo que venía a poner en tela de juicio la religión tradicional o al menos su aceptación al pie de la letra, abriéndose paso una interpretación más simbólica y distanciada.
El Imperio neobabilónico.
De todos los periodos que llevamos estudiados, éste es el más breve, pero también, junto con los últimos reinados del Imperio nuevo asirio, el que nos aporta más información.
Además, representa la cumbre de la civilización mesopotámica, su punto de máxima madurez, elaboración y universalidad. No es la época más creativa, pero sí la más prestigiosa: representa, salvando las distancias, lo que el helenismo para la cultura griega. Un ocaso esplendoroso para una civilización milenaria.
La ciudad de Babilonia.
Según el Poema de la Creación, Babilonia era tan antigua como el mundo mismo y estaba destinada a ser morada de los dioses. Las evidencias arqueológicas demuestran que si bien el lugar estuvo habitado desde época prehistórica, se mantuvo como una población de escasa importancia durante el periodo sumerio. Parece, eso sí, que desde muy pronto fue un centro religioso organizado en torno al culto de Marduk. El propio nombre de Babilonia, (bab ilani, Puerta de los Dioses) es semita, lo que corrobora su papel marginal en época de predominio sumerio. La función religiosa la conservó y la potenció con el paso del tiempo, pero la ciudad fue ganando peso político y económico a partir sobre todo de la III dinastía de Ur.
Babilonia fue saqueada y destruida en varias ocasiones a lo largo de su prolongada y densa historia, por lo que la arqueología ha identificado varios estratos de otras tantas épocas. Por debajo del nivel correspondiente a la I dinastía el registro resulta confuso, pero las épocas más recientes permiten delinear situaciones bastante definidas. Así, se sabe que, pese a las destrucciones, el plano general de la ciudad no se modificó sustancialmente desde el reinado de Hammurabi. La mayoría de los restos, sin embargo, proviene de los tiempos de Nobucodonosor. En el siglo V a.C., el historiador griego Herodoto visitó la ciudad y nos ha dejado una descripción que revela la pervivencia de muchos elementos neobabilónicos.
El Éufrates de dos la aglomeración urbana, que aún conservaba sus murallas. Éstas delimitaban un rectángulo, con el río de por medio, de 18 km de perímetro. Herodoto, tan dado a las exageraciones, les atribuía unos 90 km. Databan del reinado de Nobucodonosor, eran la ladrillos cocidos cohesionados con asfalto, y estaban coronadas por una amplia avenida a modo de camino de ronda. A intervalos regulares se alzaban torres de vigía. Una muestra de la habilidad de los ingenieros babilonios sería una prolongación de la muralla que atravesaría el río a modo de puente. Las viviendas tenían en su mayoría dos o tres pisos y se levantaban en calles dispuestas en tablero de ajedrez. Las puertas abiertas en la muralla, que eran numerosas entre principales y secundarias, estaban forradas de bronce. Concéntrica a la muralla exterior había otra interior, de ladrillo crudo, para reforzar la defensa. En el centro de cada una de las dos mitades en que el río dividía la ciudad, se erigía una ciudadela que encerraba, respectivamente, el palacio y el templo de Marduk. El primero, en la parte meridional, estaba protegido por otro recinto amurallado. En cuanto al templo, tenía una planta cuadrada de casi 190 m de lado. Las puertas eran de bronce. En el centro se elevaba un zigurat de ocho plantas con la acostumbrada disposición de cuerpos decrecientes. El ascenso se efectuaba mediante una rampa. En lo alto se situaba el templo del dios, en el que había dispuesto un lecho ricamente adornado con una mesa de oro a su lado. Herodoto manifiesta no creer que descendiera del cielo para reposar allí, y por lo que nosotros sabemos era el escenario de las hierogamias.
En torno al templo se organizaba una auténtica ciudad dentro de la ciudad. Allí residían los sacerdotes, funcionarios, adivinos y multitud de sirvientes. En una sucesión de patios y recintos, se multiplicaban jardines, establos, bodegas, almacenes y otras dependencias. El conjunto se consideraba sagrado, y nadie podía penetrar sin el debido permiso, bajo pena de empalamiento.
Las ocho puertas de la ciudad estaban dedicadas a otras tantas divinidades: la de Marduk era la oriental, el punto por el que sale el sol. En cambio, el acceso mejor y más frecuentado era la calzada que procedía del norte y penetraba en la ciudad por la puerta de Ishtar. La puerta del mismo nombre, abierta en la muralla interior, es el famoso monumento que se exhibe, reconstruido en Berlín. Desde aquí hasta el templo de Marduk, se extendía la majestuosa vía procesional, de más de 1 km de longitud, pavimentada con piedra caliza y mármol rojo, bordeada de templos y palacios y adornada con estatuas. En torno a esta vía se extendía el barrio llamado de Merkes, habitado por gente principal y que fue donde se realizaron las primeras y más abundantes excavaciones. También era el más antiguo, probablemente el núcleo fundacional de la cuidad. Las avenidas estaban enlosadas, y las viviendas eran de forma cúbica, de ladrillo, sin ventanas, rodeadas de jardines y provistas de pozos.
Según la reconstrucción ideal efectuada por el arqueólogo Unger, la muralla exterior estaba recorrida por un canal que subrayaba la disposición rectangular del conjunto urbano. Otro canal describía una curva que dividía en dos partes irregulares la ciudad antigua, para salir del recinto junto a la puerta de Zabada, al sureste. Otro canal, de trazado recto, cruzaba la ciudad nueva, al otro lado del Éufrates, y terminaba en el canal de circunvalación al pie de la muralla, al oeste. A fin de regular las crecidas del río y asegurar el abastecimiento a los campos y a la ciudad, Nabucodonosor desvío el curso del Éufrates y mandó abrir un largo canal, cuyo caudal estaba regulado por un gran embalse provisto de esclusas, aguas arriba.
En el corazón de la llanura ciudadela meridional se alzaba el palacio de Nabucodonosor. Las puertas principales, flanqueadas por figuras de leones talladas en basalto, según el modo asirio, daban paso al primero de cinco grandes patios, profusamente decorados con azulejos vidriados. Al fondo se hallaba el salón del trono, rectangular. Como en otros lugares del palacio y en los templos, predominaba la decoración de azulejos. Sobre la puerta principal lucía un friso con representación de leones. En el interior los motivos eran florales y vegetales, y las columnas, esmaltadas en diversos colores o doradas, se remataban con capiteles de doble cuerpo.
En torno a este conjunto, que podría considerarse el eje principal, se erigían edificios auxiliares y numerosos patios. Allí se acomodaban funcionarios y militares encargados de la guardia y escolta, además de los aposentos privados del rey, de sus familiares, el gineceo, etc. También parece que había talleres artesanos donde se fabricaban objetos de uso de la corte, sobre todo piezas de cerámica.
Los patios, a cielo abierto, eran los escenarios de las principales actividades, pues el clima mesopotámico permitía desarrollar gran parte de la vida al aire libre.
La tradición mesopotámica de tomar nota de todo y dejar constancia escrita, llega al extremo de consignar en cada una de las losas de la vía procesional el nombre del rey que la mandó colocar, el lugar donde si situaba, etc. Otros ladrillos, losas y elementos de construcción llevan inscripciones parecidas, con lo que la excavación de muchas partes de Babilonia se presenta como un auténtico libro abierto.
También en la parte meridional de la ciudad, en una elevación del terreno, se erigió una colosal estatua de oro de Nabuconodosor, que se calcula que pesaba cuatro toneladas. Se concibió para que fuera visible desde la llanura circundante y para que brillara al sol de manera espectacular.
En el momento de su máximo esplendor, la ciudad y su entorno inmediato pudieron albergar hasta un millón de habitantes.
El enigma de los jardines colgantes.
Durante siglos se ha dado por supuesta la existencia de los jardines colgantes de Babilonia, que los griegos catalogaron entre las siete maravillas del mundo. De nuevo las descripciones más pormenorizadas nos las suministra Herodoto, cuya tendencia a lo fantasioso le convierte en una fuente escasamente fiable.
Según la tradición, los jardines fueron construidos por Nabucodonosor, aunque versiones más imaginativas se los adjudicaban a la asiria Semíramis. Y cómo no, tratándose de leyendas, en el origen habría una historia de amor; la esposa del monarca, la princesa meda Amitis añoraría los verdes y agrestes paisajes de su tierra, y su regio esposo, para complacerla, habría creado aquella montaña artificial coronada por un vergel en medio de la monótona llanura de Mesopotamia.
Los jardines no "colgarían" en sentido estricto; el malentendido proviene de una traducción poco matizada al latín del adjetivo griego kremastós, cuyo significado primario es, en efecto, colgado o suspendido, pero que se aplica también a aquello que sobresale horizontalmente por encima. Podría aplicarse, por tanto, a una terraza, balcón o voladizo. La traducción latina aludida fue pensilis (pendiente; lo que pende, colgante). Este término se ha identificado de tal modo con los jardines babilónicos, que el Diccionario de la Real Academia Española da entre las acepciones de pensil "jardín delicioso".
El geógrafo griego Estrabón describió los jardines en el siglo I a.C., si es que tal descripción corresponde realmente a la obra de Nabucodonosor: "Consiste en terrazas abovedadas, alineadas una encima de otra, apoyadas en pilares cúbicos. Éstos están huecos y se llenan de tierra, a fin de permitir la plantación de árboles del mayor tamaño. Pilares, bóvedas y terrazas son de ladrillo cocido y asfalto... El ascenso hasta la última planta se hace mediante peldaños. En un lado hay máquinas hidráulicas, con cuya ayuda unas personas dedicadas a esta tarea elevan continuamente agua desde el Éufrates al jardín".
Está claro que Estrabón describe aquí un ingenio que tomaría agua del río y la vertería mediante cangilones en un aljibe situado en un nivel más elevado. El aljibe dispondría de compuertas que permitirían la distribución del agua a través de acequias por todo el jardín.
Otra fuente clásica Diodoro Siculo, informa haber visto las ruinas de los famosos jardines: las plataformas que los sustentaban consistían en grandes losas de piedra cubiertas por capas de juncos, asfalto y ladrillos. Encima se extendían láminas de plomo, con el fin de que la humedad desprendida de la tierra no llegara a dañar los cimientos.
Sobre este conjunto se depositaría tierra en cantidad necesaria para que crecieran árboles grandes.
Diodoro informa de que el recinto tenía planta cuadrada, cuyas medidas equivaldrían a 120 m de lado y unos 25 m de altura. Otros cálculos sitúan la altura al mismo nivel que la muralla contigua. En todo caso, parece que Herodoto exagera una vez más, pues adjudica a los jardines una altura de cien metros.
Pero, ¿Confirma la arqueología las descripciones de las fuentes narrativas? Cuando Koldewey emprendió la excavación de las ruinas de Babilonia, en 1.899, la que fuera opulenta ciudad se reducía a un tell de desechos arcillosos en medio de un paisaje desértico. A lo largo de 15 años, consiguió sacar a la luz las murallas externa e interna, los cimientos del gran zigurat, que la tradición identificaba con la bíblica torre de Babel, los palacios de Nabuconodosor y la vía procesional.
Cuando se excavaba la ciudadela meridional, aparecieron las ruinas de unas amplias cámaras abovedadas, de piedra. Y dado que las fuentes antiguas consignaban que las únicas construcciones de piedra eran la muralla norte, en la ciudadela septentrional, que ya había sido hallada, y los jardines colgantes, parecía evidente que aquellas estructuras sólo podían corresponder a la legendaria maravilla del mundo. Koldewey encontró muchas confirmaciones a la narración de Diodoro Sículo. En el suelo de una de las cámaras se abrían unos grandes agujeros que el arqueólogo dedujo destinados a alojar el mecanismo hidráulico. Éste pudo haber consistido en una rueda situada en la corriente del río y otra de lo alto de los jardines. Ambas estarían unidas por una cadena, que transmitiría el movimiento y que iría provista de cangilones, los cuales, sucesivamente, recogerían agua en la parte inferior y la verterían en el aljibe situado arriba. En todo caso, el tamaño del conjunto sería inferior al calculado por los autores clásicos: según Koldewey, la planta tendría unas medidas de 30 x 45 m.
La sociedad.
En la Babilonia imperial, como era tradición en Mesopotamia, la familia constituía el cimiento de la sociedad. En esa materia, el derecho había cambiado mucho desde la codificación de Hammurabi, si bien se conservan algunos elementos constantes: la autoridad del padre, el depósito que el novio hacía al comprometerse con su futura mujer y la dote. En relación con el papel del padre y de su estirpe, se adoptó el uso, sobre todo entre familias principales, de ostentar un patronímico, por lo general tomado de un antepasado, a la manera de algunas dinastías reinantes de Oriente.
Por lo que se refiere al régimen matrimonial, la dote última podía ser sustituida por una hipoteca sobre los bienes del padre de la novia a favor del yermo. Los casos de repudio parece que se multiplicaron, a tenor del gran número de tablillas sobre el asunto. Es posible que este tipo de contratos tuviera alguna dimensión religiosa, cosa que no sucedía con anterioridad, ya que no se formalizaban ante un funcionario civil, sino ante un shangu o administrador del templo. Lo mismo sucedía con las adopciones. Las herencias no parece que se atuvieran a usos distintos de los ya conocidos. El primogénito mantenía el derecho a dos tercios del patrimonio. Si una mujer no tenía hijos varones pero sí hijas, podía dejarles sus bienes.
Una curiosa costumbre recogida por Herodoto y sin duda falsa, pero que, seguramente, alimentó la fama de disipación y libertinaje atribuida a Babilonia, era la prostitución "forzosa" de todas las mujeres. El historiador griego no explica si se debía a motivos religiosos, económicos o demográficos, pero, siempre según él, cada mujer tenía la obligación, al menos una vez en su vida, de entregarse a un extranjero a cambio de una retribución. Todo parece indicar que no se trataba de una costumbre común y mucho menos una obligación, sino que se explicaría por razones de penuria económica. Sí consta, por las tablillas de contrato halladas, que muchos dueños se lucraban prostituyendo a sus esclavas.
Persistía la esclavitud, y quizás el número de esclavos aumentó en alguna medida. Los contratos de veta incluyen un "seguro" contra la huida del esclavo, la reclamación de una amo interior y otras contingencias. Parece que además del servicio a su dueño, el esclavo venía obligado a alguna prestación social o militar cuya naturaleza desconocemos pero que en los contratos figura como "servicio del rey".
Las tablillas por lo demás, son poco explícitas en lo tocante a cómo vivía el común de la población babilonia. Por los hallazgos arqueológicos y por las fuentes narrativas griegas podemos establecer algunas conclusiones sobre la vida cotidiana. Parece que se cuidaba especialmente la higiene, dada la proliferación de parásitos e insectos, que prosperarían en el ambiente pantanoso mesopotámico. Se otorgaba importancia al aseo, en particular al baño, así como al uso de perfumes y cosméticos. Los hombres llevaban barba, cuya longitud y corte variaba según la edad y la posición social. Por las razones antes apuntadas, se extremaba el cuidado de ese aditamento así como el del cabello, por lo que el oficio de barbero era de los más solicitados. Como en muchas ciudades orientales de hoy día, esos artesanos ejercían su oficio en plena calle. Por supuesto que las clases humildes y serviles no estaban en condiciones de dedicar tiempo y recursos a la higiene y los ciudadanos, circunstancia que favorecería la extensión de los parásitos a las clases altas.
El clima cálido determinó que los vestidos evolucionaran poco con el tiempo y se redujeran a túnicas de lana cuyos adornos solían limitarse a unos flecos. Las mujeres teñían esas túnicas de colores vistosos y les añadieron drapeados, volantes y otros adornos. Salvo las esclavas y las prostitutas, todas las mujeres se cubrían con un velo. Las prendas de cabeza para resguardarse del sol eran turbantes o unas gorros de forma más o menos cónica. El calzado era muy sencillo: sandalias de suela plana, atadas al tobillo con correas o cordones.
Naturalmente, reyes, dignatarios y sacerdotes, según ponen bien de manifiesto los relieves, ostentaban joyas y vestiduras más recargadas. El soberano llevaba el gorro cilíndrico reservado a él y que equivaldría a una corona.
El ejército.
Al parecer, el ejército se organizaba a imitación del asirio en un momento de máximas conquistas. A la sociedad le correspondía sostenerlo, y según se refleja en algunas tablillas, sobre ciertas personas pesaba un impuesto de guerra, y otras se encargaban del sostenimiento total o parcial de un soldado. Las campañas militares eran anuales, como venía siendo tradición, y se desarrollaban en verano y otoño. Era raro el año en que no se emprendía una acción bélica, y los periodos prolongados de paz eran inconcebibles.
El derecho y la administración de justicia.
Ya se hizo mención de la crisis en que había caído la tradición jurídica establecida por Hammurabi. Los usos en este ámbito se parecen más a los reseñados al tratar del Imperio asirio. Se tendía, en efecto, a preferir el arreglo amistoso y el arbitraje al litigio. Si en otra época el recurso al arbitraje venía precedido de un juramento formal de aceptar su decisión, ahora esta costumbre no se observaba siempre o era sustituida por una fórmula magicorreligiosa de maldición a quien no acatara lo decidido. Tampoco desempeñaban el papel relevante de otros tiempos las pruebas escritas, en tanto tendía a admitirse con más facilidad la prueba testifical.
Economía.
Babilonia contaba con un entorno sumamente fértil, cuyas cosechas satisfacían con creces las necesidades locales. En los cultivos se aplicaba la rotación trienal. La contribución se abonaba en parte en especie y en parte en plata. Los arrendatarios pagaban con una cantidad proporcional de la cosecha recogida.
Las actividades artesanales cobraron un notable auge, y se reglamentó el aprendizaje de oficios. En el caso de aprendices esclavos, el dueño de éstos se lucraba de su trabajo, y si el esclavo no recibía la formación adecuada el dueño tenía derecho a ser indemnizado. Los aprendices libres no cobraban, y del fruto de su trabajo se beneficiaba el patrón. En algunos contratos, sin embargo, se prevé una gratificación para el aprendiz.
La actividad más importante era el comercio, y esto se refleja en el considerable aumento de los precios del transporte terrestre y fluvial en relación con épocas anteriores. El ámbito de las transacciones mercantiles babilonias coincidía, en líneas generales, con el de expansión de la lengua aramea, que se había convertido en el idioma internacional para los negocios. Los arameos y quienes conocían su idioma eran muy solicitados como viajantes de comercio. Si las operaciones resultaban beneficiosas, se repartían la ganancia a partes iguales con el patrono, pero las pérdidas las asumían por entero los viajantes. Los abundantes contratos mercantiles que se conservan especifican con toda precisión las condiciones y los litigios se resolvían ante los tribunales.
Además de materiales de construcción, textiles y otros productos estrictamente necesarios, la gran prosperidad económica animaba un vigoroso tráfico de artículos de lujo, como piedras preciosas, muchas de las cuales provenían de Asia central: perlas del mar Rojo, especias de la India, etc. Muchas de las campañas imperialistas emprendidas por los reyes de Babilonia tenían por finalidad asegurar las rutas de caravanas o someter emporios mercantiles que les hacían la competencia, como en el caso de Tiro. Se sabe que Nabuconodosor concibió el proyecto, que no pudo llevar a cabo, de construir una ciudad en el desierto de Arabia que sirviera de etapa caravanera, dotada de todos los servicios. Al mismo tiempo, esa ciudad se convertiría en el mayor centro de distribución de productos del mundo, asegurando, tanto por su posición estratégica como por sus posibilidades de defensa, el control definitivo de Babilonia sobre el comercio en el Próximo Oriente. Festivales religiosas.
No se aprecian diferencias esenciales en materia de creencias respecto de periodos anteriores, pero, como es lógico, el auge de Babilonia significó también el de su dios local, Marduk, cuyo templo alcanzó su máxima brillantez bajo Nabuconodosor, quien no escatimó los metales nobles ni las piedras preciosas para decorarlo. Los antiguos dioses sumerios seguían ocupando un lugar destacado en el panteón, pero todos se presentaban como aspectos "especializados", que no oscurecían el papel de una divinidad suprema, lo que tal vez escondiera alguna forma de monoteísmo solar o, al menos, de tendencia a él. Y eso es patente desde época sumeria. Fuera, pues, de discusión la preeminencia de Marduk, los reyes babilonios, y nos consta especialmente en el caso de Nabonido, se preocuparon de proteger otros templos de otras ciudades como los de Sippar, Ur, Uruk, Larsa y, por supuesto, el santuario nacional de Nippur.
Los festivales de Año Nuevo en honor de Marduk se celebraban coincidiendo con el equinoccio de primavera, inicio del año solar, concepto que recoge la denominación zagmuk con que se conocían en su conjunto. Revestían especial solemnidad, pero los acompañaban festejos populares en los que reinaba el regocijo más desatado.
El rito principal era una procesión desde el templo de la ciudad al templo extramuros, y que el parecer no sufrió grandes variaciones respecto de épocas precedentes. En las procesiones figuraban estatuas de los dioses menores, en muchos casos con atavíos de guerra y desfilando en sus correspondientes carros.
Del periodo neobabilónico sabemos que las fiestas duraban 12 días, uno por mes. Se encontraban plegarias, se realizaban ritos de purificación, a los que se sometía el mismo rey, y se ofrecían sacrificios. El sacerdote oficiante debía recitar en toda su extensión, en su original sumerio, el Poema de la Creación. Al parecer, el simbolismo básico de estas ceremonias era la fertilidad y regeneración, con la representación de la muerte y la resurrección de Marduk. Para saber si Marduk era propicio, el sacerdote propinaba una bofetada al rey: si a éste se le saltaban las lágrimas, Marduk estaba de su parte; si las lágrimas no asomaban, podían imaginarse los peores presagios, sobre todo en materia bélica. Parece que el momento culminante de las celebraciones era cuando el rey "daba la mano" a la estatua de Marduk.
Quizá menos solemne, pero muy colorista y al parecer con episodios orgiásticos, eran las fiestas en honor de Ishtar, diosa de la generación, el amor, el placer y la muerte. En los barrios populares de Babilonia estas fiestas desembocaban en abierto libertinaje.
Estrabón, que conoció estas celebraciones en fecha tardía, se sintió escandalizado. En el interior del templo oficiaban las sacerdotisas consagradas a la diosa. Los devotos aportaban ofrendas consistentes en viandas de todas clases, de las que daban cuenta las sacerdotisas, los sacerdotes y los artesanos y personal de servicio adscritos al templo. También se oficiaba un ritual simbólico de castración, que culminaba arrojando al río una cabeza de carnero sacrificado ateniéndose a rigurosas prescripciones.
En el exterior, una muchedumbre bulliciosa consumía grandes cantidades de comida, cerveza, vino de palma, hidromiel y frutas, en medio de una algarabía de cantos y músicas, acompañados de flautas, oboes y tamboriles, éstos hechos con cuero de buey. Toda la ciudad se iluminaba con antorchas y braseros perfumados, y al ir y venir de las gentes se sumaba una legión de vendedores ambulantes, adivinos, curanderos y otros.
Especial importancia se atribuía a la hierogamia, quizá la ceremonia culminante de los ritos de honor de Ishtar. La protagonista principal de esta ceremonia era una sacerdotisa virgen, que había permanecido recluida en el templo recibiendo instrucción religiosa y preparándose para el gran día.
El sacerdote recitaba el Poema de la Creación y se iniciaba una procesión en la que participaban sacerdotes, magos y unos exorcistas encargados de ahuyentar a los demonios que pretendían apoyarse de la joven para hurtársela al dios. Un sirviente acompañaban la antorcha sagrada, que había servido para prender otras antorchas y braseros en toda la ciudad y que sólo podía apagarse con leche de camella. La procesión concluía en el gran zigurat del templo de Marduk. Una vez allí, la joven consagrada al dios ascendía por la rampa hasta el santuario de la cúspide, donde se acostaba en el lecho allí preparado y pasaba la noche aguardando la visita de Marduk. Podría ser que tal visita fuera real en la persona de un sacerdote, y se consumara el acoplamiento ritual que significaría la entrega de Babilonia a su patrono y la repetición simbólica del rito de fecundidad. Este rito aseguraría la renovación de la naturaleza, dando buenas cosechas y derramando prosperidad.
Por estar consagrada al dios supremo, Babilonia se consideraba la ciudad "suprema del mundo", como se declaraba en un viejo texto de Hammurabi. A Marduk se le representaba como un rey: con barba y largo cabello rizados, tocado con un gorro cilíndrico muy adornado; vistiendo una larga y rígida túnica decorada con estrellas inscritas en círculos; mostrando con la mano izquierda los emblemas de su realeza, el cetro y la diadema, y blandiendo en la derecha un arma ritual parecida a un alfanje. Su animal emblemático, que le/ suele rodear en las representaciones, es un ser fabuloso con cuerpo de pez, cabeza con cuernos, cola de escorpión, garras delanteras de león y traseras de buitre. De origen sumerio, pues ya se encuentra en la decoración del vaso de libaciones de Gudea, simboliza los cuatro elementos: tierra (el león), agua (el pez), aire (el buitre) y fuego (el escorpión). Adivinación.
La adivinación siguió desempeñando un papel capital, ya que en toda circunstancia se consultaban los augurios mediante las técnicas a las que ya se hizo mención en otro apartado. Cobró especial auge la astrología, y se atribuyeron a los babilonios unos conocimientos esotéricos basados en la numerología y la hermenéutica de los textos sagrados. La Biblia ha contribuido a rodear a aquellas gentes de tal fama de adivinos y magos, que muchas veces la simple palabra "caldeo" era sinónima de experto en artes ocultas. Sin embargo, la moderna investigación no parece dispuesta a corroborar el fundamento de tales suposiciones en materia de saberes arcanos.
En el breve periodo transcurrido desde el hundimiento del Imperio asirio se realizaron notables descubrimientos astronómicos que contribuyeron al prestigio de la astrología, el cual se convirtió en una auténtica "nueva religión", desplazando en buena medida a la tradicional.
Seguramente la primera conquistó a las clases altas e ilustradas, y la segunda continuó nutriendo la religiosidad popular y las supersticiones. A la larga, la astrología acabaría derivando en teología y dando lugar a una "religión astral" que enraizó en el mundo helenístico. El engarce de la astrología con la religión tradicional se logró atribuyendo a las divinidades el gobierno de planetas y signos zodiacales. En cualquier caso, la inmutabilidad y regularidad de los ciclos astrológicos, además de alimentar el concepto de eternidad, abonó el de necesidad, que obliga a los propios dioses.
Éste determinismo perdía rigidez cuando, a veces, ciertas apariciones inesperadas, como los cometas o las lluvias de excepcionalidad, una intervención de la voluntad divina que introducía lo arbitrario en el orden inmutable de la naturaleza. Esto justificaba los ritos y las invocaciones de los sacerdotes. Porque si el examen de los astros permitía predicciones guiadas por el fatalismo, las ceremonias de purificación, los sacrificios y los encantamientos podían inducir a los dioses a aportar aquel elemento de arbitrariedad capaz de conjurar el mal y de atraer bendiciones sobre los hombres y sus obras. Lo cual venía a ser una concesión a la religiosidad popular y una justificación del mantenimiento del culto. Pero al margen de esta excepcionalidad comprobada empíricamente y propiciada, prevalecían las inflexibles leyes que regían los astros y que permitían, mediante observaciones y cálculos, desentrañar el futuro.
En definitiva, en aquella sociedad, como en todas las teocracias, la ciencia y la erudición estaban estrechamente ligadas a la creencia religiosa, si es que unas y otra no se confundían, pero esta unión se dio en Babilonia quizá más que en otros lugares, y así a unos dioses que no se habían desprendido de su primitivismo, acabamos por verlos coexistir primero con una actividad científica exigente en cuanto a rigor, y al cabo sometidos a la exactitud de leyes matemáticas. Pero la contradicción es sólo aparente, pues se nutre de una concepción bastante común en las sociedades tradicionales. En Babilonia, como en otras sociedades de ese tipo, no era lo mismo el número que la cifra, a diferencia de lo que sucede en el mundo moderno. La palabra, el verbo, tenía una fuerza mágica, era capaz de crear, de generar una energía que podía proyectarse en una dirección concreta mediante ritos y encantamientos. El número, como expresión de la palabra creadora, tenía una fuerza activa, era un símbolo y poseías unas propiedades que eran atributos sagrados. En este esquema de creencias, la astrología vendría a ser una rama de las matemáticas que habría sido revelada a los hombres por los movimientos periódicos de los objetos celestes.
EL OCASO DE LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA.
Como ya ha quedado de manifiesto, la rica civilización creada en Sumer y llevaba a su culminación en Babilonia, no desapareció con el fin de la independencia política de Mesopotamia. Su prestigio alimentó una prolongada supervivencia que sólo cedió en alguna medida ante el empuje de una cultura renovadora, fácilmente asimilable y con vocación universal: la griega. Aun así, como ya se dijo, la cultura mesopotámica pervivió, en algunos ámbitos, hasta comienzos de la era cristiana.
La vieja religión seguía floreciente, de lo que dieron cumplido testimonio los historiadores griegos, que aún pudieron contemplar sus fastos. Sufrió un contratiempo con la política de asimilación del persa Jerjes, que mandó destruir el templo de Marduk. Su propósito consistía en imponer en todo su imperio la religión mazdea y extender el poder de su casta sacerdotal, los magos.
Con los Seléucidas, las creencias tradicionales recuperaron su vitalidad, con sus principales centros en Babilonia, Borsippa, Uruk y Sippar. La figura de Beroso, el sacerdote helenizado de Marduk, es notable no sólo por el interés que despierta su personalidad, sino porque fue el más destacado de una serie de autores, por los demás mal conocidos, que se entregaron a la tarea de recopilar el legado mesopotámico. En las escuelas de los templos se advierte gran actividad en época seléucida, y sabemos que se copiaban viejos textos litúrgicos, muchos de ellos encontrados en las ruinas de los santuarios destruidos por los persas y durante las guerras subsiguientes. Incluso se recuperaron tablillas en los países limítrofes, adonde habían sido llevadas como botín.
Aunque considerada en su conjunto de helenización no pasó de superficial, las tablillas dan testimonio de la adopción por muchos individuos de un segundo nombre griego. Desapareció el uso de cilindrosello, y dejó de constar en los documentos el nombre del escriba, lo que puede evidenciar la decadencia de la profesión, tan prestigiosa durante siglos y un auténtico pilar de la cultura mesopotámica.
Otro capítulo del mayor interés es el auge, en esos últimos siglos, de la ciencia, en particular de la matemática y la astronomía, conocimientos que, por intermedio de los griegos, pasaron al mundo occidental. Una creación mesopótamica perdurable fue el calendario lunisolar, que los judíos adoptaron con fines litúrgicos, con sus fiestas móviles, durante la cautividad de Babilonia y que, a través de ellos, pasó al cristianismo.
A propósito del calado que tuvo la penetración griega, y que unas líneas más arriba ya se dijo que fue escaso, proceden algunas puntualizaciones. Entre las causas de que la helenización fuese lenta y parcial se ha apuntado la renuencia de los macedonios a mezclarse con los autóctonos como si se propusieran mantener la "pureza de sangre". Después de todo, los griegos consideraban a los persas prácticamente sus iguales; de otro modo no se entendería el proyecto de Alejandro de fusión entre ambos pueblos para dominar el mundo. En cambio, lo semita se veía como algo radicalmente ajeno. Apresurémonos a aclarar que no había en eso ni rastro de contraposición entre arios y semitas, que es un concepto contemporáneo.
Al cabo, también al helenismo le llegó su decadencia en aquellas tierras, antes de que se completara la contaminación, y los griegos fueron desplazados por los arsácidas primero y por los sasánidas después, tanto más cuanto que estos últimos impusieron una dirección inequívoca de hegemonía cultural irania.
Se han catalogado menos de dos centenares de documentos contractuales en cuneiforme de época seléucida, frente a los miles del período neobabilónico. No se descarta que se localicen más de los primeros, pero sin duda la escritura tradicional había perdido terreno a favor no del griego, siendo del arameo. En cambio, da idea de la conservación de la lengua tradicional para usos cultos el hecho de que nos haya llegado un par de millares de tablillas de época seléucida de textos religiosos y astronómicos. La lengua más empleada para esos fines era el arcadio. Por supuesto que el hallazgo y la publicación de nuevas fuentes documentales pueden modificar el panorama que muy sucintamente se acaba de delinear.
En el terreno económico, Mesopotamia se benefició de su ingreso en el "mercado común" que supuso el Imperio aqueménida, si bien la política asimilista de Jerjes significó un revés notable. Pero con los seléucidas la prosperidad volvió. Al comienzo, Mesopotamia importaba artículos de manufactura griega, como cerámica, pero a partir del siglo II a.C. su producción propia cobró extraordinario auge. El dinero se convirtió en el medio de pago más común, como lo prueban los hallazgos de buen número de monedas de plata acuñadas por los soberanos. De las cecas locales sólo salían piezas de cobre. En cualquier caso, los comerciantes babilonios dispusieron de un vasto mercado que iba desde Grecia hasta el Indo. Utilizaban los pesos y medidas propios para las transacciones internas, y los áticos para las exteriores.
La agricultura y la ganadería subvenían a las necesidades domésticas, lo que no estimuló las innovaciones técnicas. La artesanía si evolucionó, hasta el punto de constituirse auténticas empresas, con numerosos trabajadores, de cuyo estatuto de libertad, o esclavitud no tenemos ideas claras, pero que producían grandes cantidades de cerámica, tapices, textiles y cosméticos.
En la cerámica se advierten sendas tipologías en el norte y la región babilónica, que delatarían la existencia de dos áreas económicas bien diferenciadas en cuanto a producción y mercados. La cerámica septentrional se distribuiría sobre todo por Anatolia, mientras que la meridional, de característicos tonos verdes y azules, barnizada, alcanzaría enorme difusión, desde la cuenca mediterránea hasta el Extremo Oriente. Las cortes helenísticas y los potentados de las grandes ciudades se contaban entre los principales clientes.
Las rutas, no siempre seguras por las correrías de salteadores y piratas, atravesaban la meseta del Irán o bordeaban la península Arábiga, pero había una serie de etapas obligadas que dieron nacimiento a brillantes emporios, así, Seleucia del Tigris, Edesa o Palmira, prósperos nudos caravaneros.
La tradición jurídica babilonia se conservó hasta el final del periodo seléucida. Abogados y notarios constituían corporaciones influyentes y cerradas que velaban no solamente por la aplicación del derecho, sino también por conservar y enriquecer la tradición jurídica. Se recuperaron y copiaron textos antiguos y se añadió nueva jurisprudencia. En algunos documentos se recogen las vicisitudes que sufrieron hasta poder ser utilizados de nuevo. Los que se conservan de época seléucida, escasos como ya se dijo, no difieren en lo esencial de los de otras épocas, y contienen contratos de venta de inmuebles y de esclavos.
PANORAMA RELIOSO Y MÍTICO.
Mesopotamia nos ha legado los testimonios escritos más antiguos que se conocen en materia de religión. Ésta empezó a configurarse en el Neolítico y el sistema de creencias se consolidó con la vida urbana. Los hombres cobraron conciencia de sus posibilidades y, al mismo tiempo, de su fragilidad en una tierra que ofrecía cierto grado de bienestar a cambio de grandes esfuerzos para transformar el entorno; pero tales esfuerzos podía verse súbitamente malogrados por fenómenos naturales extremos y en apariencia caprichosos, como la sequía o la inundación. Aquellos hombres, en efecto, se sentían importantes ante unas fuerzas que les superaban y que, de vez en cuando, en lugar de "premiar" sus afanes, los "castigaban".
Esas fuerzas, todopoderosas e imprevisibles, parecían traducir estados de ánimo de benevolencia o ira. Así pues, los hombres debían esforzarse en entender el porqué de aquellos aparentes cambios de humor. Para sobrevivir y prosperar, era necesario profundizar en ese conocimiento y buscar la manera de ganarse la voluntad de aquellas fuerzas, ora hostiles, ora benéficas. Se formó así una mentalidad dramáticamente condicionada por lo inmediato, por la urgencia de no dejarse aniquilar por los elementos desatados; algo muy alejado de nuestro modo de pensar, que tiende a clasificar los fenómenos y a remontarse en la cadena de causas y efectos para hallar explicaciones racionales y claramente formulables.
La mentalidad arcaica propende de forma natural a personalizar los fenómenos, a proyectar su propia personalidad a ámbitos más allá de lo humano. Así, detrás de cada fenómeno había una fuerza, un espíritu si se prefiere, dotado de voluntad para beneficiar o perjudicar y con mayor o menor grado de poder. Y también detrás de cada ser viviente, de cada producto de la tierra, de cada enfermedad, de cada acontecimiento de la vida y, naturalmente, también detrás de cada persona. En esta jerarquía de espíritus, los dioses eran los más poderosos y gobernaban el universo mediante el juego de las fuerzas cósmicas. Los demás, de mayor o menor, estaban supeditados a ellos.
Desde el comienzo, el más poderoso de los dioses fue el cielo, Anu para los sumerios, porque el cielo todo lo envuelve, todo lo contiene, y los fenómenos que en él se desarrollan condicionan el escenario en que transcurre la vida del hombre. El mito de la creación.
Este mito, recogido en un poema, es básico en el sistema de creencias mesopotámico. En principio, era el agua; dos aguas, dulce y salada, sin límites ni orillas, pero que no se mezclaban. Cada una estaba rígida por una divinidad: la dulce, por Apsu, y la salada por Tiamat. En un momento dado, a pesar de que el tiempo aún no existía, ambas divinidades se unieron para dar nacimiento a un hijo, Lahmu, y una hija, Lahamu. Esta pareja, a su vez, tuvo un hijo, Anshar, y una hija, Kishar. Ahora, con esta procreación, los flujos acuáticos de tornaron más complejos, y se diferenciaron una región alta y otra baja, de modo que el embrión de mundo comenzó a tomar forma.
Esas divinidades primigenias cobraron conciencia de sí mismas y eso engendró el tiempo. También se repartieron sus dominios: Anshar se hizo cargo de que estaba arriba, y Kishar, de que estaba abajo. El hijo de esta pareja se llamó Anu y reinó sobre el cielo. Él lo configuró como una bóveda azul que por la noche se poblaba de estrellas. Al hijo de Anu, Ea, significativamente no se le adjudicó ningún dominio concreto: él representaba, en efecto, una fuerza desconocida hasta entonces, inconcreta pero muy efectiva: el saber, el conocimiento. Ea penetró en los secretos de los dioses, de lo pasado y lo por venir.
Las generaciones divinas se multiplicaron a partir de Ea, que las engendraba con la inmensa fuerza de su pensamiento, y cada nuevo dios que nacía venía a ser como una "especialización" de su padre. Todo el caudal de conocimientos de éste tuvo una personificación concreta.
Esta publicación de dioses rompió el equilibrio primigenio, y el dios más viejo, Apsu, se propuso restaurar el orden dual de las aguas dulce y salada. No encontró apoyo en Tiamat ni en los demás dioses, pues carecía de inteligencia y era de natural violento. Tan sólo le apoyaba en sus designios un enano, Mummu, que era a la vez su ayudante y su bufón. Ea, maestro de todas las sabidurías, se propuso neutralizar a Apsu, que por cierto sentía especial debilidad por su descendiente, poseedor de inteligencia, la cualidad que a él le faltaba. Ea, siempre prudente y comedido, no se sumaba a la algarabía que organizaban las jóvenes divinidades.
Ea, entre cuyos saberes se contaba la magia, proporcionó a Apsu un bebedizo que lo sumió en un profundo sueño. Entonces, le arrebató las insignias de su poder y lo decapitó. A Mummu lo redujo a cautiverio.
La desaparición de Apsu devolvió a los dioses la tranquilidad necesaria para ir conformando el mundo. Ea desposó a una diosa llamada Dankina, y les nació un hijo: Marduk. Desde el primer momento demostró haber heredado la sabiduría paterna, pero a esa cualidad se añadió una fuerza descomunal. Su padre decidió entonces otorgarle el doble de poderes que los demás dioses, lo que automáticamente le confería superioridad sobre ellos.
Marduk desplegó una actividad tal para organizar lo creado, que no tardó en alarmar a los dioses, que veían roto una vez más el orden celestial. Entonces se dirigieron a la vieja Tiamat, la de las aguas saladas. Ésta creó un ejército de monstruos para que lucharan contra Marduk, y al frente de ellos colocó al dios Kingu, su segundo esposo tras la desaparición de Apsu.
Ea, deseando evitar que su hijo se enfrentara a aquellos seres infernales, acudió a su abuelo Anshar en busca de apoyo. Lo obtuvo y se lanzó contra los monstruos, pero éstos eran tan espantosos, que Ea, presa del pánico, huyó sin presentar batalla. Anshar se dirigió entonces a su hijo Anu, padre de Ea, pidiéndole que destruyera el poder de Tiamat. Anu sugirió que, a la vista de las demoníacas huestes de que aquélla se había rodeado, era mejor tratar de vencerla por la astucia. Pero ni siquiera lo intentó, tal fue su pavor cuando se vio ante la diosa, que había adoptado la forma de un gigantesco dragón cuyas fauces parecían dispuestas a engullirlo todo.
La contestación cundió en el palacio de los dioses, que decidieron al cabo encomendar a Marduk la empresa. Ya que Marduk había sido la causa de la cólera de Tiamat al tratar de implantar un nuevo orden, que fuese él quien arrastrara las consecuencias de su provocación.
El Poema de la Creación dice "Construyó un arco, lo señaló por arma suya, unió además la saeta, fijó la cuerda. Levantó la maza, hizo que su diestra la empuñase, arco y alijaba colgó a su costado. Delante de él puso el rayo, de llama resplandeciente hinchó su cuerpo. Después tejió una red con que envolver a Tiamat. Los cuatro vientos dispuso para que nada de ella escapase. El Viento del Sur, el Viento del Norte, el Viento del Este, el Viento del Oeste. Cerca de sí mantuvo la red, el don de su padre, Anu. Luego a la vez salen Tiamat y Marduk, el más sabio de los dioses. Riñen en combate singular, enzarzados en la pelea. El señor extiende su red para rodearla, el señor extiende su red para rodearla, el Viento Malo, que seguía detrás, dispara a su rostro. Cuando Tiamat abrió la boca para devorarle, condujo a su interior el Viento Malo para que no cerrase los labios, penetrando los furiosos vientos en su abdomen, su cuerpo se distendió y su boca quedó abierta de par en par. Soltó la flecha, desgarró su vientre, atravesó sus entrañas, partiendo el corazón. Teniéndola así sometida, él extinguió su vida. Derribó el cadáver para saltar sobre él. Después que mató a Tiamat, el jefe, su tropa se disgregó, sus parciales se dispersaron. Y los dioses, los auxiliares que iban a su lado, temblando de terror volvieron las espaldas, a fin de salvarse y conservar la vida".
Los monstruos y demonios creados por Tiamat no lograron escapar al ardor combativo de Marduk, y fueron capturados, pisoteados y reducidos a prisión. A Kingu le arrebató las tablillas del destino, de las que se había apoderado, y las guardó en su seno para que no se hiciera mal uso de ellas. Luego le encerró y le despojó de su condición divina. El arco con el que había abatido a Tiamat lo colocó en el cielo: se trata, claro está, del arco iris.
Ahora Marduk era el señor del universo, y se apresuró a ponerlo en orden, completando la obra creadora. A Anu, su abuelo, le encargó de todo cuanto estaba por encima del cielo; a Enlil le encomendó lo que se halla entre el cielo y la tierra, y a su padre, Ea, le confió el gobierno de las aguas subterráneas. Enlil era hijo de Anu y de la diosa de la tierra. Ki.
Marduk situó cada cuerpo celeste en su lugar y estableció su curso, fijó la sucesión de las estaciones y de este modo el tiempo quedó regulado, con lo que, en lo sucesivo, pudo medirse. El nuevo orden suponía que cada dios tenía fijada una tares concreta y que todos estaban supeditados a Marduk. Por eso le pidieron que creara un ser que les descargara de ciertas servidumbres. Marduk accedió, pero puso como condición el nuevo ser no tendría naturaleza divina, y que la duración de su vida sería limitada. Tendría fuerzas y conocimientos escasos, para que no pudiera enfrentarse a los dioses. Su finalidad sería servirles.
De este modo fue creado el hombre. Ea aconsejó a su hijo que utilizara los despojos de los enemigos vencidos. Kingu, que había sido desposeído de su condición de dios, fue sacado de su encierro y decapitado. Marduk entregó el cuerpo de Ea, que a partir de él configuró una pequeña criatura que, por su aspecto mediocre y su debilidad, provocó la burla de los dioses. Pero se alegraron y agradecieron a Marduk que les hubiera obsequiado con aquellos servidores inofensivos.
Para mostrarle su agradecimiento, edificaron para él un templo en lo que sería Babilonia. Allí se reunieron todos los dioses y Marduk les explicó los pormenores del nuevo orden del universo. Quedaron maravillados al contemplar la grandeza del Sol, la luna y las estrellas y reaccionaron entre sorprendidos y condescendientes ante la miseria de la condición humana. A Marduk le complació tanto su templo, que permaneció allí, para recibir adoración y ofrendas de dioses y hombres, que acudían también a pedirle consejo. Por Año Nuevo se siguieron celebrando fiestas en honor de Marduk en conmemoración de aquella primera reunión de dioses y hombres en homenaje a la suprema divinidad. MESOPOTAMIA. PRIMERAS CIVILIZACIONES HISTÓRICAS. PRIMERA PARTELAS TEOCRÁCIAS MESOPOTÁMICAS.
LAS PRIMERAS DINASTÍAS DE LA BAJA MESOPOTAMIA.
Desde comienzos de la época histórica, la Baja Mesopotamia estuvo dividida en ciudades. Estado, cada una de las cuales se consideraba el ámbito terrenal de un dios. El gobierno era terrenal de un dios. El gobierno era teocrático por definición; todo se hacía, pues, en nombre del dios, y ninguna actividad escapaba a la tutela de éste. Las decisiones transcendentales que afectaban a la vida colectiva, como la realización de obras públicas o la guerra, eran designios divinos.
Estas divinidades se asemejaban a los humanos en apariencia física y carácter, pero les distinguían los atributos de inmortalidad y poder. Los dioses residían en una "casa" celestial, donde se reproducía punto por punto la estructura de la ciudad, de tal manera que había una correspondencia estricta entre la organización del Estado y la del más allá. La divinidad era, por tanto, soberana, como el rey en la ciudad; convivía con su cónyuge, tenía hijos, sirvientes, mensajeros, etc.
El templo venía a ser la concreción terrenal de aquella correspondencia. Trataba de reproducir la casa del dios, y a éste y a los suyos se les representaba en estatuas, a cuyo servicio estaban los sacerdotes, que les presentaban alimentos, los vestían, etc.
Todo lo creado procedía del dios, de modo que todos se consideraban sus hijos. La renovación periódica de la naturaleza y las crecidas de los ríos eran obra suya, y a los hombres correspondía cumplir rigurosamente las prescripciones a fin de que ese delicado equilibrio no se rompiera. Se obtenía el favor del dios mediante sacrificios, libaciones, ofrendas, plegarias y ceremonias diversas, y se conocía su voluntad recurriendo a la adivinación. De este modo se establecía una relación transaccional con el dos: benevolencia, en forma de prosperidad y buenas cosechas, a cambio de sacrificios. Era, pues, una religión utilitaria, desprovista de espiritualidad y volcada más en lo inmediato y en la supervivencia que en inquietudes existenciales sobre un más allá en el que, por otra parte, no había lugar para los hombres.
Las diversas ciudades convergían, desde el punto de vista religioso, en el culto de Enlil, venerado en el santuario de Nippur. El control político de esta ciudad santa sancionaba la hegemonía de un Estado sobre los demás, y sus soberanos alcanzaban el honor de figurar en las listas reales.
El templo y el palacio.
El soberano de la ciudad Estado, representante de la divinidad, ostentaba el título de lugal o ishshak. Tanto la vinculación específica del rey y el dios como la preponderancia del palacio sobre la casta sacerdotal experimentaron fluctuaciones a lo largo de la prolongada y agitada historia mesopotámica.
En términos generales, el poder del lugal era hereditario, transmitido del padre a su primogénito y, a falta de este último, a un hermano. A la esposa no se le reconocía rango real, pero como reproducía en su persona la relación del dios con su cónyuge celestial, llevaba una existencia activa e influyente. Habitaba su propio palacio, con gran número de sirvientes, poseía su sello, signo inequívoco de poder, era titular de propiedades e intervenía en los asuntos públicos.
La disposición entre palacio y templo no sólo es procedente debido a la contraposición e incluso rivalidad entre ambas instituciones en algunos momentos de la historia, sino porque sus funciones estaban muy delimitadas. No obstante, una misma persona, el lugal, era el único depositario de los poderes representados por dichas instituciones.
El templo estaba administrado por un shangu, una especie de sumo sacerdote. Aunque de los asuntos económicos entendía el palacio, la riqueza del templo era tal, que en la práctica regulaba la vida económica del país. Continuamente afluían al templo ofrendas y sacrificios, donaciones, parte de los botines de guerras y beneficios generados por las vastas propiedades inmobiliarias del dios, es decir, del propio templo. El dinero no existía como tal, y los medios de pago eran sobre todo la plata y la cebada. Los templos funcionaban como bancos, prestando a un interés cuya cuantía le correspondía fijar al lugal.
El palacio, sede del poder civil y militar, que no se distinguían entre sí, estaba gestionado por un nubanda o intendente. Al palacio correspondía la administración del tesoro y demás bienes del lugal, que tampoco se distinguían del erario público; la recaudación de impuestos; el comercio, al principio sobre todo con los países que podían proporcionar madera y otros materiales que no se hallaban en Mesopotamia; y la dirección de las tareas agrícolas.
La otra vertiente de la actividad del palacio, la militar, dependía directamente del soberano, que en la guerra se colocaba al frente de sus tropas. Éstas se limitaban en los primeros tiempos a la infantería, que con el tiempo se dividió en ligera y pesada. Luego se añadieron los carros. Los hombres de la infantería ligera vestían tan sólo un faldellín e iban armados con una lanza corta y una doble hacha. Los combatientes de la infantería pesada, aportada al parecer por los semitas, llevaban un manto pesado que les cubría enteramente, quizá de cuero endurecido, que hacía las veces de rudimentaria armadura. El armamento consistía en una lanza larga. Para dejarle más libertad de movimientos, cada infante iba acompañado de un escudero que sostenía el escudo, ancho y oblongo. Todos los soldados se protegían la cabeza con un casco provisto de orejas. Según puede verse en los relieves, los soberanos se tocaban con un casco diferenciado, que parece militar una peluca, y seguramente era de metal precioso. Las armas serían de madera, piedra y bronce. En cuanto al carro de guerra, tenía cuatro ruedas macizas y semejaba un cajón. En cada carro montaban un conductor y un combatiente que arrojaba lanzas.
Producción e intercambios.
La tierra pertenecía, en su mayor parte, al príncipe y a los templos, pero hay constancia de la existencia de propiedad privada, tanto colectiva como individual. El principal cultivo era la cebada, base de la alimentación junto con los dátiles y los lácteos. Otras plantas eran el trigo, el mijo, el ajo y la cebolla, así como los cultivos de huerta y los frutales. Las zonas bien regadas daban dos cosechas al año, y la tierra se trabajaba con azada y con arado de madera provisto de reja de piedra. Los animales domésticos, además de la oveja y la cabra, que el hombre venía explorando ya desde el Neolítico, eran el asno, como principal animal de tiro, y un bóvido parecido al uro. Se criaban asimismo aves de corral: ocas, patos y palomas.
Conviene recordar que la región era en buena parte salvaje, por lo que en ella abundaban los depredadores, como leones, hienas, zorros y lobos. Había, además, animales menos peligrosos para el hombre y el ganado, pero también salvajes, como el jabalí, de avestruz y el bisonte. Es comprensible que con esta fauna la caza fuese una actividad importante, y se practicaba con trampas, hondas, flechas y mazas. Se pescaba sirviéndose de barcas de juncos impermeabilizadas con asfalto, y de artes hechas igualmente con juncos o cañas trenzadas. Conocemos la forma de esas barcas porque se representan en los cilindrosellos:
Las cabras y ovejas daban queso y mantequilla, además de leche. El pelo y la lana se tejían, con lo que los textiles sustituyeron a las pieles, que habían sido el atavío habitual en períodos anteriores. La prenda más utilizada en el periodo sumerio, el kaunakes, se ha señalado como una de las características distintivas de ese pueblo. Las telas no se confeccionaban, sino que, siendo probablemente de forma rectangular, se enrollaban el cuerpo.
El comercio interior se hacía por trueque y consistía en productos del campo, textiles y enseres domésticos. Las manufacturas artesanas aún estaban escasamente desarrolladas, pero parece haber existido un embrión de vida corporativa. La elaboración de alimentos comprendía salazones de pescado, pastelería y bebidas alcohólicas obtenidas por fermentación de dátiles y cereales. La cerveza, de cebada, se consumía en grandes cantidades. El vino de palma provenía del sur, y el de vid, de las regiones montañosas.
Pese a la dificultad de las comunicaciones, los mercaderes sumerios organizaban caravanas que alcanzaban los valles del Nilo y del Indio. Por las vías fluviales llegaban del norte la preciada madera y la piedra.
Los datos relativos a propiedades y transacciones de cierto valor se conocen bien porque todos los actos mercantiles se registraban por escrito, se sellaban y requerían la presencia de dos testigos.
ALTERNANCIA DE CENTRALIZACIÓN Y FRAGMENTACION.
El prolongado periodo que va desde la instauración del Imperio acadio hasta la unificación imperial del asirio Sargón, asistió a invasiones, retorno al régimen de ciudades Estado y sucesión de poderes hegemónicos. La cultura sumeria seguía siendo el sustrato clásico por excelencia, pero el elemento humano sumerio fue cediendo ante el empuje semita hasta diluirse. En estas condiciones, la vida económica e institucional no puede presentar un aspecto homogéneo, por lo que las noticias que siguen tratan de presentarse como constantes o líneas generales en medio de los lógicos altibajos y desequilibrios.
Al comienzo de la historia de Mesopotamia, la unidad política fue la ciudad Estado. En los siglos siguientes, y hasta la constitución del Imperio asirio, se registró una alternancia, plagada de vicisitudes, de aspiraciones a la unidad y de tendencias particularistas. La diferencia entre la ciudad Estado nacional no es meramente cuantitativa en términos de extensión, sino que alcanza a sus funciones esenciales.
La ciudad Estado, nucleada en torno al templo del dios tutelar, era una realidad fundamentalmente económica, en la que todas las propiedades y las actividades vinculadas a ellas convergían en el templo. De este modo, todos los habitantes trabajaban en un modo u otro para el dios; como sacerdotes, escribas, capataces, peones, siervos, etc. Al rey le correspondía administrar la propiedad del dios y velar por el mantenimiento del orden establecido. Como administrador le competía supervisar las labores agrícolas y cuidar del buen funcionamiento de molinos, pesquerías, talleres textiles, etc. Todas estas actividades requerían una contabilidad muy cuidadosa. Como garante del orden, debía velar porque a los súbditos se les diera el trato justo que les correspondía según su lugar en la sociedad. Asimismo, debía dirigir el ejército, negociar en nombre del dios con otros soberanos, declarar la guerra y concertar la paz. Todo esto podía hacerlo previa consulta de la voluntad del dios, acudiendo a las compilaciones de interpretaciones de presagios, o bien interrogando directamente al dios por medio de técnicas adivinatorias.
El estado nacional, en cambio, se centraba más en lo político que en lo económico, al menos de manera inmediata. Todo seguía haciéndose en nombre del dios, pero ahora éste no era un "ciudadano" del Estado cósmico, o sea que no prevalecía su dimensión privada; sino que se le consideraba como un "funcionario" de ese Estado cósmico, como alguien cuya condición de particular pasaba a segundo término y aportaba su concurso al orden del universo. Por tanto, el Estado terrenal devenía una prolongación del cósmico, el único posible, el único orden verdadero, y no una mera "finca" del dios. El Estado nacional reflejaba, pues, los órganos del gobierno del cósmico, con su asamblea de dioses, y al diluirse la noción de "propiedad del dios", la vida económica se ensanchó, dando lugar a la actividad privada y a la obtención de ingresos por otros conceptos, aparte cultivar los campos del dios; comercio, artesanía, tributos y botines. Pero el rey seguía siendo vicario del dios principal, y todo cuanto hacía debía estar dictado por él.
Religión.
En este periodo, en el que a las divinidades, de origen sumerio se añadieron otras aportadas por los semitas, se erigieron los ziguras, como el de Ur, que han impreso carácter a la arquitectura religiosa mesopotámica. Consistían en una superposición de pisos, efectuando el conjunto una forma troncopiramidal que se remataba con una capilla o santuario. En los templos se presentaban ofrendas, consistentes en alimentos y bebidas, y se desarrollaban cultos, seguramente acompañados de cánticos. Se han hallado instrumentos como arpas y tamboriles que se utilizarían en aquellas ceremonias.
Como ya se ha dicho, el panteón se tornó más complejo, y además de nuevas divinidades los semitas introdujeron el principio de divinización del rey. Tal vez la finalidad fuera contrarrestar el poder del clero, pero lo cierto es que los monarcas arcadios más que vicarios del dios se consideraron el dios mismo o su encarnación. En cualquier caso, se les debía adoración y se erigieron templos a sí mismos. La III dinastía de Ur parece que inauguró esa costumbre.
Economía y administración.
El incremento de poder del soberano en detrimento del clero determinó que la distinción entre administración del templo y administración civil se tornara borrosa. Aun así, el primero siguió marcando la pauta de la situación económica, si bien las riendas las mantenía firmes el rey. Un ejemplo de ello lo brinda Shulgi, de la III dinastía de Ur, que se autotituló "rey de las cuatro partes del mundo" y revalidaba su hegemonía con el control del santuario nacional de Enlil, en Nippur. A poca distancia de la ciudad santa mandó construir un complejo de edificios y jardines donde significativamente se atesoraban los bienes del dios y radicaba la dirección de las finanzas del reino. Allí iban a parar los impuestos a que estaban sometidas todas las personas físicas, más los tributos que debían pagar las ciudades sometidas, según su capacidad. Los establos y corrales reunían gran cantidad de ganado, y los silos y almacenes, productos del campo, metales y otros bienes. Nos consta que de este complejo de Nippur salían los recursos con los que se financiaban los desplazamientos del monarca, y también las reservas con que se subvenía las necesidades más perentorias en épocas de malas cosechas o de catástrofes naturales. Se llevaba una contabilidad rigurosa y al día, y las cuentas eran autentificadas con los sellos de los funcionarios responsables. Al tratarse de una economía no monetaria, la contabilidad se complicaba porque cada producto, material o servicio debía considerarse por separado, sin homogeneizar las partidas en términos de coste.
Estos detalles que conocemos sobre el reinado de Shulgi demuestran la existencia de un orden institucional complejo. Éste requería necesariamente unas comunicaciones más fluidas que en otros tiempos, las cuales asegurarían una hegemonía efectiva de una ciudad sobre las otras. También requería una burocracia más o menos eficaz, pero sin duda densa. Se establecieron, pues, correos regulares y se dispuso vigilancia armada a lo largo de los caminos para reprimir a los salteadores. Se conservan muchas tablillas que reflejan "comisiones de servicio" de los funcionarios desplazados de unas ciudades a otras.
Conviene aclarar que conceptos tales como la centralización o la homogeneización cultural forzosa eran desconocidos en esa época, y que ni siquiera los poderes más fuertes y despiadados con los vencidos los pusieron en práctica. Las ciudades conservaban usos, costumbres y prácticas religiosas. Como señala algún estudioso, este respeto por los localismos no dejaba de tener inconvenientes a la hora de ejecutar una política global, y propone como ejemplo el calendario: los meses comenzaban en fecha distinta en cada lugar y tenían nombres diferentes. Como se trataba de un calendario lunar y el ciclo solar anual los decidía el gobernante de cada ciudad.
La sociedad.
Desde el paso a época histórica, la sociedad mesopotámica había experimentado cambios cuantitativos, pero su estructura seguía basándose en la existencia de personas libres y esclavas. Las primeras podían poseer bienes raíces, aunque la importancia y la proporción de la propiedad privada variaron con el tiempo. También, como ya se indicó en otro lugar, llegaron a formar asambleas en las que se debatían asuntos de interés colectivo, pero con el reforzamiento de la monarquía y más aun con su divinización esas asambleas perdieron peso, y su papel se fue desdibujando. Los artesanos adquirieron importancia a medida que la sociedad se tornaba más compleja. Parece que quienes trabajaban la madera y los metales recibían como pago una parte de la materia prima que se les entregaba para realizar el encargo.
Dentro de la categoría de las personas libres, muchas, por su condición servil, tenían muy disminuidos sus derechos y su papel en la sociedad. Eran los campesinos que trabajaban por cuenta ajena, y toda la masa de obreros de las diversas categorías empleada en el templo y en el palacio. A cambio de su prestación laboral, su manutención corría a cargo de esas instituciones.
Los esclavos eran minoría y prisioneros de guerra. Parece que predominaban las mujeres, que además de nutrir las filas del servicio doméstico, trabajaban en los molinos y en los telares.
EL MILENIO II a.C.
Las reformas de Hammurabi.
El milenio II a.C. presenció cambios importantes en todo el Próximo Oriente. En la Baja Mesopotamia, la perpetua lucha de las ciudades Estado por imponer la hegemonía se resolvió con establecimiento de un poder centralizado. En eso consistió la obra de Hammurabi, de la I dinastía de Babilonia. La influencia de sus reformas alcanzó a todo el ámbito mesopotámico y se prolongó durante siglos. Además, consagró el prestigio de Babilonia, una referencia ineludible, pese a sus futuros periodos de eclipse político, pues fue centro religioso, cultural y comercial de primer orden, reconocido como tal por todos en el mundo antiguo.
Reforma legislativa.
Hammurabi recogió la iniciativa de algunos monarcas anteriores de unificar las legislaciones diferentes y contradictorias que regían en Mesopotamia. El que conocemos como código de Hammurabi se grabó en una estela de diorita en cuya parte superior aparece representado el rey recibiendo del dios Shamash la misión de promulgar el código. Shamash, el sol, personificaba la justicia. De ahí que la compilación se conociera oficialmente como "decretos de equidad del dios Shamash". Algún autor atribuye a este código prolongada elaboración, sin embargo, una inscripción se refiere al segundo año del reinado de Hammurabi como "el año que estableció la ley en la tierra". El contenido de este código consagra la ley del talión, y los casos no previstos se resolvían aplicando los usos tradicionales, que sancionaba el rey y pasaban a sentar jusisprudencia.
La aplicación de esas leyes se efectuaba a través de una doble administración de justicia: la civil y la religiosa. Se había comparecer a testigos ante el tribunal compuesto por varios jueces, y las sentencias se recogían en tablillas debidamente selladas. Los castigos eran especialmente duros, y se ajusticiaba no sólo en caso de asesinato, sino de ciertas variedades de robos, actos de bandidaje o adulterio de la mujer. La aplicación de la pena se hacía por la espada, por ahogamiento en el agua, por empalamiento o en la hoguera. Se practicaba asimismo toda clase de mutilaciones: amputaciones de miembros o de la lengua y extracción de los ojos. Otras condenas más suaves podían consistir en multas, apaleamiento o destierro.
El código de Hammurabi está redactado en acadio, lo que pone de manifiesto el predominio de esta lengua en todos los ámbitos, extendiendo su prestigiosa influencia a todo el Próximo Oriente. El sumerio se reservó para el culto y para las ocasiones solemnes.
Reforma religiosa.
El otro aspecto fundamental de las reformas de Hammurabi fue la institución de una nueva religión oficial. Como se ha repetido, cada ciudad se colocaba bajo la protección de un dios local, y todas convergían en el culto común de Enlil, la divinidad sumeria que recibía adoración en el santuario nacional de Nippur. Como reflejo de la hegemonía de Babilonia, se impuso su dios, Marduk, como señor supremo. Se trataba, en principio de una divinidad agraria, cuyo símbolo era una azada. Para impulsar esta exaltación desde su puesto secundario en el panteón a la categoría suprema, se redactó al parecer el Poema de la creación. Marduk se identificó con Enlil, y al parecer también con Shamash, que desde los tiempos más remotos figuraba en el panteón como protector de la magia. Otros dioses de importancia menor se fueron diluyendo también hasta ser absorbidos por Marduk.
Junto a Marduk se estableció como divinidad femenina a Ishtar, que englobaba a las diosas consortes de los cultos anteriores. Era una versión semítica de la Diosa Madre, que presidía todos los procesos de generación y fertilidad.
El rey se titulaba "elegido por Marduk" y era el vicario y sumo sacerdote del dios, al que consultaba todas las decisiones, en nombre del cual actuaba y a quien había que remitirse para jurar y dar testimonio. En las fiestas de Año Nuevo, el dios fijaba la política que se debía seguir y renovaba su apoyo a su vicario en la tierra. Éste recibía, por así decirlo, una renovación de su investidura como soberano. En el transcurso de dichas fiestas, llamadas Akitu, la estatua del dios era sacada de la ciudad e Babilonia y entronizada en un templo fuera del recinto. Allí se renovaba simbólicamente el ciclo que protagonizaba Marduk: muerte, resurrección y generación, esta última mediante la celebración de una hierogamia, probablemente a cargo de un sacerdote y una sacerdotisa o prostituta sagrada. La sociedad.
Las tablillas correspondientes a este periodo ponen de manifiesto la extremada centralización de los asuntos públicos, y la intervención directa del rey de todos los ámbitos: la administración de las provincias, las obras públicas, la justicia, la gestión de los cuantiosos bienes regios y las ofrendas al templo.
La estructura social no se presentaba más complicada que en épocas anteriores, pero si más diversa, por que ya no había que considerar sólo la ciudad y su entorno inmediato, sino un territorio más amplio, sometido a una misma ley y a idénticos criterios de gobernación.
En las ciudades convivían tres clases sociales: el hombre libre, el semilibre y el esclavo. El hombre libre correspondía al sujeto de derecho que aparece en el código de Hammurabi y que los traductores occidentales de ese texto transcriben como "señor". Este hombre libre podía poseer bienes raíces y muebles y enajenarlos en las acostumbradas condiciones. Podía tener esclavos o contratar los servicios de otros hombres libres, emprender negocios, asociarse y efectuar todo tipo de transacciones. Las mujeres no estaban autorizadas a figurar como titulares de propiedades, sino sólo como usufructuarias.
Los hombres libres debían pagar impuestos al rey, el cual podía eximir a quien considerase conveniente. Los consejos de ancianos o asambleas de notables de cada ciudad se nutrían de estos hombres libres. Dichos consejos se reunían junto a la puerta de la muralla bajo la presidencia de un rabianum y trataban de asuntos locales, supervisaban la percepción de impuestos y decidían otras cuestiones de menor importancia.
La clase de los semilibres se nutría de libertos, esto es, de esclavos manumitidos, y seguramente gozaba de las ventajas de los hombres libres, pero le estaría vedado el acceso a altos cargos.
Los esclavos podían ser natos, es decir, hijos de esclavos, o bien convertirse en tales al caer prisioneros en tiempos de guerra. Los libres podían ser esclavizados por deudas, junto con toda su familia. A los esclavos se les reconocían ciertos derechos, como por ejemplo protestar si eran vendidos a un amo que no fuera de su agrado o casarse con una persona de condición libre. Podían comprar su libertad si habían ahorrado lo suficiente u obtenían la suma necesaria para su manumisión por algún otro medio lícito, incluido el préstamo concedido por el templo. Los esclavos constituían una minoría, y su peso en la economía era relativo, de ahí el trato más o menos benévolo que recibían. La estructura productiva mesopotámica, en efecto, no precisaba de grandes cantidades de mano de obra esclava.
Todo lo anterior rezaba para las gentes de las ciudades y de su entorno. Pero el Estado englobaba también territorios en los que habitaban nómadas, sobre todo en los límites del desierto, y grupos de población difícilmente controlables. A unos y otros se les permitía mantener sus usos y costumbres y sus formas de propiedad. Sólo se les aplicaba la ley que regía en las ciudades cuando en sus pleitos intervenía un habitante o institución que radicara en una de aquéllas.
Desde los primeros tiempos de Sumer, la organización social venía basándose en la familia, que a lo largo del tiempo experimentó escasas variaciones. El matrimonio se concebía como un contrato que se recogía con todo detalle en una tablilla en la que, entre otros asuntos, se especificaban los deberes de la esposa. Al formalizarse el compromiso, el futuro marido abonaba un "depósito" a su futuro suegro, lo que le otorgaba ciertos derechos sobre la novia. Finalmente, cuando se cerraba el contrato matrimonial, la novia recibía una dote cuyo monto era superior a aquel depósito. Esa dote se convertía en su peculio particular, y el marido no tenía derecho alguno sobre ella. Al fallecimiento de la esposa, ambos patrimonios, el depósito y la dote, los heredaban los hijos. En caso de no tener descendencia, el depósito se restituía al marido y la dote volvía a la familia paterna. La mujer viuda tenía capacidad para hacerse cargo y gestionar el patrimonio familiar y los negocios que hubiera dejado el marido, en tanto el primogénito no alcanzara la mayoría de edad.
Además de la esposa, el marido podía tener alguno concubina esclava, aunque sobre esta posibilidad pesaban bastantes restricciones. Es posible que el recurso al concubinato guardara relación con la esterilidad de la esposa, ya que eso era motivo de repudio. También cabía el repudio sin motivos de peso, pero el marido no podía hacerlo sin más si la esposa padecía enfermedad o minusvalía. En cuanto al adulterio de la esposa, desde la aplicación de la ley del talión se castigaba con la muerte. Si el marido la abandonaba, se entendía que el contrato matrimonial quedaba roto y ella/ podía actuar libremente e incluso demandar a su cónyuge. En casos de repudio y separación, el marido venía obligado a pasar una pensión a la mujer o bien se le embargaba una parte de su patrimonio para asegurar la manutención. La mujer solía conservar la custodia de los hijos. Ahora bien, si se probaba que el repudio se debía a la mala conducta de la mujer, ella no sólo perdía el derecho a la pensión, sino que podía verse reducida a la esclavitud en el que fuera su propio hogar. El código de Hammurabi regulaba asimismo la adopción. Economía.
La propiedad continuó dividiéndose entre las del soberano, el templo y los particulares. La importancia de los terratenientes privados varió con las épocas y de una ciudad a otra. En líneas generales, pesaban sobre ellos impuestos, obligaciones y servidumbres diversos, como mantener limpios y cuidados los canales y acequias a su paso por sus tierras. Las negligencias eran castigadas, y con especial rigor si de ellas se seguían perjuicios para los demás, como inundaciones y otros estragos.
La ley era muy minuciosa en material laboral y de producción. En efecto, se regulaban desde las condiciones de explotación de los campos hasta las actividades de los artesanos, incluyendo el aprendizaje; desde la fijación de salarios mínimos hasta los precios de alquiler de animales de labor o de embarcaciones; desde los formulismos de los contratos mercantiles o de venta de inmuebles, hasta el régimen de asociación, participación, comisiones, etc, en toda clase de negocios; desde los tipos de interés para préstamos, a fin de evitar la usura, hasta el empleo de los diversos instrumentos de pago.
Organización de Asiria bajo los Imperios antiguo y medio.
En este primer periodo de renacimiento asirio, en el milenio II a.C., la estructura del Estado y el papel de la realeza no diferían en lo esencial de lo que se lleva dicho de la Babilonia prekasita. El dueño del país era el dios, en este caso Asur, y el rey, su vicario en la tierra. El dios protector de cada ciudad intervenía en todos los asuntos locales, pero era el dios supremo quien establecía las condiciones generales a las que todos debían someterse.
La monarquía.
El rey continuaba situado en el vértice de la pirámide social, pero la reina y el príncipe heredero tenían una consideración especial, hasta el punto de disponer cada uno de un palacio aparte con su pequeña corte de funcionarios y sirvientes. Apareció la figura del primer ministro, cargo inexistente o desdibujado en periodos anteriores, y que era, aparte el soberano, la máxima autoridad civil. Otro funcionario era el sukkalu, quizás un chambelán o copero, cuyas competencias variaron mucho según la época. El título en sí estaba tomado de la tradición sumeria. La burocracia, sobre todo en lo que se refiere al alto funcionariado, se multiplicó en relación con las épocas de apogeo de Ur y Babilonia; es decir, que el monarca absoluto delegaba más que sus predecesores.
La sociedad.
Continuaba dividida en libres y esclavos, pero entre los primeros se dibujaban con más nitidez las clases, y las tablillas demuestran la existencia de un proletariado para el que se arbitraban medidas de protección en caso de catástrofe natural, de que el cabeza de familia cayera prisionero, etc. Entre las clases no dirigentes, las familias de origen asiático conservaban sus nombres y tal vez sus usos, y se diferenciaban neta, aunque no jurídicamente, de las semitas.
Como en épocas anteriores, en la base de la sociedad estaba la familia, y dentro de ésta la figura paterna era absolutamente dominante. Al parecer el matrimonio implicaba un ceremonial algo más rico que la mera firma del contrato, como sucedía en la Babilonia prekasita. Existía la ley del levirato, que también allí era desconocida y que no es una institución específicamente semita, pues también se daba entre los hurritas y los hititas: en caso de fallecimiento del prometido o el marido, la novia o esposa debía contraer nupcias con su hermano o, en su defecto, un sobrino del difunto. Estaba admitido el concubinato, quizás en condiciones similares a las que regían en Babilonia.
La mujer casada, aparte convivir con el marido, que sería el caso más frecuente, podía permanecer en la casa paterna. En la primera situación, como en Babilonia, la dote seguía perteneciendo a la mujer. Ésta podía realizar por su cuenta operaciones mercantiles, si bien era precisa la autorización escrita del marido o, en ausencia de éste, de otro varón de su familia.
Si la mujer seguía viviendo con los de su sangre, el régimen económico se tornaba muy complicado, pues admitía variantes, y la procedencia de las distintas partes del patrimonio quedaba netamente diferenciada así, por ejemplo, la pensión que la esposa recibía de su cónyuge; los bienes gananciales, de los que la mujer era corresponsable en casos de cargas y deudas; el depósito en previsión de un repudio, etc.
Por lo que respecta a las herencias, el primogénito tenía preferencia sobre sus hermanos, y los hijos legítimos. Al primogénito le correspondían en principio los dos tercios de los bienes raíces. Pero no siempre era así, aunque desconocemos los pormenores de la ley. Al parecer, tenía derecho a escoger un tercio y el otro se le adjudicaba por sorteo.
El derecho.
Comparada con la Babilonia que se atenía al código de Hammurabi, Asiria se nos presenta en esta época menos abanzada A falta de una sistematización y una regularidad en la aplicación de las penas, parecía regir un criterio en parte consuetudinario y en parte fruto de decisiones concretas del rey. La justicia la impartía un solo juez. Se conservan tablillas con sentencias relativas a litigios entre propietarios rurales, robos, delitos mercantiles y otras varias. También se sabe que el adulterio y el aborto provocado se castigaban con la muerte, y que se preveían multas, bastonazos, mutilaciones y empalamientos. EL ISLAM. LA MECA Y LA GRAN EXPANSIONLOS FILÓSOFOS ÁRABES.
La conquista de los antiguos reinos helenísticos permitió a los árabes el acceso a los textos griegos de la filosofía y ciencia. Europa occidental no sólo había olvidado esos textos sino la propia lengua griega, de manera que, más adelante, conoció los clásicos a través de traducciones al latín a partir de versiones árabes. Otros conocimientos llegaron a Europa de la India y de China, actuando los árabes como intermediarios. Así pues, la función de los musulmanes fue la de transmisores de los saberes de terceros. Ellos, en el terreno filosófico y científico, como en casi todos los demás ámbitos, se mostraron escasamente originales. Su actitud se parecía más a la que sustentaron las civilizaciones clásicas que a la de los griegos. Incansables estudiosos, eran capaces de absorber, adaptar y aplicar los conocimientos recibidos, pero carecían del impulso rupturista, de la audacia para pensar por cuenta propia que hizo posible el nacimiento de la filosofía en la antigua Jonia. El ideal del sabio musulmán era el docto que aprende en los libros y que llega a acumular una gran erudición en los más diversos campos. En definitiva, el polígrafo, pero sin aportar ideas propias susceptibles de cambiar enfoques y hacer aportaciones renovadoras. Con razón se ha dicho que el espíritu científico contemporáneo descansa sobre el triple cimiento del pensamiento racional griego, la erudición árabe y la demostración experimental introducida por los europeos de la Edad Moderna.
No está de más recordar que la fabricación a escala industrial del papel hizo posible la copia masiva de manuscritos, su consiguiente difusión y la formación de nutridas bibliotecas.
Asimilación islámica del aristotelismo.
Mientras el platonismo constituía la principal influencias filosófica tanto en Occidente, a través de la Patrística, como en el mundo bizantino, que tenía acceso directo a los textos originales griegos, los filósofos árabes y judíos medievales desarrollaron sus especulaciones en el marco del pensamiento de Aristóteles. La influencia de este autor en los pensadores occidentales, que se concretó en la escolástica, llegó en buena medida por la vía de los filósofos de Oriente. El aristotelismo penetró en el mundo islámico a raíz de la conquista de Siria, adonde se habían exiliado los últimos filósofos de la escuela de Atenas, clausurada por el emperador Justiniano. De todas maneras, es conveniente tomar en cuenta los problemas de exactitud y fidelidad que plantea la transmisión del texto original, traducido del griego al siríaco y de éste al árabe. Y más tarde a los escolásticos les llegó una nueva "retraducción" del árabe al latín.
Al-Kindi y el camino del bien.
La primera gran figura de la filosofía árabe, al-Kindi, era natural de Kufa y vivió en Basra y Bagdad, acogido en esta capital a la protección de los califas al-Ma´mun y al-Mu´tasim. Se le atribuyen unas 250 obras de los más variados temas. Sin duda, tuvo un buen conocimiento de la filosofía de Aristóteles, y se esforzó por acomodarla a su fe islámica. Se advierten también elementos neoclásicos, fruto sin duda de los contactos con el mundo bizantino. Para al-Kindi la filosofía es un saber universal que sirve para aprender la realidad y para conducir al hombre hacia el bien.
El universo se divide en una región celeste, ámbito donde los astros describen sus órbitas, y una región terrestre, caracterizada por los cambiantes fenómenos que en ella se desarrollan. Esta región terrestre o sublunar está regida por la última de las esferas es una sustancia espiritual que produce las formas que el entendimiento humano es capaz de captar. Se trata de un entendimiento que siempre está en acto.
El entendimiento en potencia es propio de cada hombre, pues su asiento es el alma individual. Cuando sobre este entendimiento actúan las formas inteligibles producto de la última esfera celeste, la potencia pasa a acto. El conocimiento adquirido, susceptible de ser transmitido a otros, es el demostrativo.
Por encima de todo esto, naturalmente, está Dios, uno, indefinible por naturaleza, de manera que sólo le convienen atributos negativos: lo que no es, porque el hecho de ser supone ya algún grado de condicionamiento. La existencia de Dios resulta obvia porque un mundo contingente implica necesariamente una voluntad superior, ordenadora y no sujeta a contingencia alguna.
Al-Farabi y el conocimiento de Dios.
Oriundo de Asia central, al-Farabi estudió en Bagdad y vivió en Alepo y en Damasco, en la corte de Sayf al-Dawla. Cultivó, además de la filosofía, las matemáticas, la medicina y la música, entre otros saberes. De él se conservan casi 40 tratados. Estuvo afiliado a una cofradía sufi.
Tuvo conocimiento de las principales obras de Aristóteles y de algunas de Platón. La concordancia y la conciliación entre estos dos pensadores fue una de las ideas maestras de al-Farabi. Su base intelectual era neoplatónica, a la que añadió algunos elementos aristotélicos.
Delineó así su esquema que hicieron suyo pensadores árabes posteriores, hasta llegar a Averroes, quien procuró aliviar la carga neoplatónica. Conciso y sistemático, al-Farabi hizo también una clasificación de las ciencias, bajo evidente influencia aristotélica.
La teología de este autor es una parte importante de su obra. Partía del concepto neoplatónico del Uno, ser supremo, causa de la existencia de los demás seres, eterno y suficiente. La existencia de Dios la establece según principios inspirados en Aristóteles. A Dios, que es inmaterial, no le convienen conceptos cuantitativos ni relativos a la forma o a cualquier otra consideración material. Ni causa eficiente, pues no debe su existencia a causa alguna, ni causa final. Es único, con unidad absoluta, en oposición a la multitud y carácter cambiante de las cosas sensibles y contingentes, de las que está netamente diferenciado.
Simple en su esencia, no puede captarlo nuestra inteligencia, que sólo podrá conocerlo cuando se separe del cuerpo y se convierta en inteligencia pura.
Aunque diferenciado de su creación, simple y único, Dios es creador. El problema radica entonces en establecer como de esa unidad se pasa a la multiplicidad. La emanación de los seres es del todo platónica y, en líneas generales, se expresa así: De Dios procede una primera inteligencia, pura, incorpórea, que contiene el mundo de las ideas. Esta primera inteligencia se conoce a sí misma y conoce a Dios, conocimiento que produce una segunda inteligencia. A partir de ésta se van diferenciando hasta diez inteligencias, cada una como la sombra de la anterior. De la décima y última, que es el entendimiento activo, derivan las cosas diversas y contingentes.
Esta genealogía de las cosas terrestres es neoplatónica, pero el concepto que este filósofo tiene del hombre es aristotélico, matizado con aportaciones de la ciencia griega. El alma es simple e incorpórea y proviene del entendimiento activo. Es inmortal, y recibirá premio o castigo tal como lo establece el Corán. El entendimiento tiene varios niveles para al-Farabi. Ante todo, la capacidad intelectiva, pero en niveles superiores lleva al sentido moral, a la capacidad de discernir el bien y el mal y al conocimiento de los primeros principios, al conocimiento de Dios. Toma de Aristóteles la diferenciación entre entendimiento pasivo y entendimiento agente. El primero capta las cosas inteligibles de diversas maneras y las traduce en acto y las procesa asimismo de diversas maneras. El entendimiento agente, en cambio, está separado de lo inteligible, y le sirve al autor para explicar los estados místicos y la profecía. Al-Farabi propone, por tanto, una mística vinculada a lo intelectual y no meramente a lo efectivo.
Avicena y la escala de los seres.
Ibn Sina, conocido como Avicena por los autores occidentales, nació cerca de Bujará y atesoró un volumen impresionante de conocimientos enciclopédicos. Fue el más famoso médico del mundo islámico, faceta ésta que trataremos más adelante. En el terreno filosófico fue deudor de la obra de al-Farabi, y autor de unos dos centenares de tratados de las más diversas materias.
Como venía siendo norma entre los pensadores islámicos, la base del sistema de Avicena era neoplatónica, con aportaciones aristotélicas y una visión del mundo heredera de la ciencia helenística, en particular de Tolomeo. La ciencia suprema es para él la metafísica, que mezcla con la teología. También establece una escala de los seres, que va desde la perfección absoluta, atributo del Dios necesario y causa primera, hasta el mundo terrestre, contingente y mudable. Dios, como ser necesario para que puedan existir los demás, capaz de hacer pasar la potencia a acto, es un concepto que influyó en la filosofía cristiana medieval. Sería absurdo pensar en un ser necesario que no existiera. Puesto que es necesario, existe.
La emanación de los seres, esquema ineludible en toda filosofía islámica, va descendiendo desde Dios, el ser necesario, hasta los hombres en quienes la existencia es un accidente. Los seres corpóreos se componen de materia y forma. La primera debe mas a Platón que a Aristóteles, pero de este último toma las cuatro causas que determinan el cambio: material, final, eficiente y formal.
La función intelectiva la explica mediante los dos entendimientos, el agente, separado, como en al-Farabi, y el entendimiento pasivo, propio de cada individuo y en condiciones de captar las formas inteligibles.
Algazel, crítico de la fe.
Al-Gazali, conocido por los autores cristianos como Algazel, era oriundo de Jurasan. Ejerció la enseñanza en Bagdad, donde alcanzó gran reputación, pero abandonó la gran reputación, pero abandonó la posición conseguida para ingresar en una cofradía Sufi. Se estableció de austeridad, dedicado al ayuno y a la oración. Pasó luego a Jerusalén, donde continuó con las prácticas sufíes, y después de peregrinar a La Meca regresó a Bagdad y terminó sus días retirado en su Jurasan natal. Es autor de unas 80 obras, y en el Islam se la venera como un auténtico santo.
Algazel pasó, al parecer, por una fase escéptica y racionalista que le llevó, al poco, y como reacción, a una desconfianza radical respecto a la razón. Por eso renunció buscar la conciliación entre filosofía y fe, como hicieron sus predecesores. En cierto modo, cerró puertas al ulterior desarrollo filosófico al renunciar a toda especulación en provecho de un fideísmo extremo. Algazel conoció bien las corrientes filosóficas de su tiempo pero su actitud frente a ellas fue negativa, desdeñando cualquier compromiso con la razón. También se manifestó contra la teología islámica, a la que acusaba de hacer confesiones a la razón. Esta última sería competente para entender la realidad inmediata, pero no para enfrentarse a verdades más altas. Éstas pertenecen en exclusiva al ámbito de la fe. Naturalmente, las pruebas racionales para demostrar la existencia de Dios también despiertan el escepticismo, si no el rechazo, de Algazel.
El prolífico Avempace.
Ibn Bayya, conocido en Occidente como Avempace, nació en Zaragoza, y tras la conquista de esta ciudad por Alfonso I el Batallador, rey de Aragón, se trasladó a al-Andalus. Residió en varias ciudades, entre ellas Granada y Sevilla, y luego se estableció en Fez. Fue médico, matemático y filósofo y escribió mucho, aunque la mayor parte de sus obras se ha perdido. Comentó a Aristóteles y a al-Farabi. Comentó a Aristóteles y a al-Farabi. Siguió la orientación de este último, y reaccionó contra el fideísmo extremo de Algazel. Su principal preocupación era el hombre: el fin último, su felicidad su perfección. Siguiendo a Aristóteles, hace una clasificación de los bienes, y por superación de los materiales, sensibles e imaginativos, llega a la contemplación. La pura intelección se logra mediante el éxtasis. De este modo se alcanza la unión con el entendimiento agente, acerca del que este autor apenas da explicaciones. También, en Avempace, como en al-Farabi, la tendencia a la mística es de carácter más intelectual que afectivo.
El experimento de Abentofail.
Ibn Tufayl, cuyo nombre se transcribe como Abentofail en las fuentes cristianas, nació en Guadix y vivió en la corte granadina del sultán almohade Yaqub, de quien fue médico y visir. Escribió obras de medicina y astronomía, y de sus escritos filosóficos destaca una obra muy original y profundamente divulgada en los signos posteriores: El filósofo autodidacto, especie de novela filosófica, plena de símbolos incluso en la distribución numérica de los capítulos. Narra la historia de un personaje, Hayy, que nace por generación espontánea y vive en completa soledad en una isla. Allí inventa las cosas que le resultan necesarias para vivir y, reflexionando, por el solo ejercicio de la razón, alcanza las verdades más altas e incluso el éxtasis. Así lo comprueba un asceta que llega a la isla y traba conocimiento con Hayy. Una vez le ha enseñado a hablar, comprueba que el sistema que había desarrollado utilizando sólo la razón coincide con las verdades reveladas al Profeta. El fracaso de ambos al intentar adoctrinar a los habitantes de una isla vecina, apegados a la literalidad de la Escritura y reacios a la especulación filosófica les anima a regresar a sus soledades y proseguir allí su vida de reflejos y contemplación. En definitiva, como a la mayoría de los pensadores islámicos, lo que se sitúa en el eje de la preocupación de Abentofail es la relación entre razón y revelación, la búsqueda de la unión con el entendimiento agente mediante el éxtasis, para alcanzar la contemplación del mundo inteligente.
Averroes, ¿Ateo o creyente?.
Ibn Rusd o Averroes, natural de Córdoba, procedía de una familia de alfaquíes malikíes, y siguiendo la tradición él también estudió derecho, se convirtió en un experto derecho, se convirtió en un experto en la materia y fue cadí de Sevilla. Sucedió a Abentofail, que le había protegido, como médico del sultán almohade Yaqub. Tuvo diferencias con el soberano por causas que no conocemos bien, y fue desterrado. Una vez amnistiado, se retiró a Marruecos, donde murió. Escribió muchos libros de teología, filosofía, astronomía, derecho y medicina. En su mayoría se han perdido, pero los tratados filosóficos, traducidos al latín, ejercieron una gran influencia en el pensamiento escolástico, en particular sus comentarios sobre Aristóteles.
Averroes fue acusado, y no por los musulmanes, sino por los cristianos, de ateo. Tratadistas solventes, en cambio, le consideran un creyente ortodoxo, y en el mundo islámico se le ha comparado con santo Tomás, pues como él se esforzó por conciliar filosofía y revelación. Distingue Dios y el mundo como dos realidades separadas. Pero el mundo es movimiento, y ese movimiento necesita un motor único, suficiente, que siendo inmóvil determine el movimiento de todo lo demás. Así, los cambiantes fenómenos particulares quedan subsumidos en la unidad necesaria e inmutable. El universo es, en sí, una demostración de la existencia de Dios.
Dios, ser por excelencia, es omnisciente. No conoce las cosas en sí, sino que al conocerse a sí mismo conoce también todas las cosas. El mundo no lo creó en un momento dado: eso no tendría sentido pues Dios estaría entonces condicionado por el tiempo. El mundo y la materia son eternos, y Dios no crea las formas, sino que éstas vienen dadas por la materia misma en virtud de la acción de la causa eficiente. En su explicación del mundo, Averroes sigue el sistema astronómico de Tolomeo y se enzarza en unas complicadas explicaciones obre movimientos de esferas giratorias en las que se sitúan los astros, los cuales poseen alma inteligente.
El intelecto humano es una forma material y eterna, la última de las inteligencias planetarias y común a diversos tipos de unión del hombre con el intelecto universal explican las distintas clases de conocimiento, desde el sensible, el de las cosas inmediatas, hasta la mística. En este punto Averroes no se diferencia de los pensadores islámicos que le antecedieron. La conciencia individual se desvanece, y sólo queda la específica.
Pese a su ortodoxia, Averroes parece negar la inmortalidad personal: para él, sólo perduraría el intelecto común de la especie. Y el Corán tendrían varios sentidos o niveles, que cada cual interpretaría según su grado de profundidad. Precisamente por eso conviene a todos los hombres, sean dados a la demostración, a la dialéctica o a la exhortación. De ahí derivaría la idea averroísta, transmitida por cierto al pensamiento occidental, de la doble verdad; esto es, que una cosa puede ser verdadera en teología y falsa en filosofía y viceversa.
LA CIENCIA ÁRABE.
Las matemáticas, de los números a la trigonometría.
Es cero, sin el cual los cálculos nos parecen hoy imposibles, proviene de la India, quizá porque en el pensamiento de ese país interviene el concepto de nada o vacío absoluto, extraño por cierto a la mentalidad griega. Sabemos que en 772 un astrónomo indio introdujo en la corte del califa al-Mansur las tablas trigonométricas de los senos de los ángulos. Poco después los árabes tomaron e cero de los indios e introdujeron la notación posicional, esto es, la ordenación de cada número según sea unidad, decena, centena, etc. La engorrosa numeración romana se desechó a favor de los números arábigos, del cero al nueve, que permiten todas las combinaciones imaginables. El primer matemático importante que se sirvió de este sistema de notación fue Muhammad ibn al-jwarizmi, de cuyo nombre deriva nuestra palabra guarismo. El libro que escribió a principios del siglo IX utiliza por vez primera la palabra álgebra. Al-jwarizmi introdujo la operación de pasar de un término al otro de la ecuación una cantidad que, de este modo, si era negativa, se hacía positiva y viceversa. Esta álgebra se aplicó solamente a operaciones sencillas.
A partir del siglo IX se dispuso de traducciones de obras griegas de matemáticas, incluyendo varias de geometría. Con ello, el álgebra de origen indio se fue orillando en beneficio de aquellos conocimientos. Se abordaron problemas geométricos sirviéndose de tablas de tangentes de los ángulos y se consiguieron avances de trigonometría esférica. Esto hizo posible afinar los cálculos astronómicos. Gabir ibn Aflah, además de astrónomo, actividad por la que es más conocido, fue un eminente matemático que hizo interesantes descubrimientos trigonométricos. Umar Jayyam, conocido de Occidente sobre todo como poeta, fue un notable matemático y astrónomo, autor de una obra sobre la solución de ecuaciones y de trabajos sobre la reforma del calendario.
Física y astronomía, entre la óptica y la astrología.
Los europeos dieron el nombre de Alhazen a Abu Alí Muhammad ibn al-Hasan, físico originario de Basra que vivió a caballo en los siglos X y XI. Fue uno de los padres de la óptica moderna. Afirmó que la visión es posible merced a la incidencia de los rayos de luz en el ojo. Hasta el momento se sostenía lo contrario: a saber, que eran los ojos los que emitían unos rayos. Este científico experimentó también con lentes, y descubrió que su propiedad de aumentar las imágenes dependía de su curvatura. Hasta entonces se había creído que dicha propiedad era debida a la naturaleza misma de cada cristal. Desde antiguo se utilizaban gemas talladas en cabujón y lentes de cristal de roa a la manera de lupas, pero se atribuía el fenómeno a las sustancias que componían aquellos minerales.
Los árabes cultivaron la astronomía con gran dedicación. Idearon instrumentos complejos para la observación del firmamento y elaboraron tablas de admirable exactitud, pero no mejoraron las concepciones griegas del cosmos. En este sentido, no superaron a Tolomeo, en el que se basó toda su astronomía, y mantuvieron la creencia en un universo geocéntrico. A ellos debe Europa el pleno conocimiento de la astronomía helenística. Otra particularidad de los árabes fue su aceptación sin críticas de la astronomía. En este sentido, parecen haber sido más deudores de la tradición babilónica que de los griegos, y el que varios califas impulsaran la construcción de observatorios se debería a su empeño por interrogar el futuro.
Sin duda, el soberano que dio mayor impulso a los estudios astronómicos fue al-Ma´mun. Envió emisarios a Bizancio para adquirir manuscritos griegos de tema científico y traducirlos al árabe. Asimismo, dispuso que en la llanura mesopotámica se procediese a calcular el valor de un grado terrestre, aunque no disponemos de elementos para juzgar la exactitud de la medición. Los astrónomos al servicio de este califa determinaron el apogeo del Sol e hicieron otros descubrimientos relativos a este astro.
Al-Battani, conocido en Occidente como Albatenio, estudió los eclipses y la oblicuidad de la ecliptica. Esto último le llevó a calcular los equinoccios y, con ellos, la duración del año, errando en poco más de dos minutos. Especial revelación tuvo su cálculo del desplazamiento del perigeo solar.
Abu-I-Wafa o Abolafia creó en Bagdad una escuela en la que comentaba a Euclides y Diofanto, escribió un tratado de aritmética y tradujo un texto de álgebra conocido como Rafaniano. En el campo de la astronomía elaboró diversas tablas e hizo correcciones al Almagesto tolemaico relativas a las tangentes, cotangentes y secantes y a los triángulos. Realizó observaciones lunares y estudios en materia de solsticios y equinoccios.
Ibn Yunus, vástago de una antigua familia yemení establecida en Egipto, fue músico, poeta y matemático. Discípulo de Abu-I-Wafa, gozó de la protección de los soberanos fatimíes, lo que le permitió efectuar observaciones astronómicas durante 30 años, primero desde el alminar de una de las mezquitas de El Cairo y luego desde un observatorio construido a propósito. Fruto de estos estudios fueron las correcciones a las tablas solares y lunares griegas, muy reproducidas posteriormente.
Química, el camino de la transmutación.
Yabir ibn Hayyan, conocido más tarde por los europeos como Geber, fue el más importante de los alquimistas árabes. Conviene recordar que hasta el advenimiento de la ciencia moderna, química y alquimia no estaban diferenciadas. Yabir, como tantos de sus predecesores, perseguía la transmutación en oro de los metales groseros, para lo cual debía descubrir primero el llamado polvo de proyección; esto es, un polvo que al "proyectarlo" sobre el metal ordinario en fusión, lo transmutaba en oro. Del mismo polvo debía derivar la panacea universal, o sea un elixir capaz de curar todas las enfermedades y alargar indefinidamente la vida.
Naturalmente, ni Yabir ni alquimista alguno encontró tan milagrosa sustancia, pero las investigaciones que emprendieron en su busca les llevaron a importantes descubrimientos para la posteridad científica. Destilando el vinagre, que era el ácido más fuerte conocido, Yabir obtuvo ácido acético muy puro. Hasta entonces la única forma de provocar cambios químicos era el calor. A partir de ahora, con el hallazgo de este primer ácido se dispuso de otro agente capaz de inducir cambios.
Tal era el prestigio de Yabir, que un alquimista muy posterior, ya en el siglo XIV, se sirvió de su nombre para publicar un libro en el que dio a conocer el ácido sulfúrico, un descubrimiento cuya importancia huelga resaltar.
La recopilación de los conocimientos de medicina.
Los médicos más ilustres que trabajaron en el mundo árabe fueron persas, sirios de religión cristiana y judíos. Las contribuciones originales fueron escasas, pero en este ámbito, como en otros, corresponde a los musulmanes haber mantenido vivos los conocimientos de los griegos. Razi, Hali Abbas y Avicena dejaron abundantes escritos que eran fieles trasuntos de la tradición hipocrática y galénica. El Canon de Avicena constituye una sistematización de los conocimientos de su época y, traducido luego al latín, se convirtió en el texto de medicina más utilizado en la Edad Media cristiana.
Aparte este papel de transmisores de la ciencia griega, los musulmanes hicieron también alguna aportación genuina, como los trabajos de Razi sobre la viruela y el sarampión o las propiedades curativas de ciertas sustancias minerales, como la pomada mercurial; y acerca de drogas de procedencia exótica de las que el mundo árabe tuvo conocimiento merced a su intensa actividad comercial.
El persa Avicena no se limitó al estudio y ejercicio de la medicina, sino que es una de las grandes figuras intelectuales de su tiempo. Cultivó además la filosofía, como ya quedó explicado, la teología, la filosofía, las matemáticas, la astronomía, la física y la música. Escribió mas de un centenar de libros y supo combinar su intensa actividad científica y erudita con la regalada vida de placeres que le brindaba la corte persa, donde fue médico real e incluso llegó a desempeñar el cargo de visir.
Geógrafos y viajeros.
Para un pueblo de peregrinos y comerciantes, los viajes tenían gran importancia. Muy pronto los árabes establecieron colonias mercantiles en el litoral de África, desde el mar Rojo hasta la desembocadura del Zambeze, y descubrieron el aprovechamiento de los monzones para agilizar sus comunicaciones marítimas con la India. Curiosamente, sin embargo, los más famosos geógrafos y viajeros musulmanes fueron hombres del extremo occidental del mundo islámico, concretamente dos magrebíes: Idrisi e ibn Batuta. Este último pasó 30 años de su vida recorriendo Egipto, Arabia, Palestina, Iraq, Irán, Afganistán, India, Maldinas, China y Rusia, y penetró en África hasta Tombuctú. Los últimos 20 años de su existencia los pasó en Fez redactando los recuerdos de sus viajes, que contienen datos muy valiosos sobre la sociedad musulmana de su tiempo.
Los árabes conservaron la tradición clásica de la geografía descriptiva, pero no cultivaron la geografía física. Ya en el siglo IX tradujeron a Tolomeo y dieron por bueno su sistema, si bien, y por procedimientos estrictamente empíricos, introdujeron algunas rectificaciones. Trazaron mapas, pero de carácter muy esquemático, para uso inmediato de viajeros, sin plantearse cuestiones complejas como la proyección, coordenadas, configuración de los países ajustada en lo posible a la realidad, etc.
Aplicaciones técnicas.
Los árabes, que importan de la india y de Extremo Oriente muchos avances técnicos, parece que desarrollaron algunos de esos avances por sí mismos. Tal sería el caso de los molinos de viento, que se empezaron a utilizar en Persia hacia comienzos del siglo VIII. O el timón, que al principio era doble y se colocaba uno a cada costado de la nave. Estos dispositivos los llevaron posteriormente los cruzados a Europa. LOS INCAS. EL IMPERIO DEL SOL. TERCERA PARTEAlimentos y bebidas.
Aunque es más conocida como la cuna de la papa, la sociedad inca fue también al igual que las otras grandes culturas de América, una civilización del maíz, cultivo conocido en Perú desde el año 1.200 a.C. por lo menos. El Inca Garcilaso de la Vega, en sus célebres Comentarios Reales de los Incas, relata los hábitos alimentarios de la época de la conquista. Este escritor afirma que uno de los pilares de la alimentación era el maíz, al que llamaban Sara y que comían tostado o cocido con agua. En ocasiones solemnes, molían los granos para hacer un pan denominado tanta o huminta. Para fiestas como la del Sol, hacían panecillos llamados zancu.
El control de las áreas de cultivo del maíz era vital para el imperio. A diferencia de los tubérculos cuyo cultivo era potestativo de las etnias y de las familias, el maíz era considerado asunto de Estado. Infinidad de vasijas y de tejidos con representaciones de mazorcas de maíz y de vasos de cerámica para la chicha hallados en las excavaciones arqueológicas atestigua la importancia del maíz en el Imperio inca.
El mito sobre la fundación de la ciudad imperial de Cuzco por parte de los hermanos Ayar señala que ellos sentaron la base de la civilización inca y comenzaron por enseñar a los hombres a cultivar el maíz.
La chicha del grano fermentado, conocida como chicha de jora, constituye desde tiempos inmemoriales un brebaje imprescindible. Antes del primer sorbo, los incas salpicaban unas gotas hacia el sol, sobre el suelo y encima del fuego para atraer la simpatía de las deidades. Los usos de la chicha eran de lo más variados: para celebrar victorias guerreras, para inspirar los presagios de los adivinos, para homenajear a los antepasados o simplemente para acompañar trabajos comunales.
El consumo de carnes también estuvo bastante generalizado en la alimentación del Incario. Los cronistas indican que los productos almacenados en las qollqa o pirwa eran principalmente alimentos deshidratados o secos, para asegurar su conservación durante largos periodos de tiempo, como maíz seco, ch´uño, ch´arki y pescado seco-salado.
El plato de carne por excelencia era el qowi, cuye o conejillo de Indias, que se criaba en la cocina de las casas y cuya carne es muy nutritiva. Sin embargo, la mayor cantidad de carnes rojas provenía de los camélidos suramericanos, es decir, de alpacas, llamas, vicuñas y guanacos, especialmente de las alpacas y las llamas, que fueron domesticadas y criadas en grandes cantidades, para que proporcionaran carne y leche y también para obtener lana de buena calidad y para utilizarlas como bestias de carga.
La pesca marítima proporcionaba numerosas especies de moluscos y peces, como el tollo y el atún. Las especies de peces más abundantes en ríos y lagunas eran gona, bagre, sardina blanca del Urubamba, chakechallwa o dorado de Húanuco, suqui o pejerrey del Chili, cachuela o karachi, mauri suchi, lluchcca, ahuacuyamor, kakas, amani, chichiñi o ispi, qoyche, qoriochoque, moro, etc. Además, se consumían otras especies acuáticas como el lobo marino o mayupuma, y quelonios salvajes o criados en cautiverio en zonas tropicales.
En cuanto a las aves, en su mayor parte eran criadas, pero algunas se cazaban en estado salvaje; se consumían patos de diversas especies, perdices, pavos y gallinas. Completaban la dieta guanganas, sajinos y ronsocos, así como algunos herbívoros: anta, tapir, awara, sachavaca, venado, aruca, etc. UNA ECONOMÍA COMUNITARIA.
El imperio inca tuvo como base fundamental de su organización social y económica el ayllu. Si bien este tipo de agrupamiento data de las épocas preincaicas, fueron los incas quienes lo establecieron en todo el imperio y para todas las clases sociales, nobles y populares.
El ayllu estaba formado por grupos familiares con un antepasado común, y su administración estaba a cargo de un curaca, que se encargaba de la capacitación y educación de todos los integrantes del grupo, autorizaba los matrimonios, organizaba los grupos de trabajos, etc. El ayllu podía participar en las guerras bajo el control de su curaca.
Todos los miembros del ayllu compartían una misma área geográfica y la aprovechaban de manera solidaria, fomentando y desarrollando un gran espíritu colectivista. La ayuda entre los componentes del ayllu llegaba a temas como el cuidado de los ancianos, de los huérfanos y de los indigentes.
El ayllu es una de las instituciones más sólidas de los Andes. Podía darse el caso de que dentro de una misma población hubiera varios ayllus, y en este caso era necesario establecer un orden o sistema para fijar sus obligaciones y sus derechos en los trabajos colectivos. Este tipo de sociedad sobrevivió a los incas y a la conquista y colonización españolas.
En cualquier población, los ayllus estaban ordenados, como en Cuzco, en tres categorías de superior a inferior:
El régimen de parentesco dentro de los ayllus variaba según la región, y podía ser patrilineal, matrilineal o dual. El parentesco dominante entre los incas fue el patrilineal, basado en la descendencia del padre.
Trabajar para vivir.
El trabajo era la fuente de riqueza del Imperio de los incas. Todos trabajaban, sin distinción de sexo ni de edad. El trabajo estaba basado en dos ideas fundamentales: la reciprocidad y la redistribución.
La minca, por ejemplo, era el trabajo que realizaban en común los miembros de un ayllu a favor de otra persona o de la comunidad. Si alguno de los miembros de una ayllu recibía ayuda para construir su vivienda, la conseguía por medio de la minca, pero estaba obligada al mismo tiempo a prestar su ayuda cuando otro se la solicitaban.
La mita, que significa turno, establecía las obligaciones de un miembro del ayllu y de toda su comunidad en beneficio del Estado y del Inca. La contribución principal era de tiempo y de trabajo.
El gobierno inca recibía más riquezas de las que daba el pueblo, pero los bienes sobrantes se empleaban como reservas en previsión de escasez de alimentos, como reservas militares para acciones de conquista o defensa, para el sostenimiento de la alta nobleza inca y para el sostenimiento de las autoridades civiles que estaban encargadas de la administración.
El Estado inca se preocupó siempre de contar con tierras ubicadas en distintas regiones geográficas y climáticas, dentro y fuera de sus dominios, para poder disponer así de tierras cultivables que pudieran asegurar las necesidades de todo el imperio.
La tierra como fuente de riqueza.
Uno de los mayores logros del Tahuantinsuyu fue el de erradicar el hambre, gracias a una constante investigación biológica y a la aclimatación, la domesticación de plantas para el consumo humano y una gran laboriosidad. Al haber dos estaciones naturales bien marcadas, en la temporada de lluvias y parte de la de estío se dedicaban principalmente a la agricultura, y durante la estación seca eran constructores y artesanos. Pocos pueblos del mundo antiguo desarrollaron una infraestructura agrícola de características tan avanzadas y sofisticadas, puesto que todos los valles y llanos estaban cultivados, y se aprovechaban hasta las laderas de las montañas secas y rocosas, donde se construían terrazas o andenes agrícolas.
Materializar estas conquistas requirió una tecnología muy especializada y un trabajo intensivo, ya que primero debían construirse los muros de contención en piedra, para rellenar luego los espacios vacíos con piedras o arena en la base y la parte superior con tierra fértil transportada de otras zonas. Todos esos andenes estaban regados mediante canales que casi siempre recorrían muchos kilómetros desde su capitación en manantiales, ríos o lagos. Además, para mantener la humedad de la tierra cultivable, que tenía una altura aproximada de 1 m, se disponía una capa de arcilla entre ésta y el relleno infértil. Los abonos o fertilizantes animales se utilizaron de forma habitual: guano de las islas y anchovetas en la costa. Las montañas siempre se aprovechaban y aún hoy es normal encontrar campos cultivados en montañas con inclinaciones de hasta 30 o 35 grados.
Los incas creían y todavía creen, que sin el auxilio de sus dioses no es posible desarrollar una buena agricultura y que el cultivo de la Pachamama requiere profunda fe y convicción, así como el soporte de ceremonias y ritos mágicos-religiosos. Las ofrendas a la madre Tierra deben ser frecuentes, y de no hacerlo, Pachamama podría mostrar su enojo y castigar a los hombres. El Tayta Inti, la mama Killa y las constelaciones de estrellas también podían determinar la producción. Los incas sabían observarlos y conocían en qué momentos podían desarrollar sus actividades. Es ampliamente conocido, por ejemplo, que cuanto más brillante se vean las estrellas de determinadas constelaciones, menos lluvias habrá en la siguiente temporada. Además, había tres estrellas que cambiaban juntas y en línea recta, llamadas Kuntur, Suyuntuy y Huamán. La tradición decía que cuando tres estrellas aparecían más brillantes que antes, ese año era bueno para el cultivo, mientras que si aparecían poco brillantes, era un mal año para la agricultura, con mucho sufrimiento.
Las técnicas y los conocimientos que llegaron a adquirir fueron realmente impresionantes. Algunas tierras pobres las pudieron cultivar a base de alternar productos o, a veces, dejándolas "descansar", es decir, cultivándolas sólo en períodos determinados con el fin de que pudieran recuperar su riqueza mineral por medios naturales.
Obviamente, las condiciones de trabajo eran bastante duras pues para todo ello sólo se utilizaba la fuerza humana y el auxilio de algunas herramientas de labranza, como la taquilla o chakitaqlla, que es un arado de pie y consiste en un palo con punta metálica o de otra madera dura que se introduce en la tierra con la fuerza de pie y la ayuda de los brazos y del cuerpo entero para removerla al extraerlo. Otra herramienta muy difundida era la porra estrellada o llana, conocida como allpa k`asuna y provista de un agujero en su parte central con un mango de madera; se usaba a manera de comba o e martillo para disolver los terrones de tierra.
Los productos agrícolas más importantes eran sin duda el maíz o sara y la papa o amka. En ningún rincón del orbe se cultivó ni se cultiva maíz de la calidad encontrada en los valles interandinos del Qosqo, especialmente en el valle del Urubamba, cuya variedad de maíz parakay o blanco tiene los granos más grandes del mundo. Ni siquiera en México existen tantas variedades de maíz.
La papa o patata es posiblemente el legado más importante que la cultura inca ha dado a la humanidad. Seguramente, los incas fueron expertos en el arte de cultivar las papas, pero debieron de pasar muchos siglos antes de domesticar y aclimatar esta planta, que en su estado salvaje es amarga o insípida. Hoy, es normal encontrar en cualquier parte unas 7 a 10 variedades de papas, pero en la zona andina del Qosqo se cultivan unas 1.500 variedades.
Otros productos importantes de la agricultura inca eran la quinua, de la que existen cientos de variedades, y la kiwicha, conocida también como amaranto o achita. Este cereal fue introducido algunos años atrás en la dieta de los astronautas estadounidenses y se dice de él que su consumo era intensivo en el Tahuantinsuyu, pero que fue erradicado por los conquistadores españoles al considerar que daría demasiada fuerza e inteligencia a los indígenas.
Los secretos de la agricultura inca.
La prosperidad de la agricultura se basó en la aplicación metódica de todo una serie de técnicas relacionadas directa o indirectamente con el cultivo de la tierra.
La cultura inca conocía la importancia del agua para su desarrollo económico del agua para su desarrollo innumerables canales o acequias. El Inca Garcilaso de la Vega menciona en sus crónicas la existencia de más de 600 km de canales construidos por los incas en la región de Ayacucho. Estas construcciones estaba ligadas a los andenes.
Los andenes eran enormes macetas o terrazas superpuestas en las faldas de los cerros, que en algunos casos tenían una anchura del orden de 15 a 60 m y una longitud aproximada de 1-1,5 m. Estas construcciones se realizaron para habilitar terrenos de cultivo y, según algunos estudiosos, para que fueran rentables era necesario favorecer el drenaje, impedir la erosión de las tierras, aprovechar el agua, asegurar la retención de la fertilidad de la tierra, etc.
Por otra parte, los incas descubrieron el uso, la importancia y la aplicación de los fertilizantes naturales, como el guano y otros de compuestos vegetales.
Habían desarrollado técnicas para realizar los cultivos, unas de carácter científico, como la aplicación de la astronomía a la agricultura mediante la observación de la luna para los ciclos de siembra de la papa, maíz, etc, y otras basadas en experiencias o señales naturales, como observar el comportamiento de los animales. Asimismo, para cada cultivo empleaban técnicas específicas de acuerdo con la tierra donde se iba a sembrar y del producto de que se tratara.
El sistema de producción se complementaba con un buen sistema de conservación y almacenamiento de alimentos, mediante el cual podían crear unas reservas considerables. El Imperio inca construyó una red de almacenes de alimentos por todo el Tahuantinsuyu. Eran edificios de forma rectangular y circular, en los que se guardaba fundamentalmente maíz y papas. Estos almacenes tenían un sistema de pisos y canales que permitía la ventilación y el drenaje, evitando así la existencia y proliferación de hongos.
La capacidad de almacenamiento era muy grande. Sólo en Jauja había 1.200 depósitos con una capacidad de 50 a 75.000 m3; algunos arqueólogos calculan la capacidad total del Tahuantinsuyu en dos millones de metros cúbicos.
Para la conservación de los alimentos, en especial del maíz, que era atacado por hongos, procuraron que hubiera en los almacenes una temperatura baja, conseguida gracias a que el lugar donde se guardaba tenía un sistema especial de ventilación y drenaje. La papa, el olluco, la oca y otros tubérculos se conservaban entre capas de paja, amarrados con sogas formando fardos, y en ambientes de mucha ventilación, con lo cual lograban superar los problemas de dulcificación y deshidratación.
El trabajo agrícola colectivo con carácter de obligatoriedad era acatado por toda la población sin ninguna excepción.
El pueblo inca no fue ganadero. Llegó a domesticar la llama y la alpaca, pero no así el guanaco y la vicuña, que se mantuvieron en estado salvaje y sólo eran sometidos mediante la caza. También llegó a desarrollar la crianza del cuy, del cual aprovechaba su carne, rica en proteínas.
Los conquistadores españoles encontraron en el Imperio Inca grandes cantidades de oro y plata. Una parte de estos metales procedía posiblemente de los tesoros obtenidos por los incas en la conquista de otras culturas. Muchos de los tesoros encontrados eran el resultado de explotaciones mineras anteriores, y otra parte era producto de la explotación organizada en las minas del Inca y de las comunidades.
Los tesoros encontrados parecen demostrar que la minería fue una actividad floreciente. Los incas desarrollaron técnicas para trabajar los metales, las piedras preciosas y otros minerales que tenían un valor religioso para el culto a los dioses y un valor ornamental para la nobleza; no poseían un valor económico como hoy. En el Imperio inca los metales tenían los siguientes nombres: qori o choqui, el oro; qollqui, la planta; anta, el cobre; titi, el plomo; llimpí, el estaño.
Las labores agrícolas en la costa y en la sierra.
La agricultura en el Imperio fue próspera, tanto en la costa como en la sierra, gracias al ingenio y al esfuerzo extraordinario de sus habitantes.
La agricultura serrana supo superar la escasez de tierra mediante la ingeniosa construcción de los andenes, que se superponen como gradas de abajo hacia arriba. Los incas fueron verdaderos maestros en el cultivo de plantas. Entre los productos más cultivados en la región andina cabe mencionar el camote, el papa, la yuca y el maíz.
La agricultura costeña se caracterizó por la importante tecnología de regadío desarrollada por los incas, quienes mandaron hacer excavaciones para aprovechar la humedad o el agua del suelo. Después, construían grandes canales, muchos de ellos de decenas de kilómetros, gigantescos reservorios y represas y extensos acueductos, muchos de ellos utilizados hasta hoy. La distribución de las aguas estaba reglamentada y se hacía en atención a las necesidades de la población. En la costa se utilizaban como abono cabezas de anchoveta puestas al lado de las semillas. Las principales plantas cultivadas eran camote, frijol, yuca y maíz, protegidas del viento y de la arena con plantas de naturaleza rastrera, como el zapallo o calabaza y otras.
LA ESTRATIFICACIÓN DEL PODER.
Todos los historiadores están de acuerdo en que el gran apogeo alcanzado por el Imperio inca se debe a su magnifica organización política, social, económica y administrativa. La administración del Tahuantinsuyu, que abarcaba tan extensos territorios, no fue tarea fácil. Los incas establecieron una organización que aún hoy puede considerarse muy avanzada, si se tiene en cuenta la época en que se puso en práctica.
Para poder cumplir sus objetivos políticos, los incas tuvieron que organizar un ejército capaz no sólo de conquistar territorios, sino también de mantener en ellos su presencia a través de guarniciones. Como principal medio de comunicación entre todos los súbditos del inca se estableció una lengua común. Se creó una red de caminos para favorecer las comunicaciones y el desplazamiento de las tropas. Se llevó una contabilidad y un registro estatal sobre distintos aspectos del imperio. La magnifica organización política estaba estructurada de la forma siguiente.
El poder supremo del Inca.
El Inca era la máxima autoridad del imperio, su jefe político, militar y administrativo. Su poder era absoluto por ser teocrático y nobiliario, porque lo recibía por ascendencia familiar en línea directa y legítima.
Para poder conocer de cerca las necesidades de su pueblo, el Inca recorría los territorio del imperio y demostraba un gran sentido humanitario, así como una especial bondad para con su pueblo. Siempre estaba preocupado por el bienestar y la felicidad de sus súbditos.
A pesar de ello, aplicaba una extrema severidad y rectitud en el cumplimiento de las leyes y de las costumbres. Cualquier delito cometido era duramente castigado. La disciplina era tal que no había ni un ladrón, ni un hombre vicioso, ni un ocioso, ni una mujer adúltera o de mala vida.
La residencia del Inca era un lujoso palacio en la ciudad imperial de Cuzco. El respecto a su persona era tal que: "Nadie se atrevía a mirar al Inca de frente; nadie podía aproximarse a él sin tener los pies descalzos y sin llevar sobre la espalda un fardo, en señal de sumisión".
Autoridades a todos los niveles.
El Imperio Inca se caracterizaba por ser un Estado teocrático y totalitario, gobernado por el emperador, cuyas órdenes se cumplían en calidad de deberes religiosos. A pesar de que era un soberano absoluto, el Inca gobernaba con la ayuda de un consejo imperial, constituido por los más altos funcionarios de los cuatro suyus, así como por ancianos bien ilustrados y con una gran experiencia, representantes de los dos barrios-dinastía. El consejo asesoraba al Inca en numerosas cuestiones para ayudarle a gobernar mejor. Este consejo imperial tenía su sede en la ciudad de Cuzco.
Un peldaño más abajo se encontraban los gobernantes, que estaban a cargo de las provincias o guamanis, nombre que se debe a la relación con el vuelo del halcón que tenían las dimensiones de las provincias. La denominación tiene ver también con el complejo significado religioso y cultural que atribuían los incas a las aves de presa.
El inca y su consejo controlaban el trabajo controlaban el trabajo de sus funcionarios a través de unos personajes que recorrían secretamente el imperio, los tucuyricu, nombrados por el inca. El tucuyricu recorría el imperio los tucuyricu, nombrados por el inca. El tucuyricu recorría el imperio con el fin de informarse del comportamiento de las autoridades, así como para hacer cumplir las leyes, recibir las iniciativas y quejas del pueblo y administrar justicia. De todo el trabajo realizado informaba directamente al Inca.
Durante el reinado de Túpac yupanqui había dos gobernadores para todo el imperio con amplias atribuciones. Uno de ellos residía en Jauja y el otro en Tiahuanaco. Estos funcionarios podían ser cambiados o removidos, lo que no ocurría con los curacas, cuyo rango era hereditario.
Para participar en la vida política del Estado había que estar casado o ser jefe de familia. Sólo así se podía elegir, ser elegido y gozar de lo que hoy llamamos ciudadanía.
El último escalón de la autoridad lo ocupaban los curacas, que eran los guías o jefes de los ayllus y gobernaban en sus territorios. A pesar de no haber sido nombrados por el Inca, le guardaban respeto y le prestaban su colaboración.
Los curacas gozaban de una especie de autoridad política y algunas veces eran los mismos señores conquistados por los incas, a quienes el imperio confirmaba en sus cargos. En otros casos, los curacas eran nombrados directamente por el Inca en las tierras de conquista.
La importancia de los curacas venía dada por el territorio donde ejercían su autoridad o por el número de hombres que estaba a su cargo. La organización decimal.
Junto con el sistema tradicional de los curacas, los incas establecieron una organización administrativa de la población, sujeta a un sistema de tipo decimal, con el fin de facilitar las labores de gobierno en tan inmenso territorio.
El sistema decimal estaba integrado por los siguientes cargos:
Se desconoce el origen de esta división. Algunos consideran que el sistema no se aplicó con igual intensidad en todo el imperio. Se presume que se trató de una reforma administrativa de los últimos tiempos del imperio.
También existían los runa-runa, donde vivían ayllus de una misma procedencia. A los territorio de estos ayllus o naciones se les denominaba marcas, y de ahí provienen los nombres de Ayamarca, Cajamarca, Pampamarca, etc. El caserío principal de una marca recibía el nombre de Llacta y estaba a cargo del llacta-camayoc, nombrado por el Inca para vigilar a los curacas.
Un ejército disciplinado.
La organización bélica de los incas fue un factor clave en sus conquistas. Todos los hombres físicamente aptos de entre 25 y 50 años debían prestar un servicio militar. La jefatura del ejército estaba a cargo de generales nobles que obedecían en última instancia al Inca. La disciplina militar era muy rígida, aunque una vez en combate las tropas se dispersaban en una lucha cuerpo a cuerpo.
El ejército inca estaba dividido en cuerpos al mando de los apukispay, que eran parientes muy cercanos del Inca. El grupo compuesto por 10 hombres estaba bajo el mando de un chunca camayoc. Dentro del ejército había cuerpos de 50, 100 y hasta 1.000 hombres. El ejército tenía como símbolo la bandera incaica, compuesta por los siete colores del arco iris y con la imagen del Sol en un costado.
Los incas implementaron variadas tácticas, como los movimientos envolventes o las falsas retiradas, que les permitieron derrotar a poderosos enemigos. Las principales armas eran la estólica o lanzadardos, el arco y las flechas, la macana y, especialmente la honda.
El enfrentamiento en el campo de batallar era el último recurso empleado por los generales incas. Antes de llegar a un desenlace armado, los incas montaban un aparato diplomático con objeto de convencer a los jefes enemigos de que se sometieran pacíficamente al imperio, a cambio de lo cual se les garantizaban sus privilegios. Los jefes militares incas entregaban regalos y hacían demostraciones de su poderío, y convertían así en aliados a muchos de sus potenciales enemigos.
Las fortalezas o puracás fueron otro de los elementos característicos de la organización militar imperial. Estaban estratégicamente ubicadas en las alturas y cumplían la función de vigilar el entorno y defender las ciudades importantes, como el caso de Sacsahuamán, encargada de la protección de Cuzco. Eran de piedra, poseían varias dependencias para albergar a los soldados, comida y un número de yanaconas que cumplían tareas de servicio.
Las fuerzas militares estaban constituidas por dos grupos de hombres: soldados permanentes y soldados de reclutamiento.
Los soldados permanentes conformaban la guardia real del Inca y de las guarniciones de las pucarás o fortalezas principales. Su número no ha sido calculado todavía, pero se sabe que estaban bien adiestrados y capacitados en las artes de la guerra y la defensa. Eran considerados profesionales y recibían, por ello, un trato especial y retribuciones por sus servicios. Cabe suponer que en el Tahuantinsuyu había unas 80 guamanis principales y que cada una de ellas contaba al menos con una guarnición de soldados profesionales. A las guarniciones de las guamanis habría que añadir las que se encontraban ubicadas en las fronteras, encargadas de vigilar los límites del territorio. En tiempos de los últimos Incas, las fronteras más conflictivas fueron las del oriente.
Los soldados de reclutamiento integraban el ejército del Inca, cuando éste así lo pedía, y provenían de las clases populares. En cada pueblo había instructores que impartían lecciones de defensa y de guerra. En estas lecciones participaban todos los hombres de edades comprendidas entre los 10 y los 18 años, y los que más destacaban en estos juegos militares eran seleccionados para ser soldados regulares del Inca. Todos los hombres de edades entre los 25 a 50 años estaban obligados a servir militarmente.
Dentro del ejército inca había dos principios de organización, uno de carácter estrictamente numérico que permitía contabilizar el número de soldados disponibles, y otro de carácter étnico, por el cual las tropas se dividían según sus ayllus, naciones o suyus. Algunos autores piensan que esta división étnica del ejército inca le restaba eficacia, pero lo cierto es que facilitaba las comunicaciones entre los solados y sus jefes e introducía, además, un sentido de competencia entre los diversos grupos étnicos de la milicia.
El ejército inca no incluía solamente a los quechuas de Cuzco, sino también a los soldados de cada una de las naciones vencidas e incorporadas al imperio. Aplicaban la estrategia de que el vencido de hoy era el aliado de mañana.
La oficialidad inca estaba constituida por varios estamentos y algunos de ellos podían alcanzarse gracias a los méritos personales en el curso de las guerras. Otros estaban reservados a los miembros de la nobleza inca.
Para los integrantes del ejercito inca, la guerra era un acto religioso pues la orden recibida del Inca era un mandato divino y que debía llevarse a cabo para ordenar la totalidad del universo. Antes de ir a la guerra, se efectuaban ritos, consultas y sacrificios, dirigidos por los grandes sacerdotes, en donde oráculos, adivinos y hechiceros contribuían con sus fuerzas mágicas a los triunfos del Inca.
Al ejército inca nunca le faltó una adecuada provisión de vestidos, armas y alimentos, para lo cual la administración del Estado había dispuesto almacenes a lo largo de todo su territorio. Además, el ejército marchaba acompañado de auxiliares encargados de solucionar cualquier emergencia. Como medio para el transporte se utilizaban las llamas más fuertes, que habían sido reservadas con anticipación.
Las campañas incas fueron precedidas de un espionaje sistemático a través de los comerciantes y de otros observadores enviados por el Inca.
El poder de convocatoria y movilización por parte del Inca superaba toda limitación u obstáculo existente, como la falta de transporte, la diversidad geográfica, etc. El Inca escogía el momento oportuno para enviar sus tropas, y la movilización se realizaba con una rapidez sorprendente.
Los Incas comprendieron que antes de dominar la costa debían controlar las zonas altas. Esta técnica les dio resultado en todas sus campañas, ya que al dominar la parte más agreste e indómita de su territorio, les era fácil controlar parte llanas o planas de su geografía.
Cuando el ejército inca realizaba campañas en territorio donde el clima constituía un factor determinante para la victoria, los soldados en activo se turnaban con soldados de las reservas.
En muchas ocasiones, el éxito de las campañas del ejército inca se debió a que el número de soldados y de combatientes superaba en cantidad al de sus adversarios.
Las tropas estaban moral y psicológicamente entrenadas para la guerra. Los soldados se distinguían por su disciplina y su obediencia ciega.
Los quipus.
Los incas no conocieron la escritura, y éste es uno de los factores que dificultan una mayor profundización en su misterioso mundo, pero inventaron un ingenioso sistema que facilitó las labores administrativas y políticas. Se trata del sistema de recuerdo de los quipus.
Los quipus eran un conjunto de cordones de diversos tamaños, con nudos espaciados, que unas veces servían para llevar las cuentas y otras para recordar hechos pasados o recientes. Estaban formados por una cuerda principal horizontal, de la que colgaban otras cuerdas y de éstas otras, cada una de ellas de distinta longitud. Los quipus variaban de tamaño, de color, de tipos de nudos, de distancia entre los nudos, etc, y estas diferencias eran las que registraban los valores.
Según algunos estudios realizados, los quipus tuvieron ante todo un carácter estadístico, al ser una especie de sistema de numeración para llevar la contabilidad de la población, de los nacimientos, de las tierras, del ganado, de las cosechas, de las reservas del Inca, etc.
Los quipus sólo estaban al alcance de una cierta elite, ya que los funcionarios denominados quipucamayocs eran los únicos capaces de interpretarlos.
El Inca Garcilaso de la Vega describe los quipus en sus crónicas como instrumentos de registro y contabilidad. La gran exactitud de este sistema permitió en 1.561 a los indios de Jauja establecer lo que su curaca había dado a Pizarro 30 años antes.
Caminos al servicio de la administración.
Uno de los elementos más sobresalientes del Tahuantinsuyu es la enorme red de caminos, puentes, fortalezas y posadas que construyeron los incas. Al igual que en los albores de la era cristiana "todos los caminos conducían a Roma", en el siglo XV andino "todos los caminos conducían a Cuzco". Los especialistas han determinado que la red incaica de caminos podía alcanzar los 40.000 km, de los que hasta ahora se han descubierto poco menos de 25.000 km.
Las rutas construidas por los incas tendían a ser rectas, salvo en los lugares donde el relieve obligaba a modificar su curso. En las montañas abundan las escalinatas talladas en la misma roca y los desfiladeros angostos que recorrían las pendientes andinas en forma zigzagueante. Las rutas las utilizaban sobre todo los chasquis o mensajeros, que se trasladaban a pie portando los célebres quipus con todo tipo de información para las autoridades de Cuzco.
Asimismo, los caminos cumplían una función estratégica para el desplazamiento rápido del ejército imperial y para las recuas de llamas que cargaban los productos elaborados en todos los rincones de Tahuantinsuyu. Cada ciertos tramos del camino, había posadas o tambos que proporcionaban alimento a los viajeros, permitían el recambio de llamas y abastecían al ejército en sus desplazamientos.
Había dos vías troncales. Una se extendía a lo largo de la sierra, de sur a norte, y la otra unía entre sí los valles costeños. Entre ambas regiones, otros caminos transversales conectaban estas dos vías principales.
No se dio un solo patrón para las rutas incas, que se adaptaban a la geografía de la zona. En los valles costeños unos tapiales bordeaban los caminos y acequias cantarinas ofrecían agua a los caminantes; además, frondosos árboles daban su sombra. En los desiertos, piedras o troncos marcaban la ruta para evitar que los viajeros se extraviasen.
En la sierra, algunos caminos estaban empedrados y cercados por piedras, mientras que las quebradas agrestes se salvaban por medio de escaleras. Sobre los precipicios, unos parapetos resguardaban a los caminantes y a las recuas de camélidos para que no cayeran por los abismos.
Diversos tipos de puentes permitían cruzar los ríos. En la sierra los había de troncos de árboles cuando las distancias con fuertes y sólidos cimientos, y entre cada estribo atravesaban cuatro o seis gruesas vigas que amarraban el puente colgante. Las maromas se tejían en ramas delgadas como mimbre, trenzándolas de tres en tres a otras más gruesas y aumentando el tamaño de las ramas hasta alcanzar un diámetro de unos 50 cm.
La misma relación añadía que a cada lado del puente había gente que habitaba el lugar y cuya ocupación consistía en cuidarlo y remendarlo cuando las cuerdas se gastaban.
Otro medio de cruzar un río eran las oroyas, maromas hechas de bejucos, gruesas como una pierna y atadas a peñascos o estribos de una orilla a otra. De esta soga colgaba un cesto de asa arqueada por la cual pasaba la maroma. En la canasta se sentaba la persona y con una soga ataba el cesto tiraban de un cabo.
En el sur, en el desaguadero cerca del lago Titicaca había un famoso puente que consistía en una hilera de balsas de totora acomodadas a lado y lado con una gruesa capa de eneas añadidas y arregladas sobre las embarcaciones.
Los españoles hicieron famosos sus relatos sobre los tambos o mesones situados cada cierto trecho a lo largo de las rutas. Es posible que los tambos existieran en tiempos anteriores en las rutas que conducían a los lugares de peregrinación para albergar a los romeros. Posiblemente también se usaron en época de Wari y Chimú. Los había de diversas categorías y dimensiones según su importancia.
A lo largo de las vías principales había aposentos para albergar al Inca cuando salía de Cuzco, ya fuera para visitar sus Estados o bien para marchar a la guerra. También hubo tambos menores para alojar a los personajes administrativos que se desplazaban por diversos motivos. Los más pequeños estaban reservados para los mensajeros o chasqui que llevaban las noticias por el amplio territorio.
En tiempos virreinales se usaban los tambos incas y existen dos listas de estos albergues desde Cuzco, Los Reyes y Quito. No resulta fácil reconocer un tambo sobre el terreno, ya que su arquitectura era variada y es posible que en su edificación influyeran los hábitos y costumbres de la mano de obra local.
LOS INCAS EL IMPERIO DEL SOL. SEGUNDA PARTE.Médicos, curanderos y chamanes.
Los incas lograron notables avances en medicina. Supieron combatir las enfermedades, generalmente mediante el uso de hierbas medicinales y de otros productos vegetales. Pero en este terreno, su celebridad se debe todo a las trepanaciones craneales.
Algunos de los hatun runa aprendían conocimientos médicos avanzados para la época. Conocían las propiedades curativas de muchas plantas y su empleo estaba generalizado. La coca se usaba como analgésico contra el dolor; las hojas de la quina; para las fiebres tercianas; el llantén y el matico, para otras dolencias. En materia de cirugía, sabían hacer trepanaciones craneales, detener las hemorragias y amputar miembros gangrenados.
En cada ayllu había por lo menos un hampicamayoc que conocía las manipulaciones mágicas y las hierbas, animales y minerales medicinales indicados para las distintas enfermedades, que también sabían diagnosticar. Su ciencia la basaban en su propia experiencia y práctica, adquiridas y transmitidas de padres a hijos siglo tras siglo.
Había ayllus en los que los hampicamayocs tenían conocimientos más profundos; eran los especialistas. Por este motivo, unos sólo trabajaban en sus ayllu, mientras que a otros se les solicitaba para los demás ayllus. No hay que confundir a los hampicamayocs con los chamanes o magos.
En las operaciones de perforación, los hampicamayocs horadaban la capa ósea del cráneo para extraer de su interior las causas de la enfermedad, por ejemplo los espíritus. Esta operación se hacía siempre bajo los efectos anestésicos de la coca o de alguna bebida embriagadora y había un porcentaje bastante apreciable de éxitos, sobre todo si se tienen en cuenta las rudimentarias condiciones en las que se llevaba a cabo. A quienes morían durante la intervención se les tapaba la pequeña abertura con láminas de oro o plata, o con corteza de calabaza.
Los instrumentos quirúrgicos eran sencillos, por ejemplo, el vilcachina para extraer objetos de cualquier órgano, o el tumi para abrir cráneos. Los curanderos utilizaban hierbas frescas y secas, animales vivos y desecados, minerales, oraciones misteriosas, canciones, música y danza. El olvido de cualquiera de estas cosas hacía ineficaz el tratamiento curativo. Algunas enfermedades se trataban con danzas rituales y ceremoniales ejecutaban ante los ídolos durante las fiestas que les dedicaban. En estas danzas participaban muchas mujeres y también hombres, niños y viejos. La gente bailaba horas y horas en busca de la salud.
Algunas enfermedades comunes entre los incas eran: epilepsia, sífilis, neumonía, catarro, anginas, alopecia, asma, bocio, conmoción cerebral, cáncer, cataratas, caspa en el cabello, congestión alcohólica, coqueluche, ceguera, cólicos, convulsiones, contusiones, desmayos, dolores de huesos, flujos de vientre, delirio, demencia, etc.
Todas estas enfermedades tenían su correspondiente vocabulario quechua.
Curación por medio del ritual.
El particular estilo de los rituales incas se aplicaba en función de las dolencias de los afectados. Para cada mal tenían sus propios ritos y al mismo tiempo había una especie de pirámide, que consistía en aplicar los rituales en función de la gravedad de la dolencia.
El rito denominada jani-kayaqui se utilizaba en casos particularmente graves, que ellos denominaban de pérdida del alma. Se aplicaba a dolencias que solían ir acompañadas de desazón y temblores violentos, que hacían creer a los familiares del afectado que el fin estaba próxima y que no había remedio posible.
El jani-kayaqui era como una llamada desesperada al alma. Generalmente, lo practicaba una curandera e iba precedido por el famoso baño de flores. También se vertía sobre el enfermo polvo recogido de los muros y de los tejados de los molinos, ya que junto con el polvo de la tierra, quedaban en él restos de las cosechas.
La curandera realizaba un signo de protección sobre el enfermo y después sobre el enfermo y después sobre la mezcla preparada de flores, polvo y hojas de varias especies. Tras pronunciar una plegaria larga y hermética, comenzaba la parte ritual de la consagración, que se efectuaba lanzando el humo de un gran cigarro sobre todos los lugares de la estancia en que tenía lugar la ceremonia. Este rito de consagración recibía el nombre de jayape.
La curandera proseguía con unas palabras mágicas, que eran repetidas por todos lo que presenciaban la ceremonia con suma devoción. Después, sólo en pensar en la curación de aquella persona, repartía el ungüento por todas las partes del cuerpo, de la cabeza a los pies.
La ceremonia continuaba con las siguientes palabras de la curandera "Ahora yo me voy a Pumacayan a buscar tu jani. Cuando vuelva a tu cuerpo el jani, tú te curarás y volverás a sentirte bien y fuerte como antes. Espéralo con atención sin hablar y sin moverte, si quieres ser curado. Mañana estarás curado".
Entonces la curandera abandonaba el lugar y salía de noche con todo el material utilizado y con un ropaje del enfermo. A lo largo de su recorrido, la curandera no cesaba de agitar esta prenda, al mismo tiempo que esparcía flores y harina, con el fin de que cuando el jani volviera hacia el cuerpo del enfermo pudiera orientarse fácilmente. Cuando la curandera llegaba a un cruce de caminos, efectuaba un trazo con la harina, para que el jani no se volviera atrás o se despistara. Al llegar al lugar escogido se rezaban oraciones ya preparadas como el Auquilitu o el Nokallami, al mismo tiempo que se lanzaba aguardiente sobre la tierra con una especie de hisopo, así como los trozos de la coca que había ido mascando y los restos de ceniza y del cigarro usado en la ceremonia.
Después, la curandera pedía en voz alta, nombrando al enfermo, que le fuera devuelta el alma, y exponía varias veces la prenda del afectado a los cuatro puntos cardinales.
Sin cesar de repetir las mismas invocaciones y plegarias, volvía por el mismo camino hasta la casa del enfermo. Era muy importante que en el camino de vuelta la curandera no se encontrara con nadie y que las puertas de la casa hubieran permanecido abiertas de par en par para dar toda clase de facilidades al alma a la hora de volver al cuerpo del infeliz.
Convenía también que el enfermo estuviera profundamente dormido, para lo cual se le había dado a beber una pócima con sustancias narcóticas. Entonces la hechicera se extendía a los pies del enfermo y ponía la prenda llevada junto a los pies del mismo con una invocación. Se decía que era por allí por donde el alma volvía al cuerpo del enfermo.
Una vez finalizada la ceremonia, la curandera se retiraba silenciosamente y abandonaba la morada por una puerta distinta de la que había utilizado anteriormente, todo ello para no enturbiar el regreso.
Entonces, la curandera y los familiares del enfermo comían en el patio la llamada mazamorra, que no era otra cosa que un hervido de maíz, acompañado de aguardiente.
UN ESTADO BASADO EN LA ORGANIZACIÓN.
Los incas fueron gobernantes que recopilaron y dieron gran extensión a una serie de costumbres ancestrales de los Andes. El valor de este pueblo no se halla tanto en su capacidad creativa como en su habilidad para difundir el sistema andino en un amplio territorio, ordenarlo y administrarlo. En el cenit de su poderío, los incas poseían un sistema político y administrativo no superado por ningún otro pueblo nativo de América. El Imperio incaico era una teocracia basada en la agricultura y en el sistema de ayllus o grupos de parentesco, y dominada por el Inca, que era adorado como un dios viviente.
La base de la organización andina se encuentra en el parentesco o ayllu, un grupo de personas con vínculos comunes, pues creen descender de un antepasado común y que están unidas por una relación de reciprocidad, es decir, comprometidas a ayudarse mutuamente en las labores cotidianas. También tienen la obligación de trabajar juntas en beneficio de todo el ayllu.
La economía inca no conoció la moneda, ni el mercado. Por tanto, los intercambios y la fuerza laboral se obtenía a través del parentesco o por reciprocidad. Entre parientes existía un intercambio constante de energía, pero también se daba el trabajo para la autoridad, conocido como mita. El Inca pedía como único tributo la mano de obra, que recibía la misión de trabajar sus tierras, hacer cerámica, construir andenes o realizar grandes obras arquitectónicas. Y devolvía estos servicios organizando rituales, manteniendo los caminos en buen estado y repartiendo bienes en caso de necesidad o de las fiestas.
En la organización política de los incas llama la atención la existencia de un sistema de poder dual, en el que todas las autoridades están duplicadas. En el caso del Inca, por ejemplo, se da la coexistencia de dos soberanos que gobiernan simultáneamente, un Inca haran y un Inca hurin. De igual forma, las autoridades locales eran también dobles.
Los incas fueron un pueblo de agricultores avanzados: para cada zona desarrollaron una estrategia que permitía obtener el máximo provecho de la tierra. Utilizaron andenes o terrazas de cultivo para aprovechar las laderas de los cerros, camellones o waru waru en zonas altas inundables, sistemas de regadío, etc. Es destacable la existencia de un arado de pie llamado chaquiteclla. Los cultivos más importantes fueron la papa y el maíz, además del ají, la chirimoya, la papaya, el tomate y el frijol. Las llamas eran los animales básicos de transporte y también se domesticaron las vicuñas y las alpacas por su fina lana. Otros animales domésticos eran los guanacos, los perros, los cobayas y las ocas. Las principales manufacturas incas fueron la cerámica, los tejidos, los ornamentos metálicos y las armas con bellos adornos.
A pesar de no contar con caballos, ni con vehículos de ruedas ni con un sistema de escritura, las autoridades de Cuzco lograron mantener un estrecho contacto con todas las partes del imperio. Una compleja red de caminos empedrados conectaba las diversas regiones y permitía las comunicaciones. Mensajeros entrenados, los chasquis, recorrían 402 km al día a lo largo de esos caminos y se servían de un sistema de relevos para llegar hasta las zonas más remotas. El transporte a través de ríos y arroyos se basaba en botes construidos con madera de balsa.
A través de los quipus, juegos de cintas de distintos colores anulados según un sistema codificado, se llevaban a cabo registros de tropas, suministros, datos de población e inventarios generales. Y también la contabilidad era posible gracias a los quipus.
La pirámide social.
Resulta muy dificultoso establecer la población del Imperio Inca antes de la llegada de los españoles, debido a la desaparición de los cálculos estadísticos incaicos, que no fueron continuados por los conquistadores, así como a las guerras civiles y a las graves enfermedades contagiosas que diezmaron la población. De hecho, para someter al pueblo Inca, los conquistadores provocaron una catástrofe demográfica.
Muchos historiadores calculan que el Imperio Inca llegó a tener unos 10-12 millones de habitantes, basándose en las crónicas y en las actividades de los españoles.
No existe, sin embargo, un acuerdo sobre este punto, pues los cómputos más optimistas se elevan hasta los 30-35 millones de habitantes mientras que los más pesimistas apuntan unas cifras del orden de 8-9 millones de personas.
Esta población estaba constituida en su mayor parte por gente trabajadora, muy respetuosa de sus leyes y de su moral, y con un arraigado amor al terruño.
La población estaba organizada en grupos de edades y sexos, clasificados de acuerdo con su capacidad laboral. El cronista indio Poma de Ayala denomina a cada uno de estos grupos "calles".
La principal característica de la sociedad inca es que fue clasista, pues estaba dividida en clases sociales entre las que existían grandes diferencias, tanto por lo que respecta a sus derechos como a sus deberes. Pero no hubo desunión entre las clases. La estructura social formaba una pirámide, con el Inca en la cúspide y los runa o gentes del pueblo en la base.
El poder arrollador del Inca.
El Inca era el jefe político y el líder religioso del imperio. Era el rey o emperador y se le atribuía un origen divino: se le consideraba hijo del dios Sol. Su origen divino le otorgaba la condición de intermediario entre la tierra y los dioses. Al ser la máxima autoridad política, su voluntad era ley y no conocía límites, por lo que el Imperio inca era una monarquía absoluta. Sus súbditos tenían que postrarse ante él y no le podían mirar a la cara. El Inca constituía la cabeza de la sociedad. Vivía al lado de su esposa, la coya, en un elegante palacio de la ciudad de Cuzco. La lujosa corte imperial que le rodeaba estaba formada por los nobles, que sólo podían aproximarse a él encorvados y llevando sobre sus espaldas alguna carga, en señal de sumisión y de respeto.
Su poder era de carácter hereditario, de tal manera que cuando moría el Inca, su hijo mayor heredaba el poder siempre y cuando fuer hija de la mujer legítima. A falta de hijos legítimos, heredaba el cargo uno de los hijos naturales, nacidos de una concubina o palla.
Era una creencia general que, gracias al Inca, se podía mantener la armonía y el bienestar del Universo, ya que a su través fluían sobre la Tierra las fuerzas benefactoras de los dioses.
El comportamiento del Inca estaba en correspondencia con su elevada dignidad. Atahualpa mostró indiferencia ante la embajada que le envió Pizarro. Sólo los más allegados a él le dirigían la palabra, sirviéndole de intermediarios en la conversación oficial con todas las demás personas. Algunas de sus mujeres, situadas junto a él, recogían por motivos supersticiosos los cabellos que se le caían y se los trababan; cuando escupían las mujeres debían ofrecerle sus manos.
Se hacía llevar en litera por los portadores de las andas reales y, a su paso, grupos de gente iban limpiando la calzada, quitando las pajas del suelo y barriendo.
Tras la muerte del Inca, al que llamaban yllapa, mientras todos los demás difuntos se denominaban aya, su cuerpo se embalsamaba, se vestía con ricas vestiduras y se le acicalaban los ojos y el rostro de tal manera que pareciera vivo. Se le enterraba con muchas piezas de vajilla de oro y plata, así como con los pajes, camareros y mujeres a los que había amado. Para matar a estas personas, primero las emborrachaban y luego les hacían abrir la boca y les soplaban coca molía. Sus cuerpos embalsamados se situaban a los lados del cuero del Inca.
Algunos cronistas afirman que el cuerpo del monarca se mantenía durante un mes antes de enterrarlo y que, en su honor, se lloraba y se cantaba en todo el reino. Acabado el mes, lo llevaban a la bóveda que llaman pucullo en procesión grande y solemne. Después del entierro, se decretaba un mes de penitencia y ayuno para todos los hijos legítimos o bastardos y para los hombres principales de todo el reino. Durante el tercer mes, los hijos legítimos ofrecían sacrificios y oraciones en el templo de Curi Cancha, para ser elegidos por el Sol como legítimos sucesores. Al mayor se le imponía la borla y era designado señor y rey Inca, mientras que los otros quedaban como príncipes.
La familia del Inca.
Esta familia formaba el ayllu real, que recibía el nombre de paraca. Eran personas que conformaban el primer rango de la alta nobleza y a ellas les correspondían los cargos políticos y religiosos. Vivían en un palacio donde custodiaban la momia del Inca.
Dentro de la panaca, la máxima jerarquía era el príncipe heredero del Inca o auquí, que en algunos casos participaba en el gobierno del Tahuantinsuyu junto al Inca, como ocurrió con Túpac Inca Yupanquí con Pachacutec. Esto servía para introducir al príncipe heredero en los asuntos de Estado y para consolidar sus derechos para ser reconocido como Inca a la muerte de su padre.
En un principio no era obligatorio que la madre del príncipe heredero fuese hermana del Inca. La costumbre del incesto real se aplicó a partir del momento en que los Incas se convirtieron en poderosos emperadores, por la creencia de que nadie podía ser igual a ellos y que sólo su propias hermanas eran dignas de ser tomadas como esposas.
En una de las leyendas de la formación del Imperio inca, el Sol se casa con su hermana la Luna, para mantener la pureza de la sangre divina. Siguiendo estas pautas, el Inca se tenía que casar con su hermana mayor, que recibía el nombre de coya. Si no tenía una hermana legítima, se casaba con la parienta más cercana, y si no tenía hijos con su primera hermana, se casaba con la segunda hasta tener descendencia.
Además de la esposa legítima o coya, el Inca podía tener otras esposas secundarias o pallas, cuyos hijos formaban parte de la panaca y recibían el mismo trato que los otros miembros del grupo.
Una nobleza de distintos orígenes.
La nobleza era la clase más privilegiada pues vivía en estrecha relación con el inca. La nobleza de sangre estaba integrada por las familias del Inca, es decir, por los miembros de los ayllus reales o panacas, que eran los descendientes del Inca, difunto. De este grupo formaban parte las mujeres, legítimas o no, del Inca reinante, las ñustas o princesas solteras y los hijos de los nobles.
La nobleza de privilegio la formaban las personas que, según el criterio del Inca, habían realizado alguna acción distinguida y, como consecuencia de ello, se habían hecho dignas de ascender de la clase popular a la nobleza. Estos nobles de nuevo cuño eran por lo general cuzqueños, y de ahí que su grupo se conociera también como nobleza cuzqueña.
De la privilegiada clase social de la nobleza formaban parte también los sacerdotes, que vivían en templos, palacios o lugares especiales. Es posible que los cargos sacerdotales más altos se asignaran jerárquicamente a los miembros de la nobleza, según su posición. También es probable que los sacerdotes de menor rango gozaran de algún privilegio social que los distinguía del resto de la población.
La nobleza territorial o conquistada estaba constituida por los curacas, que eran los jefes de los grupos étnicos conquistados por los incas. Estos señores habían reconocido la autoridad del Inca y se les permitía por ello conservar sus privilegios nobiliarios, siempre y cuando fueran leales. Puesto que el señor vencido ocupaba el primer rango de la jerarquía social, el Inca podía darle por esposa a una mujer de su propia familia. Para garantizar la obediencia de esta nobleza vencida, los incas dispusieron que los hijos mayores residieran en Cuzco. Era un medio de adaptarlos a las costumbres incas y también de mantenerlos, en cierta forma, como rehenes.
El pueblo llano.
La base del sistema social del Imperio inca era el pueblo, formado por la gran masa social que recibía el nombre de hatun runa. Su actividad principal era la agricultura y vivían dispersos en las zonas rurales. Gozaban de una absoluta igualdad de derechos y su vida se desenvolvía bajo el control de la administración estatal. Cuando se casaban, se convertían en puric o padres de familia. Por lo general, aprendían y continuaban el oficio de sus progenitores.
Los hatun runa estaban divididos de acuerdo con unos criterios que permitían su identificación. Algunos historiadores sugieren que existía una clasificación decimal, que tenía en cuenta el suyu o provincia, el sexo y la edad. En función de esta clasificación, las personas vestían de forma diferente. Del grupo de los Hatun runa formaban parte también los maracunas, que recibían al nacer un lote de tierra para trabajarlo durante su juventud y madurez, y los llactarunas, que sólo trabajaban en los núcleos habitados.
Esta amplia clase social abarcaba otros dos subgrupos: los mitmacunas y los yanacunas. Los mitmacunas o mitmac eran trasladados de su lugar de origen a otro emplazamiento con fines de colonización y para asegurar el control político de las zonas conquistadas, así como la difusión de la cultura incaica. El desplazamiento podía producirse también como castigo por desobediencia. En el primer caso gozaban de ciertos privilegios y se procuraba que el lugar de destino tuviera un clima parecido al del lugar de origen.
Los yanacunas eran personas que estaban en una situación inferior a la del pueblo o hatun runa. Se trataba en general de prisioneros de guerra a los que se les había perdonado la vida a cambio de sus servicios personales al inca y a la nobleza. No formaban parte de ningún ayllu. Se presume que su origen se remonta a los tiempos de Túpac Inca Yupanqui, quien perdonó la vida a un grupo de rebeldes a cambio de sus servicios permanentes. Los yanacunas eran entregados de por vida a una persona o institución, y su clase era hereditaria.
Del pueblo llano formaban parte también los artesanos y los pescadores. Los artesanos de la Costa gozaban de una situación especial pues sólo trabajaban en su oficio. En la Sierra, por el contrario, no dejaban de atender a la agricultura. La característica yunga o costeña era la especialización laboral.
Con el transcurso del tiempo, el gobierno tuvo necesidad de acceder a un mayor número de objetos suntuarios, lo cual requería de una dedicación exclusiva de los artífices. Por este motivo se procedió a enviar a Cuzco y a los principales centros administrativos a grupos de ayllus de artesanos para satisfacer las demandas estatales. Los más solicitados eran los plateros u orfebres costeños. En Cuzco había ayllus ariundos de Ica, Chincha, Pachacámac, Chimú y Huancavelica.
Otros artesanos requeridos eran los ceramistas y pintores de mantos costeños. En 1.566, solicitaron autorización en el norte del país para ir de pueblo en pueblo cumpliendo sus oficios.
Los pescadores vivían en el litoral, formando una clase social distinta y separada de los sembradores. Residían en sus caletas y puertos, cerca de las lagunas costeras que en aquel entonces había en todos los valles. En el ámbito andino las playas no estaban abiertas para todos, sino que cada ayllu disponía de una zona del litoral que le era propia.
Los pescadores no poseían tierras de cultivo, lo que no les impedía mantener una estrecha relación con los pueblos de cultivadores. Se hallaban supeditados a los grandes señores de los valles.
Los mercaderes.
En la costa del Imperio inca existió una clase social que se dedicaba al trueque y al intercambio. Los españoles llamaron a los miembros de esta clase "mercaderes a modo de indios", pues no usaban dinero, aunque los había de muy diversa índole.
En el señorío de Chincha, estos "mercaderes a modo de indios" formaban una clase aparte, compuesta por 6.000 personas y mantenían un intercambio en dos sentidos: una ruta norteña con balsas hasta Puerto Viejo y Manta, en el actual Ecuador, y una vía terrestre con hatos de camélidos hacia el Altiplano y Cuzco.
Estos tratantes llevaban cobre para el intercambio marítimo con el norte y a su regreso traían mullu, unas conchas rojas de las tibias aguas de los mares septentrionales. La importancia del Spondylus radicaba en que era la ofrenda favorita de las huacas y se usaban para los ritos propiciatorios de las lluvias. Los arqueólogos han hallado Spondylus desde la época Chavín de Huántar, es decir, en tiempos muy anteriores al Imperio Inca.
Pero no sólo en Chincha prosperaban los "mercaderes". En el norte los había de dos categorías sociales. Existía, por una parte, un trueque de pescado seco y salado realizado por grupos de pescadores especializados en dichos trabajos. Ellos trocaban en su propio valle y el excedente lo llevaban a la sierra contigua. El segundo nivel de mercaderes correspondía a señores que no poseían tierras ni agua y se ocupaban en mantener un trueque que consistía en ropa de lana, chaquira, algodón, frijoles, pescado y otras cosas. Los jefes más modestos trocaban con sal.
Una educación clasista.
La educación en el Tahuantinsuyu era un privilegio de los hijos del Inca y de la nobleza, no un bien al alcance de todos.
Por su condición de clase dirigente, la nobleza recibía una preparación cuidada y eficiente, en una escuela aristocrática acondicionada en un palacio de Cuzco, que recibía el nombre Yachayhuasi. Las clases las impartía un maestro llamado amauta o sabio. Según el cronista Marúa, la educación de los nobles duraba cuatro años. En el primero recibían enseñanzas sobre la lengua; en el segundo, sobre religión; en el tercero, sobre los quipus, y en el cuarto, sobre la historia inca. A las escuelas acudían también los miembros de la nobleza conquistada, puesto que su educación en las normas y costumbres incas era una manera de ejercer dominio sobre ellos, una forma de "cusqueñizar" a los señores de las provincias.
Se impartían clases sobre funciones de gobierno, el manejo de los quipus y las normas morales, así como también historia, religión, educación física y educación militar. El desconocimiento de la escritura dificultó la difusión del saber, pero no fue obstáculo a la hora de desarrollar la cultura inca, de adquirir conocimientos o de contribuir al progreso del Tahuantinsuyu.
Los jóvenes de la nobleza iniciaban su preparación en el yachayhuasi a partir de los 13 años y completaban su educación a los 19 años, aproximadamente. Al finalizar esta estricta preparación, se realizaba una ceremonia especial, que se llevaba a cabo en el lugar denominado huarachico. Altos funcionarios asistían a esta ceremonia, que consistía en la realización de duras pruebas atléticas, en las que los jóvenes victoriosos demostraban formación masculina y se hacían así dignos de llevar la huara o truza.
Algunos historiadores mencionan la existencia de una escuela femenina de la nobleza, llamada acllahuasi, en la que las damas incas recibían una educación especial. Estas escuelas femeninas eran de varias categorías. Según se cree, la educación impartida en el acllahuasi de Cuzco era especial y estaba reservada a las princesas incas. En ella recibían educación e instrucción acerca del culto. Los acllahuasi de provincias o los situados fuera de Cuzco eran centros artesanales reales y centros de hospedaje imperiales, donde las mujeres realizaban trabajos manuales para el Inca y estaban disponibles para que el soberano pudiera entregarlas en recompensa a quien deseaba distinguir.
Los hijos del pueblo no asistían a las escuelas, sino que recibían una educación no formalizada, muy distinta a la de la nobleza. La educación del pueblo inca se caracterizó por ser eminentemente práctica, con el hogar y el ayllu como punto de partida. Los conocimientos científicos y teóricos se reservaban para unos pocos especialistas.
Este tipo de educación estaba a cargo de los padres y de los miembros más antiguos del grupo, quienes transmitían a los más jóvenes sus conocimientos, sus experiencias y sus habilidades sobre aspectos relacionados con la agricultura, las artes y la moral, la religión, la caza y la pesca, así como las manifestaciones culturales propias de su nivel social. Esta clase social es digna de admiración y de elogio pues, a pesar de su rudimentaria educación, salieron de su seno los más grandes arquitectos, ceramistas, orfebres, tejedores y agricultores, en suma, los creadores de la gran cultura inca.
Junto con la educación impartida en las escuelas de la nobleza y los conocimientos transmitidos de padres a hijos en las clases inferiores, los miembros del Tahuantinsuyu recibían también una educación sobre las normas morales destinadas a mantener la disciplina social en todo el imperio. Como leyes principales de obligado cumplimiento, el código moral incluía las siguientes:
Ama llulla (no seas mentiroso). Ama sua (no seas ladrón). Ama quella (no seas ocioso).
El Inca Garcilaso de la Vega menciona en sus crónicas la gran severidad de las sanciones aplicadas a quienes infringían dichas normas. En la mayoría de los casos se castigaba con la muerte, por apedreamiento o en la horca que era lo más corriente. La muerte por arrastre se destinaba a los asesinos de curacas y nobles, la muerte por descuartizamiento se aplicaba a las faltas militares graves o a los delitos contra la casa real. La más cruel de todas, que era la muerte en la hoguera, se utilizaba en casos de sacrilegio y de atentados contra el Inca. Había penas menores, como los azotes y golpes, el corte de los cabellos, la vergüenza pública, los trabajos forzados, la degradación social, etc. EL CICLO DE LA VIDA.
La vida de las gentes del Imperio inca se desarrollaba de acuerdo con unas pautas que tomaban en consideración los momentos más importantes de la vida de todo ser humano.
Cuando una mujer quedaba embarazada, efectuaba toda una serie de rituales para la buena marcha del embarazo, invocando a los dioses y multiplicando sus ofrendas. Estas prácticas religiosas se prolongaban hasta el mismo día del parto. Durante el periodo del embarazo, su vida cotidiana no cambiaba nada. Si había riesgo de aborto, la mujer se ponía inmediatamente en manos del hechicero para evitarlo. El chamán practicaba una ceremonia muy complicada sobre el cuerpo de la mujer y extendía, por encima del vientre de la embarazada, una pasta curativa compuesta esencialmente de maíz masticado por jóvenes vírgenes o por mujeres castas que no ingerían sal ni pimienta durante el periodo de la masticación.
La mujer paría en el lugar donde le sobrevenía el parto. Cortaba el cordón umbilical con un trozo de cerámica o con la uña y se lavaba en el arroyo más cercano, donde limpiaba también a la criatura.
Desde su nacimiento, los niños eran atendidos amorosamente por su madres, que solía llevarlos en una cuna portátil llamada quiran.
Durante los días posteriores al alumbramiento, el marido debía permanecer junto a su mujer, quien se reincorporaba a un trabajo ordinario de forma paulatina. El bebé no salía para nada de la cuna. La madre le daba de mamar tres veces a día arrodillándose delante de la cuna.
Mientras criaba a sus hijos, la mujer se abstenía del coito porque pensaban que era malo para la leche materna y que favorecía el enanismo de la criatura. El destete se efectuaba a partir de los dos años y, cuando se trataba del hijo primogénito, se celebraba el acontecimiento con una gran fiesta; de lo contrario, sólo se celebraba con los parientes más cercanos. A la criatura se le cortaba el cabello por primera vez y se le imponía el nombre que llevaría hasta que fuera adulto. Uno de los parientes era escogido como padrino y daba el primer tijeretazo a su ahijado. A continuación, cada uno de los invitados restantes daba un tijeretazo al destetado por oren de edad y de afinidad. Esta minuciosa ceremonia era la ritu-chicuy, que iba acompañada de ofrendas.
Los pequeños eran educados por sus padres desde que empezaban a caminar, e iban a todas partes en compañía de su madre. A partir de los seis o siete años, se producía la separación sexual. La educación de los niños corría a cargo de su padre, quien los instruía en sus principales tareas como hombres. De la educación de las niñas se ocupaba la madre.
Como sabemos, sólo los hijos de las clases privilegiadas eran educados en las escuelas yachayhuasi de Cuzco por los amautas. Se les formaba para el mando y para la administración de alto nivel y también recibían instrucción sexual.
Las hijas de las clases privilegiadas o bien permanecían al lado de su madre, que les enseñaba las tareas propias de una mujer, o entraban en la casa de las escogidas, donde aprendían con maestras expertas, o bien pasaban a formar parte del rango de las vírgenes del Solo por su apreciable belleza.
La instrucción de las clases humildes se limitaba, por tanto, a los conocimientos más elementales.
La entrada en la edad adulta.
Al llegar a la pubertad, los chicos y las chicas recibían su nombre definitivo.
Los chicos a los 12 años, más o menos. Las chicas, tras la primera menstruación. Este paso era muy importante pues si bien en el orden laboral no se producía ningún cambio fundamental no se producía ningún cambio fundamental, en el orden social significaba un paso hacia el matrimonio y la formación de la unidad económica, la familia. Este paso se ritualizaba.
Para prepararse para esta ceremonia, las jóvenes guardadas ayuno absoluto durante 48 horas, tomaban un poco de maíz crudo al tercer día, se llevaban al cuarto día, recibían sus vestidos nuevos y se trenzaban el cabello. Una vez acabada la ceremonia, ya eran consideradas mujeres y entonces recibían su nombre definitivo.
Hasta la edad de 18-20 años su vida transcurría ayudando a la madre. A esa edad, solían contraer matrimonio, institución a la que la sociedad inca otorgaba una gran importancia. A diferencia del varón, la mujer común podía abandonar el ayllu si gozaba de alguna habilidad especial en el arte o era de particular belleza. En ese caso, se la trasladaba a la capital provincial, donde podía llegar a convertirse en la esposa de un alto funcionario o, si la fama la favorecía, en concubina del Inca. Con todo, la mayoría de las mujeres nacía y moría dentro de su propio ayllu.
El grupo privilegiado de las mujeres escogidas o aclla se formaba en la pubertad con las hijas del pueblo que, junto con las de la clase aristocrática, eran educadas y preparadas para cumplir importantes misiones. Durante cuatro años y bajo la dirección de las llamadas marmacunas, recibían una esmerada educación, que abarcaba desde el perfeccionamiento del idioma y las artes domésticas hasta la iniciación en los secretos de la religión y el culto.
Las gentes del pueblo no podían casarse antes de los 24 años, en el caso de los varones, y de los 18, en el de las mujeres.
El matrimonio un hito fundamental.
La sociedad inca daba una gran importancia al matrimonio, que asumía un rango estatal al ser legalizado por los representantes del Inca.
El matrimonio era muy distinto según la jerarquía social. Para el hombre y la mujer del pueblo llano era estrictamente monógamo; en cambio, para las clases privilegiadas y el Inca, era polígamo.
A la familia campesina no le estaba permitido trasladar su residencia, ni cambiar la forma o los colores de su atuendo, que servían para identificar su origen, y de ahí que siempre se casaran con gente de su misma clase social. Estaban prohibido bajo sanciones muy rigurosas mezclar la sangre.
En cada comunidad, la tierra se dividía en tres partes: una se asignaba al Sol, otra al Inca y la tercera a la comunidad. La tierra se repartía en usufructo para su cultivo. La unidad utilizada era el tupu, extensión de terreno que se consideraba suficiente para alimentar a un matrimonio sin hijos.
El indio recibía un tupu al casarse y, posteriormente, se le entregaba uno más por cada hijo y sólo medio por cada hija. El ganado se adjudicaba de acuerdo con unas reglas de reparto similares a las de las tierras, pero el número de cabezas que recibía cada indio era muy pequeño: una pareja de llamas para cría, que no podía matar hasta que los animales fueran muy viejos.
Respecto al emparejamiento de hombres y mujeres en la sociedad inca, unos consideran que se hacía mediante compra en presencia del curaca y del representante de la administración inca, mientras que otros opinan que los hombres escogían por orden jerárquico entre las mujeres disponibles, con ocasión de la visita del inspector del Estado.
Entre las diversas versiones con respecto a la forma de escoger pareja, quizá la más acertada es la de que, en el pueblo llano, si un hombre deseaba a una mujer, empezaba a frecuentar la casa paterna de ésta y a participar en las tareas. Esta relación se consolidaba cuando la pareja se sometía al llamado matrimonio de ensayo, que tenía como función principal constatar que ambos se entendían y que eran rentables en sus tareas. Se trataba de una prueba en toda regla pues, una vez consumado el matrimonio, la separación era muy difícil, de no ser por adulterio femenino o esterilidad.
Si los interesados no llegaban a entenderse, la joven volvía con sus padres y no suponía problema moral; en el caso de que de esta unión naciera un hijo, se quedaba con la madre. La virginidad y la abstinencia para las jóvenes destinadas a integrarse en los estamentos religiosos.
Después del tiempo de prueba, si todo había funcionado bien, se llevaba a cabo el matrimonio definitivo, que solía ser una réplica del que se efectuaba entre la nobleza y variaba según las regiones. Una de las ceremonias más comunes era aquella en que el marido calzaba solamente la sandalia derecha a su mujer y ofrecía a continuación regalos a sus parientes.
Una vez al año, cuando el inspector del Estado pasaba por los distintos pueblos, formaba dos hileras de chicos y chicas sin compromiso una frente a otra. El inspector invitaba a cada chico a escoger una muchacha, empezando por el que tenía mayor rango; si permanecían vacilantes, les asignaba él mismo una mujer. Estas nuevas parejas iniciaban a continuación la fase del matrimonio a prueba y luego pasaban al definitivo.
Sólo en el caso de que una joven fuese apartada para el Inca por el inspector del Estado, podía librarse de ser escogida como esposa de cualquier hombre del pueblo. Estos suponían una distinción que cambiaba totalmente el rumbo de su vida.
En las familias nobles, el matrimonio estaba regulado por la ceremonia llamada "de la mano del Inca". El Inca se ponía en medio de los futuros cónyuges, los llamaba por su nombre, tomaba sus manos y las juntaba, con lo que los unía en matrimonio y los entregaba a sus padres. La boda se celebraba durante dos o tres días. Así, las mujeres legitimas eran "las entregadas de la mano del Inca".
En las clases populares, las casas para el nuevo matrimonio las construían para el nuevo matrimonio las construían sus parientes, quienes también reunían el ajuar ofreciendo cada uno una pieza. No había muebles, pues se comía en el suelo y la cama era un lecho de piel de llama. Los enseres, la ropa, los amuletos y las herramientas se guardaban en cestos y tinajas, así como en una especie de nichos abiertos en las paredes. El menaje y el adorno del hogar consistían en productos de alfarería: ollas negras adornadas con dibujos, platos, cucharas de madera y de calabaza, cántaros y tinajas decoradas.
Las cosas de las familias privilegiadas las construían los indígenas de la provincia, y su menaje estaba constituido por hermosas vajillas de oro macizo o de plata.
La mujer inca casada proseguía con las mismas labores que le había enseñado su madre de pequeña, pero las realizaba en un nuevo lugar, hasta que le sobrevenía la muerte.
La muerte entre los incas.
El pueblo inca creía en una vida mas allá de la muerte, tal como se advierte por los utensilios que depositaban junto al difunto, para que éste pudiera seguir con su vida en el otro mundo. Cuando se trataba de una mujer, se ponían en su tumba su telar y lana para hilar.
Si el difunto era varón, las mujeres de la familia se cortaban los cabellos como señal de duelo, se ponían un manto de la cabeza, lloraban, gemían y cantaban alabanzas del difunto. El duelo duraba varios meses, y las viudas no volvían a casarse. Las viudas guardaban castidad una vez muerto su marido. En cambio, el varón intentaba volver a casarse rápidamente.
La suerte de las mujeres.
La organización social inca conllevaba dos formas muy distintas de vida para la mujer: la de la dama noble, destinada a vivir en lujosos palacios o en monasterios sacerdotales, y la de la humilde artesana o labriega. En todos los relatos y estudios acerca de la mujer del pueblo inca, siempre se la considera inferior al varón y como un objeto perteneciente al lote familiar. Cargaba con la pero parte del matrimonio en lo que respecta al trabajo pues no sólo ayudaba al marido en la agricultura, sino que servía como bestia voluntaria de carga en los desplazamientos, y se ocupaba de todos los quehaceres domésticos: cocinar, hilar y tejer para toda la familia; sólo descansaba para dormir.
En general, la mujer inca participaba de manera activa de las distintas actividades de la sociedad, sobre todo por lo que respecta a las mujeres del pueblo llano.
Solía tener su primer hijo entre los 18 y los 21 años. Las relaciones sexuales entre los jóvenes no estaban mal vistas. Al contrario, el hecho de mantenerlas era beneficioso para la chica, ya que se la consideraba capaz de conquistar a varios varones y ello le reportaba prestigio, así como mayores facilidades a la hora de contraer matrimonio. No era raro que de este tipo de relaciones naciera algún hijo y, con ello, la mujer demostraba también su valía, en cuanto era una prueba incuestionable de su fertilidad. A la virginidad no se le daba el menor valor.
Dentro de la sociedad inca, la mujer tenía un trabajo específico, determinado a partir de una división sexual, que no solo arraigaba en el mundo laboral, sino que invadía todas las esferas al dar distinta importancia al varón y a la mujer dentro de la sociedad.
A pesar de que la mujer tenía un trabajo específico, el varón era considerado superior, y en la vida común del matrimonio, ello se observaba en cuestiones puntuales, como que la mujer no podía comer del mismo cazo que su marido, mientras que sí les era permitido meter el morro a las llamas y a otros animales domésticos.
A pesar de esta frente división sexual del trabajo y de este rango de inferioridad, la mujer desempeñaba un papel fundamental pues se ocupaba en las cosas de la casa, tejía los vestidos de toda la familia, ayudaba en el campo, cuidaba de sus hijos y se preocupaba de la comida y de preparar la chicha.
En el campo, los hombres trabajaban caminando hacia atrás, y las mujeres les seguían dándoles el frente y rompiendo o desmenuzando los terrones con una especie de lanzadera. Cuando la cosecha estaba en peligro por la amenaza de los pájaros que se comían las semillas, los niños y las mujeres iban a espantarlos y ellas danzaban pidiéndole al dios del campo su ayuda.
El Inca Garcilaso de la Vega hace notar que la división del trabajo en algunas sociedades a las que no había llegado la influencia inca era muy distinta: "En algunas provincias muy apartadas del Cuzco, que aún lo habían sido bien cultivadas por los reyes incas, iban mujeres a labrar el campo y los maridos quedaban en casa a hilar y tejer".
La mujer trabajaba intensamente, hacía tres o cuatro cosas a la vez, e intentaba no perder ni un minuto de su tiempo. Cuando tenía que ir a visitar a una parienta o a trabajar al campo y su hijo no caminaba todavía ni era lo bastante pequeño como para ir en la cuna, lo llevaba a la espalda, en un repliegue de la capa. Si el viaje duraba más de medio día, la mujer cargaba el alimento y, si tenía las manos libres, hilaba por el camino. Si no, masticaba maíz.
El papel de las mujeres de la nobleza o del Inca era totalmente distinto. Aunque su función principal también consistía en tejer, hilar y cuidar de sus hijos, tenían mucho más tiempo para ellas mismas, para cuidar de su aspecto, etc. En las visitas que las mujeres se hacían unas a otras en momentos concretos, la mujer de clase privilegiada que iba a visitar a una mujer de rango inferior no llevaba labor que hacer, pero después de entablar las primeras palabras de la conversación, pedía que le diera trabajo y la mujer de rango inferior correspondía encargándole algo de lo que ella misma hacía o de las labores de alguna de sus hijas, para no igualarla con las criadas y sí con ella.
La coya, que era la primera entre las mujeres, la única esposa legítima del Inca, desempeñaba a veces un papel importante en la vida del país. Era ella quien dirigía Cuzco en ausencia del inca y quien organizaba las ayudas a los damnificados en caso de necesidad, de grandes catástrofes. Pero como todas las demás mujeres, también ella vivía en un estado de inferioridad bien marcado. A la más mínima señal de cólera manifestada por el Inca, la coya caía de rodillas y se quedaba así hasta que él la invitaba a levantarse. La coya y sus hijas tenían acceso a las vírgenes del Sol. La rutina diaria.
La mayor parte de los habitantes del Tahuantinsuyu vivía en el ámbito rural, integrado en su ayllu. Allí los días transcurrían entre las labores agrícolas para la comunidad, los trabajos para el Estado y las festividades religiosas. En general, los funcionarios incas no permitían a las personas abandonar su lugar de origen sin autorización. Para controlar el cumplimiento de esta disposición, cada grupo étnico del imperio debía usar un distintivo en su vestimenta. Así, por ejemplo, los huacas del norte llevaban un turbante negro, los collas del Titicaca se diferenciaban por su típico gorro de lana y los de Cajamarca lucían un cordón delgado en el cabello.
Pero también había una cantidad importante de población urbana, sobre todo en Cuzco y sus alrededores. En las ciudades la gente vivía en casas de piedra con techo de paja, totora u otros vegetales. Eran construcciones muy pequeñas y sin ventanas, de uno o dos ambientes, que se recibían a raíz del matrimonio.
Las ciudades albergaban también edificios públicos, plazas y calles angostas y rectas que poseían desagües y canaletas.
La piedra empleada para la construcción de viviendas y templos era el granito. Las piedras se unían por medio de salientes o tarugos que se insertaban en agujeros previamente tallados. De esa manera, los muros incas eran extraordinariamente firmes y resistían los terremotos sin problemas. Estas murallas aún se pueden admirar en la ciudad del Cuzco.
El día de los cuzqueños comenzaba cuando las mujeres se levantaban, una media hora antes que sus maridos, para machacar el maíz en el metate. Hacia las 7:30, el hombre se ponía uno de los dos trajes de lana de llama que el Estado entregaba a todos lo recién casados, tomaba un frugal desayuno y se dirigía al trabajo. Mientras tanto, la mujer se ocupaba en numerosas obligaciones: recoger leña, tejer, cocinar, cuidar a los niños y mantener el orden en la casa. Hacia las 6 de la tarde finalizaba la jornada laboral de los hombres, sin descanso desde la mañana. Cuando se hacían presentes el cansancio o el hombre, se masticaban hojas de coca que permitían recuperar las energías. Una vez en casa, la familia compartía la comida del día, acompañada a menudo de chicha. Los varones se sentaban en cuclillas alrededor de las vasijas puestas sobre una manta tendida en el suelo y tomaban con los dedos el alimento de la olla o sorbían la sopa de cazuelas de arcilla cocida, mientras las mujeres se sentaban detrás del círculo, de espaldas a ellos.
En los días más fríos, se conversaba alrededor del fogón y se contaban historias o sucesos ocurridos en la ciudad. Las fiestas en las que participaba la familia se animaban con instrumentos y danzas propios de los Andes.
El aspecto personal.
La indumentaria, el vestido y el aspecto marcaban las diferencias de clase. El atuendo de la nobleza era distinto en algunos detalles del de las clases populares. Incluso en la mujer del pueblo, el vestido y el cuidado del aspecto personal se deterioraban a medida que se iba haciendo mayor y pasaba a desempeñar los roles de madres, esposa, trabajadora del campo, etc.
La mayoría de los cronistas e historiadores señalan que la mujer inca es la que vestía con más gracia. En las grandes señoras de la nobleza, esto se traducía en lujo y elegancia.
Las diferencias en la indumentaria entre clases sociales se notaban sobre todo en la calidad. El vestido de las mujeres del pueblo consistía en una larga pieza rectangular de tela de alpaca tejida, que se introducía por la cabeza y llegaba hasta los tobillos, casi hasta las sandalias, ciñiéndose con un cinto. Sobre esta prenda se llevaba una capa tejida de lana de alpaca, que se colocaba sobre los hombros. Por la noche o en los días fríos, se colocaba un chal sobre los hombros, sujeto con un alfiler de cobre, de plata o, en caso de gozar de fortuna, de oro. Las sandalias eran de piel de llama o de lana de vicuña y se sujetaba al tobillo con correas.
Las mujeres de la nobleza utilizaban un vestido similar, pero elaborado con finas lanas o con algodón de un colorido magnífico. El esplendor de las telas que usaban las damas de la nobleza tenía su máxima expresión en los tejidos con plumas, realizados por ellas mismas o recibidos de las vírgenes del Sol y de las concubinas del monarca.
Además de la calidad y la forma del vestuario, un distintivo del origen social era el colorido de las listas que formaban el tejido de las telas.
Por lo que se refiere al cabello, lo llevaban muy largo, con dos trenzas y sujeto con una cinta. Tanto entre los varones como entre las mujeres, el cabello parece haber sido objeto de una atención especial en todas las clases sociales de la población, por considerarse un factor esencial de la belleza. La forma de peinarse variada según las regiones y era un elemento característico que definía estados determinados de la vida de una persona. Por ejemplo, cuando se destetaba a los niños, se les cortaba el cabello con el que habían nacido; al fallecer un pariente cercano, las mujeres se cortaban el cabello como símbolo de duelo, etc.
Si bien había variaciones regionales del peinado, los más característicos eran; trenzar el cabello atándolo con listones de algodón, o bien llevarlo largo y peinado en brechas. Tanto las referencias documentales al cabello indican que la mujer inca se peinaba dos o tres veces al día, se lavaba a menudo la cabeza, le daba brillo a sus cabellos desengrasándolos y los tenía de color negro o azabache con unas hierbas determinadas. Sobre la cabeza se colocaba una especie de manteleta llamada ñañaca o pancpacuna.
El calzado de uso cotidiano o doméstico presentaba elementos que confirman la adaptación del hombre a su medio con mucha creatividad. El calzado variaba de unas regiones a otras en función de los recursos disponibles en cada lugar. Los materiales utilizados eran de origen animal, como el cuero crudo o curtido, o vegetal, como las fibras vegetales, y se completaban con otros aditamentos.
En lo que respecta a la elaboración artesanal del calzado existe toda una gama de modelos originarios, desde los más rudimentarios hasta aquellos en los que el talento y la creatividad se plasmaron con sencillez, conjugando un amplio dominio tecnológico sobre los diversos materiales.
Se ha podido constatar que en la actualidad todavía persiste el uso de algunos de esos viejos modelos. Antiguamente los utilizaban el pueblo en general y los grandes señores; hoy persisten en la artesanía de los Andes, donde constituyen interesantes muestras del pasado.
Gracias a las descripciones de los cronistas de la época, como Toribio Majía Xespe, Víctor Pimentel y otros, se conoce la existencia de distintos tipos de calzado, como ushuta, llanque, chapito, shuquy o seqoy, elaborados de tal manera que cubrían todo el pie y se ajustaban a él mediante una delgada fibra que rodeaba el empeine y la parte superior del talón.
El pollqo servía para abrigar y proteger el pie del duro frío, por lo que su textura se ajustaba a estos requerimientos. El pollqo podía ser tanto un zapato como una zapatilla y él se hacían tres variedades con piel curtida, conservando el pelaje natural del auquénido o venado o en algunos casos del lobo marino, o con un reborde en la parte superior rematado por tejido de lana o de algodón.
El otro tipo de calzado más corriente se elaboraba con cabuya o maguey y llevaba en algunos casos plantillas de fibras trenzadas.
LOS INCAS EL IMPERIO DEL SOLLOS INCAS EL IMPERIO DEL SOL.
EL REGLAMENTADO MUNDO INCA.
EL MISTERIOSO MUNDO DE LA RELIGIÓN Y LA MAGIA.
En sus inicios, la religión fue, al igual que en otras culturas, la manera de comprender y controlar algunos fenómenos de la naturaleza, y darles una explicación o un origen sobrenatural. Progresivamente, estas creencias se fueron institucionalizando en un corpus de ideas y rituales que pasarían a regir la conducta de los hombres y la sociedad, y se fueron convirtiendo en una elite. Con la imparable ampliación de la federación inca, se fueron incorporando distintas etnias y, aunque se fue institucionalizando el culto del Incario, también se absorbieron en el imperio las distintas tradiciones religiosas.
Desafortunadamente, los únicos conocimientos que poseemos sobre la religión inca proceden del conquistadores y religiosos del siglo XVI, que generalmente interpretaron según el prisma occidental las ideas y creencias andinas. De hecho, incluso se pusieron de manifiesto coincidencias realmente curiosas entre las creencias incas y las católicas que permitieron la implantación de la nueva religión con relativa facilidad: las casas para las vírgenes del Sol parecidas a conventos, las festividades durante las que se sacaban en procesión las efigies divinas, una especie de comunión durante la cual los sacerdotes incas ingerían comida y chicha, e incluso la confesión, por la que los sacerdotes incas oían los pecados de sus fieles, salvo del Sapa Inca y de la familia real, que se comunicaban directamente con el Inti.
La compleja cosmovisión inca.
Los incas tenían una visión de su propio mucho basaba en los conceptos de espacio y tiempo, y establecían diversas divisiones, entre ellas la división del universo de tres sectores:
La palabra "pacha" significa a la vez tiempo y espacio. Estos mundos estaban permanentemente interrelacionados mediante ciertos intermediarios, en especial por el Sepa Inca comunicaba el Hanan Pacha con el Kay Pacha; cuando fallecía, convertido en Illapa Inca, podía servir de intermediario entre el Ucu Pacha y el Kay Pacha. Dos seres mitológicos se movían permanentemente entre estos distintos niveles, recorriendo el mundo terrenal desde el mundo subterráneo hasta llegar al mundo celestial, y eran representados en forma de dos serpientes: Yakumama, que en la superficie se transformaba en un gran río y al llegar al mundo superior se convertía en el rayo o Illapa, dios de las aguas, y Sachamama, una serpiente de dos cabezas, que al llegar al mundo celestial se transformaba en K`uychi, el arco iris, una divinidad relacionada con la fecundidad.
El Hanan Pacha era la morada de los dioses celestiales, el Sol, la Luna, el Trueno y las Estrellas. En el mundo de aquí, habitaban los dioses creadores regionales, como Ataguju, Catequil, Kuniraya, Pariacaca o Vichama, mientras que el Ucu Pacha era el mundo de divinidades como Pacha Mama o Zara Mama, que velaban por la vida humana animal y vegetal y servían de intermediarias entre los dioses superiores y los hombres. Muchos cronistas españoles vieron en el Ucu Pacha un infierno yermo y desolador parecido al cristiano, y lo opusieron frontalmente al Hanan Pacha, un lugar paradisíaco lleno de placeres y abundancia.
En la línea de la concepción dualista que caracteriza todas las sociedades precolombinas, los incas veían el Kay Pacha como el resultado de las relaciones entre el cielo y la tierra, es decir, entre los dioses Viracocha y Pachamama: aunque el Inca es el Hijo del Sol, salió de las entrañas de la tierra en el momento de la creación, por lo que se convierte en un puente entre los dos planos.
Además de la división espacial del universo, los incas también establecían una división de tipo social con tres categorías según la importancia del colectivo humano:
El mito de la creación de Viracocha.
Así relata Juan de Betanzos en su Summa y narración de los incas, en 1.551 la mítica creación del mundo por parte del dios supremo del panteón inca, Viracocha:
En los tiempos antiguos, dicen los indios ser la tierra y provincia del Perú oscura, y que en ella no había lumbre ni día; que había en este tiempo cierta gente en ella, la cual gente tenía cierto señor que la mandaba y a quien ella era sujeta; del nombre de esta gente y del señor que la mandaba no se acuerdan. Y en estos tiempos que esta tierra era toda noche, dicen que salió de una laguna que es en esta tierra del Perú, en la provincia que dicen de Collasuyu, un señor que llamaron Kon Tiksi Wiraqocha; el cual dicen haber sacado consigo cierto número de gentes, del cual número no se acuerdan. Y como ese señor hubiese salido de esa laguna, fuese de allí a un sitio que es junto a esa laguna, que está donde hoy día es un pueblo que llaman Tiawanako, en esta provincia ya dicha del Collao; y como allí fuese él y los suyos, luego allí en un improviso dicen que hizo el sol y el día, y que al sol mandó que anduviese por el curso que anda; y luego dicen que hizo las estrellas y la luna. El cual Kon Tiksi Wiraqocha, dice haber salido otra vez antes de aquella laguna, y que en esta vez primera que salió hizo el cielo y la tierra, y que todo lo dejó oscuro; y que entonces hizo aquella gente que había en el tiempo de la oscuridad ya dicha; y que esta gente le hizo cierto deservicio a este Wiraqocha, y como de ella estuviese enojado, retornó esta vez postrera y salió como antes había hecho, y a aquella gente primera y a su señor, en castigo del enojo que le hicieron, hízolos que se tornasen piedra luego.
Así como salió y en aquella misma hora, como ya hemos dicho, dicen que hizo el sol y día, y luna y estrellas, y que esto hecho, que en aquel asiento de Tiawanako, hizo de piedra cierta gente y a manera de dechado de la gente que después había de producir, haciéndolo en esta manera: que hizo de piedra cierto número de gente y un principal que la gobernaba y señoreaba y muchas mujeres preñadas y otras paridas y que los niños tenían en cunas, según su uso; todo lo cual así hecho de piedra, que lo apartaba a cierta parte; y que él luego hizo otra provincia allí en Tiawanako, formándolos de piedras en la manera ya dicha, y como los hubiese acabado de hacer, mandó a toda su gente que partiesen todos los que él allí consigo tenía, dejando sólo dos en su compañía a los cuales dijo que mirasen aquellos bultos y los nombres que les había dado a cada género de ellos, señalándoles y diciéndoles: "Éstos se llamaron los tales y saldrán de tal fuente, en tal provincia, y poblarán en ella, y allí serán aumentados; y éstos saldrán de tal cueva, y se nombrarán los fulanos, y poblarán en tal parte; y así como yo aquí los tengo pintados y hechos de piedras, así han de salir de las fuentes y ríos, y cuevas y cerros, en las provincias que así os he dicho y nombrado; e iréis luego todos vosotros por esta parte dividiéndoles a cada uno por si y señalándoles el derecho que deban de llevar".
"Y así partieron estos wiraqochas que habéis oído, los cuales iban por las provincias que les había dicho Wiraqocha, llamando en cada provincia, así como llegaban, cada uno de ellos, por la parte que iban a la tal provincia, a los que el Wiraqocha en Tiawanako les señalo de piedra y que en la tal provincia habían de salir, poniéndose cada uno de estos wiraqochas allí junto al sitio donde les era dicho que la tal gente de allí había de salir; y siendo así, allí este wiraqocha decía en alta voz: "Fulano, salid y poblad esta tierra que está desierta, porque así lo mando el Kon Tiksi Wiraqocha, que hizo el mundo". Y como éstos así los llamasen, luego salían las tales gentes de aquellas partes y lugares que así les era dicho por el Wiraqocha. Y así dicen que iban éstos llamando y sacando a las gentes de las cuevas, ríos y fuentes y altas sierras, y poblando la tierra hacia la parte donde el sol sale.
Y como el Kon Tiksi Wiraqocha hubiese ya despachado esto, e ido en la manera ya dicha, dicen que a los dos que allí quedaron con él en el pueblo de Tiawanako los envió asimismo a que llamasen y sacasen a las gentes en la manera que ya habéis oído, dividiendo estos dos en esta manera envió el uno por la parte y provincia de Condesuyu, que es, estando en este Tiawanako las espaldas donde el sol sale, a la mano izquierda, para que asimismo fuesen hacer lo que habían ido los primeros, y que así mismo llamasen a los indios y naturales de la provincia de Condesuyu; y que lo mismo envió al otro por parte y provincia de Andesuyu, que es a la mano derecha, puesto en la manera dicha, las espaldas hacia donde el sol sale".
Tras la Creación, se inscriben los relatos sobre el origen legendario del Imperio Inca, con el mito de la fundación del Incario a cargo de la pareja fundamental, formada por Manco Cápac, primer inca de la dinastía, y su hermana y esposa Mama Ocllo, y el mito de los cuatro hermanos Ayar, que Viracocha habría enviado a civilizar al género humano y a establecer en el Cusco.
Existen numerosos mitos sobre la historia de la zona andina, además del mito de la creación de Viracocha. Algunos cronistas hablan de cinco edades o mundos, en los que sucederían los combates entre los dioses, aunque las divinidades derrotadas no desaparecen, sino que pierden influencia y marcan el paso de una edad a otra:
La primera edad, llamada Uari Uiraqocha Runa, en la que los hombres, cazadores y organizados en poblaciones nómadas, habitaban en las cavernas.
La segunda edad, Uari Runa, es el periodo en que los hombres se establecen en poblados, formados por chozas rudimentarias, y empiezan a trabajar los campos.
La tercera edad, Purun Runa, supone la aparición del arte de tejer, de la construcción y de la agricultura organizada.
La cuarta edad, Auca Pacha Runa, corresponde al apogeo de los reinos étnicos y a la aparición de grandes fortalezas.
La quinta edad, Inca Pacha Runa, es la era de los incas.
El Inca Garcilaso de la Vega, en cambio, únicamente distingue tres épocas en la historia de Perú:
Una primera edad marcada por el estado de barbarie de los hombres, que vivían casi como animales, desnudos o vestidos con pieles de animales en grutas y árboles y que se alimentaban de hierbas y tubérculos, y además practicaban el canibalismo.
La segunda edad corresponde a la obra civilizadora de los incas, con la aparición de la pareja fundamental enviada por los dioses. Los incas aportaron a la zona andina la agricultura, la construcción de caminos y edificios magistrales, el tejido y las reglas sociales, además de aplicar reglas sociales como el castigo del incesto, el adulterio, el robo y el asesinato, y los conceptos de paz, justicia y orden político. Garcilaso introduce la idea de que este periodo anuncia la llegada del cristianismo.
La tercera edad debía consumar la obra de los incas, y el Inca Garcilaso justifica la Conquista española por la evangelización del Nuevo Mundo y el triunfo de la verdadera fe.
Por su parte, Poma de Ayala divide la historia del Incario en cinco edades de desarrollo cultural, con características políticas y sociales específicas, en las que asimila las edades andinas con las edades europeas:
Primera Edad, Uari Uiracocha Runa: Adán y Eva y sus descendientes hasta el Diluvio.
Segunda Edad, Uari Runa: Noé y sus hijos repueblan la Tierra y comienza la historia del Nuevo Mundo, con los inicios de la agricultura y de los asentamientos humanos.
Tercera Edad, Purun Runa: el tiempo de Abraham, en que se empiezan a impartir leyes y los indígenas comienzan a mostrar signos de civilización, como el vestir ropas.
Cuarta Edad, Auca Runa: la era de David que corresponde al tiempo de los reyes. En esta época se construyen las fortalezas.
Quinta Edad, Inca Runa: la era de Jesucristo, que corresponde al comienzo del periodo Inca, bajo el reinado del segundo inca Sinchi Roca.
Un panteón dominado por Inti, el dios Sol.
En sus inicios, la religión incaica estableció un panteón divino relativamente sencillo, encabezado por Viracocha como dios creador, seguido del dios Inti, Mama Quilla, Pacha Mama, Pachacámac y algunos otros. Cada provincia tenía sus propios dioses y cultos, hasta que finalmente se unificaron en un solo panteón de divinidades.
Viracocha, Maestro del Mundo, Señor y Esplendor Originario.
Viracocha era un dios eterno y todopoderoso que trascendía los tres mundos de la cosmovisión inca y cuya morada no se hallaban ni en el Hanan Pacha, ni el Kay Pacha o el Ucu Pacha.
Era una divinidad preincaica, cuyo culto ya estaba presente en Tiahuanaco, y al igual que Quetzalcóatl habría surgido de las aguas. Se identifica por tanto, su figura con el lago Titicaca del que nació, y posteriormente también fue asimilado a Kon Tiki, dios de la costa norte de Perú y llegado por mar para crear el mundo.
Según las leyendas, antes de Viracocha el mundo estaba inmerso en la oscuridad, hasta que este dios creó el cielo, el sol, la luna y las estrellas. También se cuenta que mató a los habitantes anteriores y formó nuevos seres humanos, que salieron de las grutas y abandonaron sus costumbres bárbaras. No sólo se limitó a crearlos, sino que como dios civilizador también les enseñó una lengua, el quechua, y unas reglas morales y sociales. Al finalizar su obra de creación, Viracocha se dirigió hacia el mar, tendió su manto y sobre él desapareció hacia el país de los muertos.
Los cronistas atribuyen a Viracocha la creación de todas las cosas, pero no se ponen de acuerdo sobre si continuó como deidad suprema del panteón incaico o si, tras la creación, delegó la administración y el control del mundo en los dioses celestes, siendo adorado únicamente como creador y antecesor divino de la dinastía inca.
Según algunos historiadores, los incas conservaron el antiguo culto de Viracocha, pero no quisieron presentarlo como deidad máxima por ser el dios de los vencidos tiahuanacos y lo fueron sustituyendo por el culto al Sol. Por ello, aunque Manco Cápac fundó Cuzco en nombre de Viracocha, tanto él como sus sucesores proclamaron al Sol como el dios supremo, y el culto solar se hizo obligatorio en todas las provincias anexionadas con el auge de la federación del Tahuantissuyu. A partir de ese momento, las ceremonias más suntuosas fueron dedicadas al culto solar, y el sacerdote de Inti presidía los rituales más importantes. Como dato significativo hay que pensar que el emperador confesaba sus pecados al dios Sol y no a Viracocha.
A su llegada, el aspecto de los españoles, de piel blanca y barbados, recordó a los indígenas la imagen que tenían de Viracocha, un anciano de blancos cabellos y larga barba, extremo que fue alimentado por los conquistadores para reforzar la conquista del territorio.
Inti, el Siervo de Viracocha.
El Sol, divinidad suprema del panteón Incaico representada en forma de disco solar con cara de hombre del que surgían unos rayos, moraba en el Hanan Pacha. Como dios principal del Imperio y del poder militar se le rendía culto en el Coricancha de Cuzco, así como en todos los santuarios de la federación. El dios Sol ejercía la soberanía sobre el plano divino, y el Emperador, llamado Único Hijo de Inti, reinaba sobre los incas, que se consideraban a sí mismos "hijos del sol". El Inca representaba al Sol en el mundo terrenal, por lo que se desplazaba siempre en una litera de oro y plata, y sus súbditos no podían ni levantar los ojos hacia su persona.
Los incas, supieron aprovechar con habilidad la existencia de cultos solares en numerosas étnias de la zona andina, como ocurría por ejemplo, entre los terribles collas o los habitantes de Tiahuanaco, para centralizarlos en el culto de Inti y, de este modo, asegurar su dominio político sobre el inmenso imperio multiétnico: al proclamarse hijos del Sol, se atribuyeron la exclusividad del poder y se colocaron en la cima de la jerarquía social del Imperio. De este modo, Inti vio su culto difundido conforme avanzaban las conquistas del Incario, superponiéndose al de las huacas locales.
La religión solar se convirtió, pues, en la religión del Tahuantisuyu, y su culto se impuso a los demás pueblos anexionados, inclusive por encima del creador Viracocha.
No obstante, el pueblo inca, marcadamente politeísta, adoró a otros dioses. Era lógico en una sociedad integrada por tantos pueblos, en la que no sólo existía una clara separación entre la elite y el pueblo, sino entre los propios grupos étnicos y los habitantes de Cuzco.
Mama Quilla, la esposa del Sol.
La Madre Luna era esposa y hermana de Inti, y reinada sobre el firmamento, representada por un disco de plata con un rostro humano. Su culto, muy antiguo fue incorporado al panteón incaico y se extendió por todo el imperio con templos y órdenes de sacerdotisas, por ser una diosa más amable y accesible para los temerosos indígenas, que daban un significado distinto a cada una de sus fases. Sólo sentían un terror reverencial cuando el disco lunar quedaba rodeado por una aureola anaranjada, que les anunciaba terribles desgracias.
Entre los indios del valle del Trujillo, Mama Quilla era la divinidad principal, por encima del Sol porque éste sólo brillaba de día mientras que ella era visible tanto de día como de noche y conseguía dominarlo con los eclipses.
El Inca tomaba como esposa a una de sus hermanas, para así asegurar la continuidad de la casta y limitar el número de pretendientes a su sucesión, pero ese incesto también tenía un carácter sagrado, puesto que remitía al dualismo de la pareja Sol-Luna, que dominaba el pensamiento andino.
Para los incas, las estrellas y constelaciones eran los guardianes celestiales. Por este motivo, la estrella Venus, o Chaska, o las pléyades adquirieron carácter divino en la cosmovisión andina y a través de ellas los sacerdotes predecían el futuro del Incario. Las Pléyades eran especialmente adoradas por el pueblo, porque tenían efecto benéficos sobre el crecimiento de la plantas y cosechas.
El culto de la Madre Tierra.
Pacha Mama era una diosa muy venerada por los incas, aunque el culto provenía de muy antiguo. Como madre de los hombres, animales y plantas, de ella dependía la fertilización de las tierras y de los cultivos, y su imagen inspiraba todos los ritos agrarios. Era también la divinidad tutelar de las mujeres embarazadas que le ofrecían sacrificios en el momento del parto. Pacha Mama vivía en el interior de la tierra, en las regiones montañosas más inaccesibles, y los incas la representaban mediante una conopa, estatuilla suntuosamente vestida a la que hablaban y servían comidas como si fuera un ser vivo.
La Madre Tierra era una diosa generosa y benevolente, pero si los hombres descuidaban sus ofrendas, Pacha Mama no dudaba en castigar a su pueblo con enfermedades y calamidades tan terribles para los incas como perder la cosecha o el ganado. Por ello, los incas tenían especial cuidado en honrarla con ofrendas que tuvieran virtudes especiales, como la coca, el tabaco o plantas mágicas. En el mes de agosto, el pueblo ayunaba y caminaba cabizbajo por todo el pueblo, recitando salmos en su honor. En la actualidad, los indios siguen celebrando su festividad el primero de agosto, enterrando cerca de las casas una olla de barro con comida, además de coca, tabaco y chicha para alimentar a la diosa.
El culto de Pacha Mama está estrechamente vinculado al de las plantas pues, según las creencias incas, todas las plantas estaban animadas por un ser divino femenino: Sara Mama, la Madre Maíz; quinua Mama, la Madre Quino; Coca Mama, la Madre Coca, y Axo Mama, la Madre de la Patata.
Illapa, el Señor del rayo, el granizo y la lluvia.
Conocido también como Chuqui Illapa o Cuilla, era una de las divinidades más importantes del panteón inca, aunque su culto se remonta probablemente a la cultura de Tiahuanaco. Los incas incluyeron en Illapa al dios preincaico del rayo y los truenos, cuyo culto se desarrollaba en los márgenes del Titicaca, llamado Tonapa.
Illapa podía provocar la lluvia y el trueno y dominar todo el cielo donde se forman las nubes. Con su honda, podía lanzar los proyectiles para provocar la tan ansiada lluvia para los cultivos, y por ello fue muy venerado por los incas. Cuando la sequía amenazaba las cosechas, incluso se ofrecían en honor de este dios sacrificios de niños y llamas.
Su santuario principal se alzaba en Pucamarca, al suroeste de Cuzco, aunque también tenía un altar en el Coricancha de Cuzco, situado a la izquierda de la imagen del Inti. De hecho, los emperadores la convirtieron en hijo de Viracocha y hermano del Sol, lo que justificaría su lugar junto al Sol en la gran plaza de Cuzco.
A partir de la conquista, los frailes españoles intentaron imponer el concepto de la Santísima Trinidad, dividiendo los tres atributos de Illapa, el trueno, el rayo y el relámpago, en tres divinidades distintas, aunque utilizaron para nombrarlos los sinónimos de Illapa en otros idiomas del imperio. Mama Cocha, la Madre del Mar.
La diosa de las aguas, del mar, de los lagos y de los ríos ocupa un lugar relevante en el panteón inca, puesto que es la diosa del lugar donde nació la vida.
Pachacámac, la fuerza vital del mundo.
Este dios preincaico fue muy venerado en la costa central "Pacha" significa espacio-tiempo y "carnac" fuerza y fuente de vitalidad que permite realizarse al hombre, por lo que Pachacámac sería la fuerza vital del universo y se le atribuye la enseñanza a los humanos de las artes y del comercio. Aunque los incas impusieron el culto del Sol en todos los territorios conquistados, dejaron subsistir algunos cultos autóctonos, como el de Pachacámac, e incluso lo asimilaron a la figura de Viracocha.
La vida del pueblo inca estaba imbuida de cultos antropomorfos, ceremonias, presagios, supersticiones y espíritus, a los que había que contentar y aplacar con ofrendas, cantos y sacrificios. Por tanto, era un pueblo religioso, y aunque el estado integró las tradiciones autóctonas y regionales en la ideología cuzqueña, pervivieron creencias preincaicas de carácter animista y que se materializaron sobre todo en el culto a huacas.
Los incas adoraron algunos lugares sagrados, llamados huacas, que podían ser montañas, ríos, grutas, árboles, manantiales tumbas o rocas de formas singulares que les hacían pensar que tenían poderes especiales y metafísicos y que utilizaban como santuarios o adoratorios para rendir culto a dioses locales o familiares. Según Bernabé Cobo, el término huaca se aplicaba a todos los lugares sagrados designados para plegarias y sacrificios, así como a todos los dioses e ídolos que eran adorados en esos lugares. En efect |